Había una vez un país llamado España

Casas huecas,
carcomidas por el eco,
de una voz que no resuena,
de un silencio a viva voz,
de una pena traicionera.

Casas humildes,
que lloran su hambre,
mordiendo su nudo,
y recogen las lágrimas de los que fueron sus hijos,
esqueletos de la resaca de un país volatilizado.

Casas rotas,
devastadas por el frío,
la condena de la farsa que unos pocos han vertido,
las mentiras de un país que ha acabado con los suyos,
que ha reventado paredes y encadenado puertas.

Casas de humedad,
malolientes con el invierno,
sin estufas de calor, con bidones de cariño,
malgastadas hacen surcos en el techo con la tizne,
que el periódico les deja para hoy calor de paso.

Casas de un pueblo,
de un país en ruinas como sus edificios,
de un país en llanto como sus hijos,
de un mundo sin acopio de ganas entre sus grietas.

Casas de un país, que se desmonta,
casas de una sociedad que suplica,
casas de un mañana de chabolas,
casas de un después sin esperanza.

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