Agua & frío

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Madrid arde, mientras finjo una amnesia estereotipada, oculta en un invierno de tonos cálidos

No pienso ponerle ni un puto filtro a la vida, las casualidades son casuales momentos atropellados esperando a ser coincidentes en dos memorias paralelas.

Hoy me voy sin filtro a la calle, ya me cansé de usar “valencia”, de contar al calendario todas las horas muertas en las que la vivacidad de mi hipersensibilidad me dejaba ko fuera del ring. Me jodía la partida y sentenciaba un Game Over.

A tu salud -me respetaba el silencio con un guiño-.

Nunca he sido de videojuegos, fui y soy de realidades, con un MBA en ponerle cebolla a mis pestañas para endulzar los silencios de todas las realidades en las que te busco y no te encuentro. Soy buena con la sal para las heridas, con la forma en la que abrazo, amo y recorro mis cicatrices.

He desinstalado Instagram, sus quince segundos de vértigo me provocan taquicardia cuando espero a que se cargue tu Show sin Truman y con Capote. Toreo los zarpazos que las coincidencias coincidentes me bordan en el mantón de manila que me abriga este diciembre, para no seguir sangrando, para no llorar contigo, para no sangrar sin ti.
-Para no entrar con una neumonía en una sala de espera y turbar la tranquilidad de un sinónimo de calma-.

No pienso seguir queriéndote, no existe un filtro que cubra este dolor cuando viene a dormir conmigo. La ausencia es como la coincidencia, coincidente con un momento astral en el que conduzco un futuro y reproduzco un pasado poliédrico, orgásmico, enigmático. -Subliminal-.
No quiero ser producto de una tendencia en twitter, no quiero ser poesía perdida, extraviada o manipulada por espejismos y magnitudes que no entienden de estratos.
-En este estrato del mundo, este hemisferio curvo en el que me hallo, no quiero seguir queriéndote porque soy agua que trata de ir en la dirección contraria-.

Y como el agua soy brava y caótica cuando más calma parece.

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He, yo.

He dejado el silencio para cuando las cosquillas no sepan a ruido.
He comenzado a darle sutura a todos los cortes que me sangran.
He dejado el silencio para cuando nos rompan los besos la espalda.

He pensado que la ausencia de tu voz es como un oasis para mi dolor,
y ha llegado la cura que anestesia, que seca, que para, paraliza mi lágrima, tu lágrima;
la tuya, la que lleva tu nombre pero brota sin letras, la que no te recuerda en un cuerpo, la que si pasa de la mejilla quema al rozar el pecho.

He sido un abrupto pozo seco, sin vida y ahora todo lo que traigo son manantiales, selvas en los ojos con vida tropical en las pestañas. Zumo de papaya en el roce de mis labios, vida entre el desierto que han poblado las noches conmigo misma. Traigo sudor y azúcar en el pelo, limón en entre tu lengua y mis pechos, soy ventisca en el cañón que se forma cuando despega tu cuerpo del mío.

Traigo vida, quemo y hago fuego, soy pirita de tu cuerpo.

Postales…

 

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Ayer enviaron una postal. Un SOS transparente. Tenía un remitente anónimo. Un sello sin tinta. Una lágrima por firma.

Ayer me regalaron un beso. Llegó volando, supo a cariño lejano, se sentó en mi mejilla para mecer alguna lágrima. Y cuando tuvo suficiente, secó alguna humedad prominente y dijo adiós.

Ayer todas las postales de mi pared tenían el sello de tu huella dactilar. Imagino que todas vienen de ese lugar del mundo donde sólo tú sabes que estás. Otras quieren ser el lugar donde encontrarte, se dibujan las cosas que más te gustan por si decides volver, que todo sea como antes. Y todas las postales son tus lugares favoritos, todas huelen a cerveza y a pitis, a humo, todas, huelen a ti.

Las postales con las que voy a escribir que hoy te tuve cerca, rozaste mi mejilla pero al ir a abrazarte perdí el sentido de la anatomía y  dejé de ser forense en este cuarto, este en el que desde que no estás el frío pesa sobre la colcha cuando cae la noche y los sueños se transforman en pesadillas cuando abro los ojos. Hay un bisturí asfixiando mi pecho y perforan el costado algunas frases mediocres, dichas en lugares banales, queriendo ser hijas del pasado para no ser huérfanas del presente.

De día las postales son diferentes, de noche todas son el grito de Munch esperando ser rescatadas. Las canciones no hablan de ti, pero suenan a ti, hablan de la misma forma en la que tú me hablabas tratando de hacerme ver que siempre puede ser primavera, que el invierno es la época en la que todos queremos a alguien que nos abrace fuerte para que el calor nos llegue hasta los pies, aunque hagamos trampa y pongas la estufa debajo del nórdico para encender una hoguera sin fuego que llame a mis noches para unirse a las tuyas.

Y en las ventanas, el sol nunca deja de entrar, cuando en silencio veo tus dedos escribir un mensaje en el cristal, sin el eco de tu voz, sin el vaho de tu cuerpo.

He aprendido a soportar la presencia de otras postales en la pared, postales de desconocidos, con letras que no reconozco y mensajes en los que nunca naceré yo, mensajes sin carmín al final, mensajes sin melancolía y enfurecidos por no poder ser tú. He aprendido a meter postales en botellas, y ahora los náufragos cuando encuentran la botella, sólo descifran el lugar. He decido regalar imágenes al mar, a desconocidos para que todos puedan venir a nadar a otra orilla, a otro mar, donde las olas nos mezan juntos y tu recuerdo me cante una nana para dormir flotando  entre la sal de alguna otra playa, entre la espuma de la que fue nuestra mejor ola.

Las postales y el secreto de los mensajes encriptados entre lunares y pecas, esos que nos pertenecían antes de que fuesen incluso nuestros. No sé de dónde salieron las mías, creo que tú las hiciste aparecer con alguno de tus besos en mi espalda, en mi hombro no caben más salvavidas, los besos se ahogan sin pecas a las que abrazar y los niños buscan lunares que robar para regalar a sus madres. – Eso, y postales-.

 

Pido

Tregua para todos, tiempo y silencio,
muescas en una madera que sigue a flote,
angular de un ojo de pez ciego,
muerte de una etapa para continuar con vida.

El acuerdo sin firmar que sellaron los dedos,
que rotos por empujar aprendieron a sostener,
a recorrer el agua sin retorcerse de frío.

Pactamos en línea recta una separación de bienes indirecta,
una partición casi perfecta de nosotros mismos,
la ruptura de lo indivisible con el tiempo,
la división infinita de la materia que fuimos.

Tregua para acallar los gritos que van por dentro,
para mutilar el cansancio y agotar las ganas,
por seguir adelante, por luchar con las garras,
por morder más pieles que las nuestras,
por quemar más lugares que hogueras,
por ser infinitos en el olor de otras camas,
por llenar el hueco de alguna almohada,
por cubrir de lunares otras espaldas.

Tregua, para llamar a las cosas por su nombre.