– CAPÍTULO X –

Bajo todo ese mal se encontraba ahora un niño que no supo ser hombre. Un niño al que todo le venía de golpe, a una edad en la que las magulladuras duelen y marcan el resto de los días que te quedan por vivir, o mal vivir simplemente.

Hacía tanto tiempo que ella no paseaba por mi olfato nocturno que había olvidado cuanto ansiaba rozarla con el perfil suave de mi dedo. Sólo para hacerla estremecer por unos segundos. Mi espíritu de conquistador había abortado la misión. Lo único importante ahora era él. Germán. Aquel que se disputaba cada segundo de su vida dividiéndolo dentro de su ser. Resguardándose del frío con un mendrugo de pan que bien podría ser mojado en agua, a nada le sabía al pobre. Había perdido el sentido del gusto, hablaba de lentejas como si estuviese comiendo caramelos y de dulces como si lo que mordisqueaba fuesen chorizos.

Pasaron los días. Roberto y yo nos organizábamos para ayudar a Ana sin que ella fuera consciente de que todo aquel circo había sido orquestado sólo para que ellos encontrasen un hueco de paz entre tanto ir y venir de médicos y tratamientos.

Ese día Roberto y yo decidimos que yo iría primero a casa de Ana y Germán y él vendría después por la tarde. De esa forma él podría ir a recoger a Lucía para pasar la tarde todos juntos charloteando mientras disfrutábamos de algún manjar exquisito que Ana seguro ya tenía preparado. Ese día fue el principio de todo lo que empieza a cambiar el rumbo sin que te des cuenta. Sin ni siquiera apreciarlo.

Subí las escaleras hasta el quinto piso donde me estaba esperando Ana con un desayuno al más puro estilo español. Lo más español que se puede esperar. Había tostadas recién hechas, café, zumo de naranja, jamón ibérico, tomate rayado y ese aceite que al verterlo sobre la tostada parece oro líquido. En ese momento, justo cuando disfrutaba de aquel desayuno su cabello marcó el paso y se meció suave sobre mi pensamiento. Esa melena rubia de cuando éramos jóvenes volvió de nuevo, como un suspiro que se mece entre los visillos de una ventana de verano abierta. Como un nada que te encoge el estómago y te destroza las ganas de saborear tu manjar. Esa mañana Liber volvió a estar entre nosotros, lo hice sin querer. Ella siempre lo hacía así y al final parecía yo el culpable de traerla y no ella la ladrona que andaba colándose por mis grietas a cada dos por tres. Se me perdió la vista por unos segundos, y mi tostada casi cae en la ruina sino llega a ser por Ana. ¡Ay Ana, siempre en todo!

–       ¡Martín!… –exclamó llamando mi atención.

–       ¿Eh? –no sabía por dónde venía el huracán en esta ocasión.

–       Si sigues poniendo aceite en tu tostada acabarás por desayunar aceite con pan, por mí está bien, el aceite nos sale gratis. Ya sabes que a Germán todo el mundo le envía regalos de todos sitios.

–       ¡Joder, qué desastre soy! Lo siento Ana. Se me ha ido el santo al cielo. –le dije por decir algo, porque ni el santo al cielo, ni el mochuelo a su olivo. Lo que se me iba era el tiempo cuando ella llegaba a arrebatarme los segundos y convertirlos en horas.

–       No pasa nada, ¿En qué andas ahora? ¿Estás preocupado?. ¡Cuéntale a la morena que te ronda esa cabecita! –sonrió como cuando teníamos treinta y yo le contaba mis penas.

Lo curioso es que eran exactamente iguales por aquel entonces. Me quedé pensando un segundo, que habían pasado los años y yo seguía repitiendo cada pasito pequeño y ahora volvía a la vida que Ana tantas veces había escuchado.

–       Nada, estaba pensando en el Libre-café, en Mateo, en Daniela,… Espero que no tengan muchos problemas, de todas formas ellos tienen mi teléfono si tuviesen problemas me llamarían seguro. –me libré de contar la verdad con otra verdad.

–       ¿Sí?, ¿Seguro que sólo es eso? –se reiteró esa morena de ojos verdes que parecía bruja en ocasiones. Cuando te miraba sentías que estaba viendo a través de tus ojos y se estaba filtrando por tus pensamientos.

–       Sí, sí… sólo eso. ¿Qué quieres que hagamos hoy? –le propuse cambiando el tercio de la conversación.

–       Pues… no sé. –y seguimos desayunando.

Ninguno de los dos hablaba, pero ambos éramos conscientes de que había algo más en aquel silencio consentido. Es lo que tiene la confianza, hace que puedas estar en silencio con otra persona durante horas y no sea incómodo. Ana terminó su desayuno y yo estaba leyendo el periódico en aquel traste que Rodrigo me había dejado, el maravilloso mundo de Apple, un ipad de última generación que sus abuelos le habían regalado. Ella se levantó y se fue a dar una ducha. Entre tanto me puse a ver algunas postales que tenían colgadas en la nevera, a cotillear por decirlo claramente. Postales típicas, de sitios típicos con típicos imanes de todos esos lugares que la gente visita y se acuerda de ti para hacerte cómplice y fulminar el blanco de tu nevera. Entre ellas había una que nunca había visto. Era una foto, no era una postal, de una casa y al fondo se veía el mar. Un mar precioso, era un paisaje increíble. Justo en ese momento pensé que me gustaría ir allí y bañarme en aquellas aguas. En mi ensimismamiento Ana volvió a la cocina y de un respingo me espabiló.

–       Es bonito ese sitio, ¿verdad? –preguntó sin dar más opción que una respuesta afirmativa.

–       Sí, eso justo estaba pensando.

–       Pues si das la vuelta a la fotografía sabrás donde tienes que ir a bañarte y a dormir si quieres pisar esa arena. –me respondió, pero me pareció un reto más que una respuesta. Me dio miedo darle la vuelta a la foto, pero lo hice despacito.

–       ¿Es ella?… ¿Lo es? –la atraqué con mis preguntas.

–       Sí, es ella.

–       No tenía ni idea de que teníais contacto con ella, y mucho menos de que sabíais donde vivía y lo qué hacía. –me sentí herido por mis amigos. Nunca pensé que me ocultarían algo así.

–       Siempre hemos tenido contacto con ella Martín, pero nunca te lo contamos porque ella así nos lo pidió. Y entiende que ella era mi amiga tanto como tú, tal vez más incluso que tú porque yo en ella confié mucho. Viví muchas cosas con ella que me hubiese tocado vivir con otras amigas que me demostraron que no estuvieron. Y a día de hoy sigue estando en mi vida, hace poco estuvo de visita en casa. Vino a ver cómo estaba Germán y cómo iba el tratamiento. Incluso nos puso en contacto con un amigo suyo que está haciendo experimentos con marihuana terapéutica.

No sabía que decir. Me acababa de quedar sin palabras. Supongo que ellos intentaron seguir la línea del medio y no entrar en aquella ruptura. Quise pensar que Liber fue tan importante en mi vida y para mis amigos que al final todos, de una forma o de otra, la intentamos conservar con nosotros.

Al darle la vuelta a la postal sólo vi una dirección de Brasil, identifiqué el sitio, Joao Pessoa. Y creo que fue allí porque mientras estábamos en la facultad conocimos a una amiga y ella le ayudaría con todo lo necesario para crear aquel albergue, hotel o lo que fuera de sus sueños. Releí aquella foto por detrás unas doscientas veces, memoricé cada frase que ella les decía:

“Hola amiga, la vida en Joao es maravillosa. Tranquila y apacible. La gente es estupenda, nada parece preocuparles. Me encanta vivir aquí y pasearme por estos lugares. Al principio cuando llegué me costó instalarme, ya sabes, la sorpresa, el calor, asumir un poco todo… pero después de que Fede llegase todo fue mucho más fácil y la verdad tener a una gran persona a tu lado ayuda mucho. Han pasado casi tres años, parece que fue ayer cuando empezamos a estar juntos. Me ayudó tanto a preparar todo que me parece mentira que ahora estemos aquí, los tres juntos. Estamos todos genial, en la próxima te enviaré foto de nosotros. Un beso enorme, os quiere: LIBER.”

Y se despidió… así sin más. Cuando nos separamos ella se fue, y yo me quedé. Creo que todavía sigo en ese momento. Volví a dejar la foto en el mismo sitio del que la despegué. Me giré sobre mis pies y le dije a Ana:

–       Bueno… ¿nos ponemos en marcha? –necesitaba salir de aquella cocina y borrar la imagen y aquellas frases de mi memoria. Liber, Liber, Liber, os quiere… se me repetían en la mente, como un latigazo del pasado.

–       Sí, venga vamos a ir a comprar todo lo que necesitamos para preparar el almuerzo. Dile a Germán que si se atreve a acompañarnos, ¿o tal vez os gustaría ir a vosotros solos? –me sugirió.

–       No sé, espera que le pregunto. Aunque yo prefiero que nos acompañes.

Caminé por el pasillo hasta la habitación de ellos, y golpeé dos veces la puerta para recibir aprobación. No hizo falta llegar al segundo toque porque ya estaba Germán a voces haciéndome pasar.

–       Pasa joder, ni que estuvieras en casa de mis suegros. –siempre igual, no cambiaría jamás.

–       ¿Qué pasa?¿Qué tal has dormido? –le pregunté.

–       Cómo los benditos, estas drogas son la ostia. Si llego a saber que me iban a dejar drogarme a esta edad me hago viejo antes… -y una carcajada llamó la atención de Ana.

–       ¿Vais a terminar hoy o mañana?¿Me voy sin vosotros? –nos retó en un tono bastante serio.

–       No, no… espéranos. Que ya estamos. –le dije.

–       ¡Joder morena, que carácter te gastas eh!. Ya vamos, sin prisa pero sin pausa. –Germán siempre sabía como sacarle una sonrisa a su morena del alma.

–       Venga anda, no me liéis, ¡liantes!

Salimos del piso. Germán ayudado por un bastón que Roberto le había regalado herencia de su abuelo, parecía un Marqués rodeado por sus sirvientes y bromeaba todo el tiempo con eso. La verdad es que siempre que él llegaba se me olvidaba todo lo anterior, tal vez porque tenía ese poder de hacerte desconectar del mundo por completo. Se me olvidaba hasta que estaba enfermo y que tal vez pronto sólo recordaría sus bromas. No podría oírlas de viva voz.

Recorrimos ocho supermercados por lo menos. Germán se quejaba, pero en el fondo estaba encantado. Nos tenía a sus pies y encima le estábamos paseando por todo Madrid, cosa que supe que le apasionaba al ver su cara recostada en el reposacabezas del coche con los ojos cerrados mientras el aire le golpeaba el rostro y el sol le hacía brillar la calvorota. En otra época habría sido su melena, porque otra cosa no, pero era el que siempre pensamos que no acabaría calvo. Y circunstancias de la vida, fue el que antes acabó. Porque una cosa está clara, la vida nunca te da lo que tu esperas, siempre te sorprende. Para bien o para mal, te sorprende.

Cuando terminamos regresamos a casa, y entre dientes Germán refunfuñaba que quería ir a tomar una caña antes de volver al piso. Ana que siempre tenía soluciones para todo nos dejó en la esquina de casa y ella subió a preparar todo. Yo me pedí un tinto de verano y Germán un vaso de agua, decía que daba igual lo que bebiese él se imaginaba que era una caña fresquita y para dentro sin pensar en mucho más.

Me miró, y me dijo:

–       Creo que voy a necesitar algo más que tu compañía para conseguir volver a ese piso. Tal vez tus piernas no me vendrían mal, cabroncete.

–       Serás… pero dímelo joder. Sino yo no sé como se hacen estas cosas.

–       Si hubieras sido padre… tal vez lo sabrías. ¡Qué sólo te gusta picar!¡Picaflor! -me soltó la broma, pero notó que me hirió. Creo que como amigo y mosquetero pudo ver que el Martín de ahora valoraba cosas que no tenía y añoraba algunas que había perdido.

–       Bueno amigo, lo siento… nunca es tarde eh. -y nos fundimos en una carcajada que casi nos lleva al suelo.

Le agarré de los brazos con más firmeza y se puso en pié. Agarró su bastón de Marqués y caminamos despacito hasta el piso. Yo le subí al ascensor y decidí dar mi camino de castigo hasta el quinto piso a pasito firme. Mientras esperaba arriba se escuchaban los gritos por la escalera comunitaria. Hasta tal punto que hizo que finalmente Ana saliera a por él y le abriese la puerta. ¡Maldito impaciente¡ Siempre hacía lo mismo. Germán no sabía esperar. Por eso creo que quería morirse ya, el hecho de esperar le suponía un sufrimiento incluso superior al dolor que la propia enfermedad le infligía.

–       ¡Martín!… ven. –fue una orden sin duda alguna.

–       ¡Voy! –y me dispuse a caminar hacía el salón.

–       ¡Dame un abrazo! –me lo pidió con lágrimas en los ojos, y yo sentí que lo había estado deseando.

–       ¡Te estás volviendo muy tierno, no! –le puse un poco de chispa pero no había nada que achispar en esta ocasión.

–       Lo siento, siento mucho haber sabido de ella y no haberte contado nunca nada. No podía, ella fue, ha sido y es muy importante para nosotros. Pero lo siento de verdad. Y ahora que me muero, es cuando más lo siento, porque hay cosas que no te podré contar, y tampoco explicar. –me dejó con tantas dudas aquello y no supe que más decir.

–       No pasa nada, Mosquetero. A veces la vida nos pone con un pie en cada orilla, pero yo sé que tú saltarías un océano por mí. –le dije lo que pensaba y sonreí haciéndole ver que lo comprendía. Aunque en realidad no lo llegaba a entender del todo.

–       Martín… -su voz tenue se pinzó en mi pecho. Sabía que corría miedo en su llamada.

–       Dime Mosquetero –le respondí más temiendo que sabiendo.

–       ¡Me muero!… ¿lo sabes, verdad?. No quiero morirme Mosquetero, pero no se lo digas a nadie. No quiero dejar de ser un Mosquetero, dejar de ver a mi morena y a Rodrigo crecer. No quiero perderme cada fiesta con vosotros, cada celebración. No me dio tiempo a ir a Argentina, lo siento. –y se abrazó a mí, llorando. Tan fuerte que me clavó las yemas de los dedos en la espalda y sentí como su miedo se acopiaba al mío propio en forma de nube negra que nos estaba robando los segundos, las horas y los días de luz que nos quedaban por librar en aquella batalla.

–       ¡Oye!… ¡Ya!… –así no, hoy no. ¿vale? –le repliqué.

–       Vale.

Los dos nos entendimos al segundo. Hoy era un día especial, todos estaríamos juntos. Germán y Ana, Roberto y Amelia, Rodrigo, Lucía y yo. Amelia accedió a venir por verme y estar todos juntos al menos un día.

Y en ese lapsus de tiempo en el que yo pensaba mientras Ana ya había terminado de preparar todo y Roberto estaba a dos minutos de llegar. Liber volvió, no estaba allí, sino en mí. De nuevo. Mi cabeza pisó aquella playa y se imaginó sentado junto a ella en la arena, viendo al que pudo ser nuestro hijo corriendo por una arena virgen. Suave como pan rayado. Y sentí que en el transcurso de los años nunca antes, había deseado ser padre, ni marido. Pero hoy, en aquel piso de Madrid, entre aquellos amigos que a su manera eran felices. Yo quería ser padre y esposo sin serlo, y… ¿Cómo se puede ser esposo de un recuerdo y padre de un fantasma?

Me había vuelto tan viejo, tan llorón y tan humano que hasta las cosas corrientes que me parecían banales cuando era una chaval ahora me parecían maravillosas. Y los miraba a todos, sintiendo la deuda conmigo mismo. Con el Martín más teñido de plomo y piedra, con el que no amaba y no quería ser amado. A ese Martín le debo lo que hoy no tengo, lo que perdí y ya no conservo. Dicen que las personas valoramos lo perdido en la medida de aquello que conservamos. Lo que perdí no rozaba ni siquiera lo que conservo, por lo tanto. Perdí. Me perdí.

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Agamémnôn

Crepitas sobre el mundo, suavizando los bostezos del derrumbe.

El aire que se ancla en tu pecho, hace bombas nucleares enredadas entre versos.
Que derrapan por tus venas, bombeando hipérboles.

Sacan sudor al espanto, derrumbando a medianoche hojas en forma de llanto.
Hojas de un mundo amarillo, terco en el intento de subir del foso de tu rutina,
la ruina con la que nos muelen, el alma por una causa, la vida por unas leyes.

Todos orquestan su canto, nadie parece escucharlo, rugen tullidos sin descanso.
Graman migas de un pan, que ni da hambre ni quita sed.
Y terminan por sostener barricadas que hacen más fuertes.

El viento que mueve tu pelo, llora a destiempo su celo,
no halla consuelo en el muro que sin lamentos decae piedra a piedra,
palmo a palmo, así se va diluyendo.
Va rotando los intentos de seguir erguido y fuerte.

Y no sabe el mundo, que mayo vino con ellos y junio murió sin nosotros.
Sangran sudor y no ceden.

Hoy que lo llamamos progreso,
cabalgamos retroceso.

– CAPÍTULO III –

Fue curioso, a veces las cosas suceden, no más. Llegó una época de tregua, de paz interior y comencé a no pensar en Liber como hacía un año. Pensé que había pasado mucho tiempo desde nuestro encuentro casual en aquella cafetería, bueno más bien no fue un encuentro sino un ultraje de mí hacía ella, ya que la observé y ni siquiera hice el amago por abrir la puerta y acercarme a su mesa. Casi del mismo modo en que la observaba mientras dormía tras contarle algún cuento, cuando sólo éramos nuestros.

En aquellos días andábamos por Abril de 2011, fue un mes cálido, las temperaturas te animaban a pasear por el retiro para poder despejar la mente. Yo cerré por una temporada la librería que regentaba en la calle Azcona y decidí hacer eso que hacía mucho tiempo que había olvidado, el placer de viajar. Me dispuse rumbo al país dónde un día ella y yo planeamos que nos iríamos, aunque finalmente sólo fue ella y la acompañaron otros.

Me desperté ese mañana de 2011, hacía fresco, pero la temperatura era agradable, salí temprano, y compré un billete para Buenos Aires. Lo compré en una agencia porque ni siquiera quería tener la molestia de buscar en Internet, me daba exactamente igual el precio. Sólo quería salir de allí, escapar.

No sé porqué decidí pasar primero por allí, quería visitar la Patagonia, y sumergirme en ese lugar al que todos llaman el fin del mundo, donde el hielo y el mar se unen con la sutileza de dos almas opuestas pero entregadas a la misma causa.

Me olvidé de Liber, de todo lo que había aflorado en mi interior durante este año, dejé de salir a beber de bar en bar y disfruté de los paisajes. De las gentes tan típicas de Buenos Aires, tan españolas y tan italianas, tan diferentes a nosotros pero tan cercanas. Me gustaba Buenos Aires, quizás debería haber venido mucho antes.

Pasé diez días paseando por allí, me recorrí cada uno de los lugares secretos de aquella ciudad, cada bar, cada restaurante. Bebí mate y saboreé la piel canela de alguna que otra argentina joven que se dejó engañar por un viejo falto de amor y cariño. Tal vez me devolvieron un trozo de aquello que perdí, o de aquello que dejé perdido, tal vez abandonado, o quizás ni siquiera eso, solo confundido.

El tiempo en Buenos Aires fue maravilloso, respiraba paz, me sentía yo. De nuevo Ortega y Gasset vino a mi mente y me regaló un frase que un día yo usé con otros y con otras: No somos disparados a la existencia como una bala de fusil cuya trayectoria está absolutamente determinada. Es falso decir que lo que nos determina son las circunstancias. Al contrario, las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter.

Yo decidí culpar a mis circunstancias de mis errores, pero al final la última palabra estuvo en mí. Fue mi carácter el que cerró el camino de ella por mí o de yo por ella, nunca sabré como fue. Siempre pensé que fui yo quién cerró el camino, pero cuanto más pasan los días me doy cuenta de que ella lo cerró más tarde pero mejor que yo. En realidad, yo sólo me dediqué a pensar que estaba cerrado, que yo lo había decidido así. Y así debía ser porque fue mi decisión y las consecuencias fueron esas, o estas tal vez. No sé, en realidad eso ya no importa. El caso es que uno de los dos tardó más en cerrar la etapa, pero cuando la cerró, fue para siempre y en ese momento me di cuenta de que no fui yo precisamente quién tardo más, sino ella. Pero como todo lo que hacía, siempre lo hacía mejor que yo, la perfección era algo que ella rozaba con las yemas de los dedos y no llegaba a alcanzarla del todo pero se acercaba, ¡nunca conocí a nadie que se acercara tanto!, tampoco me molesté en conocer nunca a nadie como la conocí a ella, tal vez esa sea la clave de mi fracaso y de mi inspirada soledad.

Al final fue en Buenos Aires donde encontré la clave. Yo fui rápido pero ineficaz, ella fue realista, pausada y demasiado eficaz… tanto que se olvidó de mí dejando de gatear para comenzar a andar y no necesitar bastón al llegar a vieja. Yo que todavía no era anciano, me exteriorizaba con un bastón en la mano porque me faltaban las agallas para seguir caminando solo. Porque asumir la realidad era demasiado cruel para unas piernas que sin el empuje de ella no podían caminar. Se doblegaban al paso de los días y volvieron a sentirse firmes el día que la encontré allí, en aquella cafetería de Madrid, sin mí.

Durante este tiempo como todo lo que se va por obligación, acabó volviendo. Comencé a desnudarla varias veces por semana en mi memoria. La vi en aquellos años que dormía sin nada rozando mis sábanas con su pubis fértil, llegué a olerla. Cuando me atacaba la soledad, me aferraba a la almohada y apretaba mi rabia contra ésta hasta que sentía su olor devolverme el sosiego para volver a mi sueño en calma.

La devoré con mi pensamiento muchas de las noches en las que el tiempo pasaba de camino a algún lugar del mundo, le hacía el amor, le tapaba los ojos, le cerraba la boca y si le ponía empeño conseguía recodar el sabor de sus senos cuando mi boca se atrevía a desnudarla con nocturnidad y alevosía.

Nunca fui a aquel lugar al que planeamos ir juntos, al menos no físicamente, de forma introspectiva salté de año en año y de sitio en sitio al menos dos o tres veces por día. Pero por algún motivo, que hoy todavía desconozco decidí quedarme un mes más en Buenos Aires, para seguir disfrutando de sus gentes y del tiempo. Tiempo durante el que conocí a Malena, y le canté aquel famoso tango de Homero Manzi que otros muchos cantantes versionaron, otros muchos como Calamaro, aquel tango que la nombraba. Y me quedé haciendo el estúpido, porque otros muchos le habían hecho lo mismo.

Me acostaba con Malena cada noche en un hotel de la Calle Marcela de Alvear, no muy lejos del Teatro Coliseo, hablábamos, hacíamos el amor, fingíamos entendernos. Pero ella volvía cada mañana a despertarme. Me dormía con una y me despertaba con otra. Era como si intentase repetir los pasos que di un día cuando era joven y estúpido con una Malena con rasgos de Liber. Madura, tierna, madre, mujer, culta, inteligente y terca, como una mula pero finalmente dócil. Me daba miedo poderme enamorar y no volver a España jamás, pero cuando lo pensaba fríamente sabía que eso no pasaría, nadie puede enamorarse de un recuerdo, eso era mi amor por Malena, un recuerdo de Liber.

Hacía más de un mes que no abría mi librería y algo tendría que hacer con mi vida si decidía no volver a España. Pero ese no era el caso ahora, lo más imprescindible era conseguir acostarme y levantarme con la misma mujer cada día y dejar de ver en Malena, lo que un día perdí de ella, de Liber, de la mujer compañera que fue mi mejor yo.

La vida es un sinsentido, dejas de atropellarte a ti mismo para atropellar a otros y cuando te giras a mirar cómo quedó el cadáver te das cuenta de que están más vivos que tú.