Aviso de recordatorio…

Recuerda que al irte debes reconstruirme, que no me dejes hecha pedazos, cubierta de pena y llena de arañazos de lo que fueron los zarpazos de las palabras que salieron del colapso de amor sobre mi tiempo.

Recuerda que al irte no podrás reconstruir mi sonrisa, que se borrará a golpes todo lo que vivimos y no nos quedarán veranos porque todo será lluvia de un eterno invierno, el que hará huelga desde ahora hasta que vuelvas.

Recuerda que no puedo seguir si no me lanzas delfines, si las tormentas de tus mares hunden sus aguas en otros cuerpos, si no es por mí que navegas y a base de golpes salpicas con tu risa mi espalda y al girarme vienes, y me llamas, vienes, y me abrazas.

Recuerda que el brazo que me ataba a la vida sigue durmiendo conmigo cada noche aunque te pertenezca, que viene a mí porque nunca ha sido dueño ni esclavo de otro cuerpo. Recuerda que a veces solo hacemos penitencia para volver a reinsertarnos en la vida que dejamos.

Recuerda que no hay tregua más larga que la de tus espinas en mis escamas.

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Historia de un abrazo

“Cuando los pasos son de dos pares, los caminos siempre encuentran alternativas… porque correr no es una opción, o caminamos o saltamos en los charcos”

Esa mezcla de refugio y bienestar, el cariño que no se comparte hasta que estalla esa sensación de hogar. De saber que has vuelto a tu patria, de la que nunca debiste salir sin el traje de protección para el fuego. Al hogar del que no hay que alejarse, porque volver es saber que has vuelto a ganar.

Ese suspiro que enredado entre recuerdos va dibujando carcajadas por mitad de alguna calle, y Madrid se parte el pecho y nosotras le tratamos de rizar el pelo. Unos follan mientras nosotras nos mofamos de lo mal que ya lo hicimos, y los jóvenes parecen cansados mientras los viejos empiezan a ser adolescentes que se besan en los parques.

Ese lugar donde yo me encuentro, me hago pequeña y tú me mimas. Donde nadie me vendrá jamás a quemar, porque el único calor que me llega en esos brazos es el que se traspasa de tu epicentro al mío, bombeando juntos una melodía de bienvenida.

Ese momento donde las lágrimas son de a dos, tus brazos agarrándome mera prolongación de los míos. ¡Suerte qué todavía sigas aquí! Siempre esperando el momento de derrumbe para golpear suave tu zapato en el asfalto que me espera.

  • ¿Y el salvavidas? – te grito.
  • El salvavidas está debajo, pero no te preocupes, yo salto primero por si falla que no caigas al vacío y te agarro por el brazo. – me contestas.

Firme, manteniendo los pilares que algunos días se van haciendo vallas de salto en carrera de atletismo, eso es la vida para mí cuando termino de tomarme uno, dos, tres y los vinos que hagan falta a tu lado. Una continua carrera de velocidad sin miedo, sin prisas pero sin pausas.

  • ¡Vamos a darle caña a esto, Cris! – te digo.
  • No Cris, la caña ya se la dimos. Ahora vamos a pensar bien, y a pisar sobre seguro. – me respondes. (Menos mal que además del tiempo, también pasó la cordura por tu cuerpo).

 El abrazo. Los amigos. En fin, esas cosas que saben a jamón de pata negra en esta vida.

Tu abrazo, es ese lugar en el que yo me pierdo, dejando de ser lo que finjo para ser lo que siempre fui. Lo que ya estaba cuando tú llegaste, cuando te hiciste fuerte dentro del búnker que yo misma me compré como vestido de fin de carrera.

¡Qué sí!¡Qué existes! En mí y en todos, en cada soplo que uno da afincando la mirada en las punteras de sus zapatos. En ese momento, apareces para hacer que levantemos la vista y marcar el rumbo de lo que viene.

  • ¿Dónde está el siguiente paso? –te pregunto.
  • En el filo de tus labios, en la luz de aquel movimiento que te hizo hacer letras con los hilos de quien se acercó sólo para abrir heridas sin poner reparo.–me respondes.
  • ¿Y si se me acaban? –dudo.
  • ¿Las letras o las heridas?
  • Las dos
  • Te hago un libro y te compro las farmacias de Madrid para que no te falten tiritas, y el dolor se quede en ellas –y pones el punto y final.
  • ¿Y el karma?
  • El karma se te cura con un beso, mi niña.

Y así, sin quererlo, yo me pongo el talismán y se acaba el mal que entró por alguna ventana de Segovia y lo largas a patadas por la ventana que hoy en día nos deja asomarnos a mirar como camina Madrid, sus gentes y nosotras.

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El que seas grande en mí, es porque fuiste grande mucho antes de que yo llegara. Porque has crecido con los pasos despacito y has vivido los errores y el maltrato de lo agrio de la vida. Lo que aprieta y lo que asfixia, lo que nadie te contó que pasaría. Pero apúrate, que esta vida es sólo una, y yo no pienso vivirla sin que te quedes. Si te vas, llévame contigo.

A Cristela, que siempre supo cuando volver, que nunca terminó de irse. Para que sepa que no hay ojos más bonitos que los suyos con esas gafas de pasta, para que aprenda a ver más allá de sus cristales.

Lloro

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Diseño e ilustración: Ana Gómez López

Lloro una vez al día,
derramo los recuerdos a gotitas de nostalgia,
embalsamando los momentos por si viene un huracán y los arrasa.

Lloro una vez al día,
porque la rabia no me deja reír, y me quema.
Todo este dolor me quema, y no me sabe a hierba.

Lloro una vez al día,
porque hay pantanos que no se acaban nunca,
lluvias que los inundan a raudales, tormentas que desbordan sus caudales.

Lloro una vez al día,
así limpio los rastros con los que no consigo acabar,
los sarmientos que arden quemando ascuas si los toco.

Lloro porque así se nutre de mí, lo poco que queda de ti.

Ella

Anoche, ella lloraba,
anoche, yo la miraba,
su alma libre meditaba:
si morir en vida o vivir en muerte.
si los vivos son los muertos que deciden no morir
o los muertos son los vivos que deciden no vivir.

Anoche, ella impasible. Desconsolada.
Coaccionada por una soledad inapelable.
Sentía el juicio en su garganta,
la sentencia final del perjuicio,
la súplica por una paz sin guerra.

Anoche, las lágrimas le mordían el labio.
Anoche, las mías me hundían el estómago.
Intentaba, no decirle lo que era,
transmitirle lo que fuera.

La conciencia apelaba,
la impaciencia maltrataba.

Ella siente frágil,
pero lucha fuerte,
cree que muere, se mantiene.

Hoy, la miraba en el espejo,
era yo sin mí, era ella sin nadie.
Quería dejar de ser, para olvidar cuanto duele.
La vida duele,
el tiempo hiere,
el silencio muele.

Entre tanto, ella llora,
y yo la quiero.
Si se muere,
Si decide no quedarse,
¿Qué hago yo sin mi reflejo?