Ella

Anoche, ella lloraba,
anoche, yo la miraba,
su alma libre meditaba:
si morir en vida o vivir en muerte.
si los vivos son los muertos que deciden no morir
o los muertos son los vivos que deciden no vivir.

Anoche, ella impasible. Desconsolada.
Coaccionada por una soledad inapelable.
Sentía el juicio en su garganta,
la sentencia final del perjuicio,
la súplica por una paz sin guerra.

Anoche, las lágrimas le mordían el labio.
Anoche, las mías me hundían el estómago.
Intentaba, no decirle lo que era,
transmitirle lo que fuera.

La conciencia apelaba,
la impaciencia maltrataba.

Ella siente frágil,
pero lucha fuerte,
cree que muere, se mantiene.

Hoy, la miraba en el espejo,
era yo sin mí, era ella sin nadie.
Quería dejar de ser, para olvidar cuanto duele.
La vida duele,
el tiempo hiere,
el silencio muele.

Entre tanto, ella llora,
y yo la quiero.
Si se muere,
Si decide no quedarse,
¿Qué hago yo sin mi reflejo?

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– CAPÍTULO XI –

Me sentí perdido. Aquella mañana de resaca familiar entre amigos no dejaba de traer y llevar las risas de Amelia, las bromas de Germán, los susurros y las miradas cómplices entre Ana y mi mosquetero. La sonrisa de Lucía al ver a su tío Martín, el abrazo amigo de un Roberto agradecido por aquel momento de desconexión. Todo, absolutamente todo revoloteaba por aquella habitación como un proyector de imágenes. Fue increíble estar con ellos.
Decidimos que yo iría por la tarde a ayudar a Ana y a Germán porque necesitaba hacer algunos recados por la mañana. Llamar a los chicos a Buenos Aires, buscar algunos libros por las librerías perdidas de Madrid y resucitar algunos fantasmas que necesitaba con urgencia que me visitaran. Todavía tenía la imagen de aquella playa de Joao Pessoa en la memoria, no podía diluir ni siquiera la tinta de aquella foto, la forma de su letra. Tan redonda, tan perfecta, tan Liber.

Me levanté como pude de la que sería mi cama durante unos cuantos meses y rompí el silencio de la mañana con un grito de urgencia a mi segundo hombre de confianza, Roberto, que por la ausencia de respuesta imaginé que no estaba ya en casa. La gente decente suele tener trabajo, salir a levantar el país que le ha tocado como patria aunque ni siquiera lleven la bandera. Me di una ducha fría porque necesitaba activar las neuronas de mi cerebro atontado por las fantasías tratando así de recuperar el timón de aquellos días. Me vestí terco en el empeño de no parecer un exiliado, pero volví a parecerlo, siempre lo parecía. Fuese a donde fuese, era un exiliado de mi propia vida, no podía esconderlo por mucho tiempo. Terminé por decidir ir a desayunar fuera, a algún bar con terracita y dejar que la brisa me golpease la sesera.
Justo al bajar por la puerta de casa de Roberto había un bar, “La trovadora”, me gustó tanto el nombre que me quedé sentado en aquella terraza. El desayuno tardó unos cinco minutos en llegar pero mientras llegaba yo pensaba y pensaba, meditaba. A los cinco minutos me di cuenta de que estaba escribiendo en un trozo de papel los garabatos de lo que podía ser un intento de poesía, un amago de belleza literaria para una ráfaga de recuerdo pasajero, y decía así:

“Te encontré sumando dos más cinco y le resté tres,
multipliqué los días y le resté segundos a la vida.

Dividí entre dos los secretos a escondidas,
y me llevé tres más para restarle al tiempo.

Se me olvidó amor,
Se me olvidó, quererte.”

En realidad nunca supe querer a nadie, hasta mi subconsciente me lo escribía. Lo escupía tratando de hacérmelo ver, de una forma o de otra. Pero hasta que la vejez más interna que externa no me dejó verlo, no fui capaz de sentir, de sentir que ya no volvería a ser el mismo, ni ella estaría conmigo, ni Germán le ganaría este pulso a la vida, ni Ana leería bolas de cristal con unos ojos secos de llorar a quien fue su vida, ni Roberto dejaría de echar de menos a Amelia. Porque lo que no tienes es lo que has perdido, no lo que has dejado ir. Eso, eso es sólo lo que se te escapó.
Llegó el café, la tostada y un zumo de naranja natural. Fui rápido y veloz en terminar con todo porque necesitaba ir a mil sitios: a buscar libros, a llamar a los chicos, a enviar los paquetes y se me hacía tarde. Siempre se me hacía tarde. Finalmente encontré un montón de libros antiguos, otros menos. Los separé en dos paquetes y los envié. Llamé a los chicos, al teléfono respondió Mateo:
– Libre-café Minúscula, Mateo al habla.
– ¡Mateo! –le dije con un tono de voz de exaltación absoluta. Mi alegría era inmensa, se notó nada más pronunciar su nombre. En ese momento me di cuenta de que los echaba de menos.
– ¡Martín!¿Que tal está? –de nuevo me respondía como si no viviese conmigo, pero su voz también era de alegría, de añoranza.
– Bien, bien… los días por Madrid raros, intentando sobrellevar esta batalla lo mejor que podemos. Demasiados recuerdos, demasiado de todo amigo. Pero bueno, aquí es donde tengo que estar ahora. ¿Qué tal todo? ¿Algún problema con algo? –le pregunté
– Por aquí todo genial, igual que siempre. Daniela viene ahora en un rato, se está quedando en casa conmigo. Todo muy bien. Lo que si necesitaríamos serían algunos libros más, se nos van quedando justos los que tenemos. –me hizo una mezcla de todo que casi no me dio tiempo a digerir. Y tuve que sintetizar un poco mis palabras para que él me explicase cautelosamente todo vía email. ¡Qué moderneces!
– A ver, a ver… primero me pones un email y me explicas lo de Daniela. ¡Ay pájaro! Ya sabía yo que mi huida os acercaría a posturas más candentes. Y segundo, por los libros no te preocupes, he enviado esta mañana dos paquetes con libros antiguos y menos antiguos. En estos días visitaré más mercadillos y espero poder conseguir más. Bueno, me alegro de que todo esté bien, te tengo que dejar porque me toca ir a ver a Germán. Te cuento por email que tal todo con él más tranquilamente. –le respondí apurado porque se me había pasado la mañana volando y ya era hora de irme.
– Vale, Martín. Cuídate mucho, saluda a todos por allí y un abrazo especial para Germán. ¡Fuerza!… acaba de llegar Daniela, te manda saludos y un abrazo enorme. Chao. –vi los labios de Daniela enviando ese beso y pude olerla acercándose a mí. Vi a Mateo besándola silenciosamente para que no sonara por el teléfono y los vi felices. Me sentí agradecido por haberlos encontrado y porque ellos se hubiesen encontrado.
– Un abrazo compañero, cuídense mucho y por favor cualquier problema me escriben un email. O llamad al teléfono de casa de Germán, ya lo tienes en la libreta que hay en el cajón de debajo de la cafetera. –le recordé de nuevo.
– Lo sé, no te preocupes Martín, todo está en orden.

Y lo siguiente que escuché fue el “pi, pi, pi” de un teléfono que se había quedado vacío al otro lado. Eran las dos y media de la tarde, hora de poner rumbo a casa de Germán y Ana. Había quedado con ellos a las tres para comer allí. Pero antes quise pasar por aquel café del Barrio de Chamberí donde la vi escribiendo en aquel cuaderno, la curiosidad me hizo pensar que tal vez hoy estaría de nuevo allí. Teniendo la osadía de creer que yo sería capaz de entrar a contarle alguna excusa y muchas mentiras sobre mi vida. Al llegar al café vi un cartel enorme que ponía “Cerrado. Interesados en traspaso pregunten en la ferretería de la esquina”. No podía creer que todo lo que una vez me llevó a ella me estaba bloqueando el paso de nuevo hacía Liber. Eran señales en las que yo nunca antes había creído. El fin de una era, le llamaban algunos. Para mí era el fin de mucho más. Y la sensación de perdida fue tan inmensa, que al llegar a casa de Germán, él me lo notó y me dijo:
– ¿Qué?…¿Ya fuiste a mi entierro? –él siempre tan oportuno.
– ¡No! –contesté con enfado y desagrado hacía su broma.
– ¡Martinito con naranja, no te lo tomes a mal! –siempre con la misma broma, pasarían los años y seguiría llamándome Martinito con naranja. No recuerdo peor borrachera que aquella primera, y lo curioso es que nunca más volví a beber Martini, pero claro para hacer la broma junto con mi nombre les vino genial.
– ¡Para! No tengo ganas de bromas hoy. Estoy cansado de fingir que todo está bien, que no me duele estar aquí y verte así. Fingir que la perdí por estúpido y vosotros las conservasteis por sabios, porque visteis en ella lo que sólo yo supe despreciar. Y me duele que la queráis y que os quiera. Me duele que no sea a mí a quién quiera en esa playa de Joao, y que sus hijos no sean los míos. Y en algún momento os he odiado por no haberme contado nada sobre ella, porque sabíais que vivo exiliado de mi patria y de su recuerdo, tratando de no sentirla al acostarme y al parpadear no confundirla por la calle. Estoy dolido, mosquetero. Estoy tocado, no estoy hundido, pero sí muy tocado. ¿Lo entiendes?… –vomité aquella confesión del mismo modo que vomitaba aquel primer Martini de cuando era joven, y sentía la resaca de aquella postal como sentí la misma primera resaca de alcohol de mi vida. Y todo lo sentí junto a la misma persona, mi mosquetero. ¿Qué pasaría con el resto de resacas que me vinieran en la vida?¿Qué pasaría cuándo él ya no estuviese para mirarme y no decir nada?.
– Entiendo… -me dijo casi sin voz.
– ¡No! No lo entiendes, porque no lo has vivido. No la has cagado nunca tanto cómo para arrepentirte el resto de tu vida. No has sentido esto, no has olido su piel y al abrir los ojos no era Ana quien estaba allí, sino otra persona. Otra mujer a la que habías fingido querer cómo la quisiste a ella, ¡Cómo la quieres a ella, a tu morena!… –le quería hacer entender que no me entendía ni por un segundo.
– Lo sé Martín, pero no puedo decirte nada. Cada uno escoge lo que quiere vivir. Creo que no nos puedes culpar por los errores que sólo tú cometiste. Yo no fui quién la dejó irse. Sino tú. Sólo tú la dejaste tomar aquel vuelo a Brasil y sólo tú fuiste quien me dijo lo liberado que se sentía. Yo no soy tú, ni fui tú, ni lo sería. Lo sabes. –me habló con tanta dureza, que supe entender a lo que se refería sin contestar nada.

Ana entró deslizándose suave por la habitación para dejar sus manos sobre mis hombros. Nos había escuchado discutir, y lo único que pretendió fue suavizar un poco todo aquel conflicto interno de años sin hablar del tema. Ella me dio un abrazo y yo sentí que me entendía. Ana sabía cuánto me había arrepentido de mis decisiones pasadas, veía en mi mirada el dolor y la pena unidas a la envidia sana que les tenía a ellos, a su felicidad. Y me dijo al oído:
– Yo sé cuánto la quisiste, sé cuánto la quieres y sé que no se puede juzgar a un espíritu libre. Como aquel libro que me enseñaste, eres un lobo estepario y no se puede culpar a un lobo estepario por las decisiones que toma cuándo es lobo y no es humano. Sé que tu mitad humana predomina ahora con los años, y ese lobo joven y solitario habita en ti adormecido. Sé que hoy lo ves todo así, y crees que te hemos fallado, pero nunca fue nuestra intención. Te queremos y Germán te adora. ¡Venga anda, siéntate al lado de tu amigo y disfruta! Lo siento, siento mucho no haber sido más amiga tuya que suya. Lo siento mosquetero.
– Gracias –le respondí con los ojos encharcados por los reflejos de algún cabello rubio que se había colado en mi pensamiento.

Mis amigos habían sido sinceros. En el fondo todos llevaban razón. Nunca me habían dicho nada que no fuese verdad, hoy tampoco lo estaban haciendo. Así que decidí olvidar aquello, hacer de tripas corazón y sentarme junto a Germán. Estuvimos una media hora mirando la pantalla del televisor, ni siquiera recuerdo lo que veíamos, pero ninguno hablaba. Estábamos estupefactos frente a aquella pantalla brillante royendo todo lo que nos habíamos dicho. Y en algún punto, uno miró al otro, ni siquiera recuerdo cual de los dos miró primero. Y él, que no tenía ganas de librar batallas paralelas guardó la espada, esa que mi orgullo no me dejaba tirar nunca a tablas. Levantó los brazos y me dijo:
– ¡Dame un abrazo, cabroncete!¡No me puedo morir enfadado con mi mejor mosquetero! –destacó su gracia para salir de los momentos de tirantez. Le di el abrazo y le dije con voz cálida cuánto lo apreciaba.
– Lo siento, lo siento mucho. No quiero estar así. –me sinceré con él.
– Lo sé –respondió sin más.
– Entonces… ¿Soy tu mejor mosquetero?… ¡Verás cuando se lo diga a Roberto! –disparé con una voz picarona.
– ¡Eh!¡Esto es un secreto entre tú y yo! –puso su mano en el pecho y terminó diciendo: – Lo negaré hasta mi último aliento.

Todo con Germán era fácil, hasta discutir y hacer las paces. Nunca supe cuántas cartas se escribieron entre ellos, no le saqué el tema durante semanas. De vez en cuando se contaba alguna batallita de juventud y aparecía Liber entre las sombras, pero sólo eran sus sombras, nada más. A escondidas releí aquella postal día tras día, rozaba su letra con mis dedos intentando desgastar aquella tinta. Haciendo un amago por borrar sus palabras fingiendo que no habían existido, ni ella ni nada. Pero no pude. Todo lo que estaba pasando era real, no eran fantasmas de visita, ni susurros entre sueños. Su otra piel, la tinta, estaba allí, para recordarme que siempre lo estuvo.
Esa noche antes de irme a casa, Roberto, Germán y yo fuimos cómplices de unas risas sin sentido. Germán se estaba fumando uno de esos cigarros mágicos que le curaban el alma y lo quiso compartir con nosotros. Ninguno nos negamos, nos miramos como niños que hacen algo a escondidas y supimos que estábamos construyendo un momento para el recuerdo póstumo. Y lo fue, sin lugar a dudas, un momento de esos que no dejas de sonreír al recordarlo. Sólo dijimos estupideces, cantamos canciones de hacía mil años, hablamos de alguna que otra “fresca” como decía Roberto, que se coló por nuestra ventana para darnos calor una noche a la semana.

Me fui a la cama castigado por la vida a la que nunca supe hacer frente. Ese cigarrillo estaba haciendo que mis párpados pesados se cerrasen a golpe de sintonía de Yann Tiersen. Ni siquiera puse empeño por resistir. Al dar el último parpadeo, la vi. Pensé en abrir los ojos, pero ¡Estaba tan bonita con aquella camiseta vieja mía!, que no pude resistirme a soñar como yo mismo se la subía mientras ella trepaba por mi escalera. Entre mis manos y su piel se notó un escalofrío, descendí por sus rincones y apuré cada sorbo de su olor fresco. Cada roce de sus manos suaves era un acorde de aquella melodía de Yann Tiersen, y me llevó. Me llevó donde le encierran a uno cuando comete los pecados más graves, donde ni el propio demonio tiene llave para abrir la celda. Al lugar que nos queda a los olvidados que olvidamos por antojo que el olvido siempre vuelve a recordarnos todo aquello que tiramos. Ella vino, estuvo conmigo, se sentó a mi lado y al irse, yo me fui con ella.

Había una vez un país llamado España

Casas huecas,
carcomidas por el eco,
de una voz que no resuena,
de un silencio a viva voz,
de una pena traicionera.

Casas humildes,
que lloran su hambre,
mordiendo su nudo,
y recogen las lágrimas de los que fueron sus hijos,
esqueletos de la resaca de un país volatilizado.

Casas rotas,
devastadas por el frío,
la condena de la farsa que unos pocos han vertido,
las mentiras de un país que ha acabado con los suyos,
que ha reventado paredes y encadenado puertas.

Casas de humedad,
malolientes con el invierno,
sin estufas de calor, con bidones de cariño,
malgastadas hacen surcos en el techo con la tizne,
que el periódico les deja para hoy calor de paso.

Casas de un pueblo,
de un país en ruinas como sus edificios,
de un país en llanto como sus hijos,
de un mundo sin acopio de ganas entre sus grietas.

Casas de un país, que se desmonta,
casas de una sociedad que suplica,
casas de un mañana de chabolas,
casas de un después sin esperanza.

– CAPÍTULO IX –

Mi llegada a Madrid fue el aterrizaje forzoso más precipitado que he hecho jamás. Esos acontecimientos vitales que marcan un antes y un después en tu vida. Importantes pero tristes, muy tristes. Tanto que se quedaban en el recuerdo para siempre porque era el lugar que les correspondía.

Nos subimos en el coche, mientras Roberto conducía por un Madrid caótico, yo iba observando todo. La Cibeles, la Castellana, la Puerta de Alcalá, Velázquez. Le pedí que antes de llegar hasta casa de Germán me diese una vuelta turística por Madrid, necesitaba tomar fuerzas para hacer frente a la batalla más difícil que sin duda yo iba a librar en aquellos días o meses. No se sabía con certeza. Cuando ya habíamos dado bastantes vueltas le dije que podríamos emprender camino hacía casa de Germán. Ahora sí estaba preparado para verlo y volver a bromear con él.

No tardamos más de diez minutos en llegar, a mí me parecieron segundos. Roberto se bajó del coche, antes de sacar mi maleta me dijo:

–       ¿Quieres dormir aquí o en mi casa?

–       No sé, me da igual. Donde menos moleste. Si tuviese la librería me iría allí a dormir, pero ya sabes que vendí el local. –me era totalmente indiferente donde vivir aquellos días, lo único que quería era vivirlos con ellos. Absolver cada segundo con mis amigos, mis mosqueteros, los escuderos de infancia.

–       Bueno, la dejo en el coche y luego decidimos. A ver que nos dice Germán.

–       ¡Vale, me parece buena idea!

Mientras caminábamos por las calles camino de casa de nuestro amigo, no encontraba sentido. Y una duda me sobrevoló la mente.

–       ¡Robe!… ¿Para qué me voy a quedar en tu casa con Amelia y la niña allí?… ¿Hay algo qué no me has contado? –él ya sabía por donde iba yo disparando.

–       Tú siempre igual, tan perspicaz. Ya sabes que hace tiempo que las cosas entre Amelia y yo no iban del todo bien. Entonces, hace unos meses decidimos que lo mejor sería separarnos y que Lu se fuese con ella a vivir. Yo voy a visitarlas mucho, así que en algo en lo que hemos estado de acuerdo, no voy a poner pegas algunas.

–       Pero… ¿Cómo no me has contado esto antes? ¿Estás bien? –le pregunté impresionado por la forma tan normal en la que me había contado la historia y su pronta solución.

–       Estaría mejor si no fuese porque al mes de mudarse Amelia, uno de los días que iba a ir a ver a la niña, vi como un chico de unos treinta y pocos, o muchos, no sé, ya sabes que las edades no se me han dado bien. El caso es que entraba en el portal y yo que me quedé petrificado, me senté en un banco. A los diez minutos Amelia salía con él y Lu iba gritándole: ¡Pedro! ¿Vamos a ir a tomarnos un helado hoy también?… Así que bueno, lo llevo bien. Me han puesto sustituto bastante rápido. Es lo que tiene colega, no haber hecho las cosas del todo bien. En fin.

–       Joder tío, me dejas de piedra. Me parece hasta mentira que no estéis juntos. –hablábamos como dos universitarios salidos de clase, nos solía pasar cuando nos veíamos o conversábamos por teléfono durante largo rato. Era ridículo en ocasiones, pero tan mítico.

–       En fin, vamos a subir, que Germán debe estar impaciente por verte. Me ha escrito un millón de whatsapp que no he leído.

–       ¡Qué fuerte!… Yo sigo resistiéndome a tener esa mierda. Me niego.

–       Al final caerás… ya verás… -su risa de “yo también pensaba así” lo hacía presagiar.

Subimos al piso, dónde nos estaba esperando Ana en la puerta. Ana era esa mujer especial. Era una mujer de bandera. Morena, con un pelo tan negro que tiznaba la luz, pero luego tenía unos ojos verdes albahaca que le quitaban el protagonismo al resto de su fisionomía, también espectacular a pesar de los años. La única que en realidad hubiese podido ser para Germán, juntos tuvieron a Rodrigo. Un niño estupendo que había heredado el humor de su padre y la belleza suave y sutil de su madre.

Cuando éramos jóvenes solíamos bromear con él, y siempre le gastábamos la misma broma. El pobre Germán siempre la aguantaba de forma estoica. Y le repetíamos una y otra vez: ¿Qué Germán? ¿Cómo la engañaste? ¿Cuántos chupitos te hicieron falta?… –el pobre nunca nos respondía, pasaba de nosotros. Se hacía el sordo, a pesar de que en el fondo se sentía gordo porque sabía que tenía una gran mujer a su lado. Fue consciente desde primera hora y supo salvar la situación conservándola a ella, a su Ana, su morena del alma.

A diferencia de Roberto, que tardó casi diez años en conseguir perpetuar su semilla con Amelia. Germán comenzó a salir con Ana y a los pocos meses nos llamaron para comunicarnos, felices y entusiasmados que estaban “embarazados”, sí, tal que así, “embarazados”. Y por la cara de mi amigo Germán, creo que él estaba más alucinado que Ana con la idea.

Nunca dimos un duro por ellos y mira la vida. Ahora, casi quince años después. Ana sigue llevando el ritmo del corazón de Germán, se adoran, se quieren y se ríen de las mismas tonterías que cuando eran unos treintañeros y bebían chupitos en la Latina. Sólo basta con verlos mirarse. Sólo hay que ver cómo ella me abrazó y me dijo:

–       Se me va, Martín, se me va, se nos va… y yo no sé seguir sin él. –ella era fuerte, no lo entendía. Siempre le quedaría Rodrigo para seguir luchando. Pero se notaba vacía sin él, antes incluso de que se fuese.

Yo no supe que decirle. La abracé más fuerte todavía y le dije:

–       ¡Qué guapa estás Ana!, como siempre… pero tus ojos no son verdes hoy. Se están estancando y sabes que eso no me gusta. Hay que seguir, no te olvides de tu hijo. Rodrigo te necesita y nos necesita. –ella sabía que todo lo que decía era cierto, pero su dolor no la dejaba ver más allá de Germán.

–       Lo sé. Créeme que lo sé. –me dijo con una voz rota y tranquila.

Su mirada no era como la recordaba. Estaba triste, sin verde. Su cabello está mate, no había brillo. Todo en ella era luto y ni siquiera había llegado el momento. De repente, una voz rompió el silencio de nuestras miradas cómplices de pena, y llegó.

–       ¿Qué pasa Martinito? Todavía no me he muerto y ya me estáis enterrando. ¡Joder! ¡Dejaos ya de penas! ¡Morena, no le des la tarde anda! Y ven a darme una alegría y a quitarme este dolor que me atosiga la piel. –era él, en estado puro. Germán al 100%, ni esa maldita enfermedad le había quitado las ganas de bromear, ni de su morena.

–       ¡Ya voy! –contesté. Germán siempre había sido un impaciente. ¡No olvides que tu señora todavía sigue estando más buena que tú! –y nos reímos cómplices entre aquel abrazo de rememoro.

Germán estaba estropeado, pero su aspecto no era el de alguien que estaba más al otro lado de la línea. Parecía sano, y eso era preocupante. Mientras me palmeaba la espalda después de nuestro abrazo de mosqueteros, me dijo:

–       Sienta que empieza el partido. No me lo quiero perder.

–       ¿Quién juega?

–       No sé quién juega Martín, a mí eso ya no me importa. Con ver fútbol me conformo. Rodrigo vendrá ahora, ha salido a dar una vuelta con los amigos, pero estará aquí para la segunda parte. Siempre llega, aunque últimamente está más distraído. Supongo que le cuesta verme así. –me dijo sabiendo que a él le dolía incluso más que lo tuviéramos que ver así.

Nos sentamos a ver el fútbol y descubrimos que ni siquiera era un partido real. En el fondo creo que era yo el único que no lo sabía. Me gustó sentarme con mis amigos a ver aquel partido, a pesar de que nadie le estaba haciendo caso. Pero no me agradó ver a Robe tan apagado, parecía diferente, como si los años le estuviesen haciendo mella en una soledad forzada por las circunstancias. Germán comenzó su juego de bromas con Robe y le dijo:

–       ¡Robertito!… ¡Qué estás muy serio! ¡Cualquiera diría que soy yo el que se muere, espabila macho! ¡Qué vas sin alegría!… –Robe lo miró y le sonrió casi sin fuerzas, se notaba que llevaba demasiados meses dándole vueltas a demasiadas cosas. Le quemaba todo por dentro: Amelia, Germán, Lucía… se estaba ahogando y yo lo sabía.

–       No estoy en mi mejor momento. Ya sabes… -respondió medio forzado.

–       ¡Ojito a los dos!… Que no voy a librar yo la batalla solo, ¿no?. No he venido a España para aguantar vuestras tonterías. –En realidad era a lo único que había venido, a estar con ellos diciendo tonterías. Pero me tenía que cuadrar para poner orden entre mis caballeros que se me desbocaban de vez en cuando.

Ana nos observaba desde la puerta del salón con una medio sonrisa de tranquilidad y felicidad obligada. Se notaba que sentía el empujón que habíamos venido a darle, no la íbamos a dejar sola.

Rodrigo llegó al rato, se unió a nuestras risas y comentarios estúpidos. A nuestras bromas sin sentido. Fue una tarde diferente, con un millón de cosas feas que no nos gustaban. Pero aún así, todos disfrutamos de ese reencuentro.

Al final de la noche llegué a encontrar a Germán más vivo, a Roberto más hombre, a Rodrigo menos niño y a Ana menos viuda. Creo que olvidamos por unas horas nuestros roles de vida forzada para jugar un juego sin partida. El juego de otra vida. Sin ellos. Sin ella. Sin nosotros.