Ira…

Ira,
de ti, de todo.
De sentir, de nada.
De caer, sin manos.
De andar, sin rumbo.
De vagar, sin norte.

Ira,
rabia descalza sin palabras,
furia internalizada sin expresión,
fuego de un montón de mentiras,
amor sin odio pero vacío.

Ira,
Invención humana para definir un corazón roto.
Tristeza transformada en fuerza para dar otro paso.
Rotura de la arteria que circula hueca de tu boca a la mía.
Dolencia cardiaca con cura localizada, antídoto en experimento.

Ira,
Sentimiento ubicado en el epicentro del huracán de la memoria.
Se nutre del recuerdo, crece con cada memoria en blanco y negro.
Apariencia de una lágrima disecada, puede convertirse en piedra.
Hielo que al ser tocado por otro corazón puede derretirse de inmediato.

Ira,
Ficción para ser fuerte cuando no se tiene la valentía suficiente.
Mentira indiferente marcando distancia donde hay milímetros.

Ira, significación de algún amor, sin números, sin letras, de estos amores de postales, de esos amores de portales, de esos que mueren a besos, de esos que sólo dejan excesos.

Y a la ira que me diste, le dejo el amor que yo le puse.

NOTA: Mi padre me dijo que el odio (yo lo llamo ira, me gusta más) había que transformarlo en algo, dejarlo dentro de uno mismo no sirve de nada. Creo que transformarlo en poesía es lo mejor que lo puedo hacer, pero él y mi madre, lo supieron hacer incluso mejor que yo, y lo transformaron en AMOR. Gracias por los sabios consejos.

IMG_9998

Anuncios

– CAPÍTULO X –

Bajo todo ese mal se encontraba ahora un niño que no supo ser hombre. Un niño al que todo le venía de golpe, a una edad en la que las magulladuras duelen y marcan el resto de los días que te quedan por vivir, o mal vivir simplemente.

Hacía tanto tiempo que ella no paseaba por mi olfato nocturno que había olvidado cuanto ansiaba rozarla con el perfil suave de mi dedo. Sólo para hacerla estremecer por unos segundos. Mi espíritu de conquistador había abortado la misión. Lo único importante ahora era él. Germán. Aquel que se disputaba cada segundo de su vida dividiéndolo dentro de su ser. Resguardándose del frío con un mendrugo de pan que bien podría ser mojado en agua, a nada le sabía al pobre. Había perdido el sentido del gusto, hablaba de lentejas como si estuviese comiendo caramelos y de dulces como si lo que mordisqueaba fuesen chorizos.

Pasaron los días. Roberto y yo nos organizábamos para ayudar a Ana sin que ella fuera consciente de que todo aquel circo había sido orquestado sólo para que ellos encontrasen un hueco de paz entre tanto ir y venir de médicos y tratamientos.

Ese día Roberto y yo decidimos que yo iría primero a casa de Ana y Germán y él vendría después por la tarde. De esa forma él podría ir a recoger a Lucía para pasar la tarde todos juntos charloteando mientras disfrutábamos de algún manjar exquisito que Ana seguro ya tenía preparado. Ese día fue el principio de todo lo que empieza a cambiar el rumbo sin que te des cuenta. Sin ni siquiera apreciarlo.

Subí las escaleras hasta el quinto piso donde me estaba esperando Ana con un desayuno al más puro estilo español. Lo más español que se puede esperar. Había tostadas recién hechas, café, zumo de naranja, jamón ibérico, tomate rayado y ese aceite que al verterlo sobre la tostada parece oro líquido. En ese momento, justo cuando disfrutaba de aquel desayuno su cabello marcó el paso y se meció suave sobre mi pensamiento. Esa melena rubia de cuando éramos jóvenes volvió de nuevo, como un suspiro que se mece entre los visillos de una ventana de verano abierta. Como un nada que te encoge el estómago y te destroza las ganas de saborear tu manjar. Esa mañana Liber volvió a estar entre nosotros, lo hice sin querer. Ella siempre lo hacía así y al final parecía yo el culpable de traerla y no ella la ladrona que andaba colándose por mis grietas a cada dos por tres. Se me perdió la vista por unos segundos, y mi tostada casi cae en la ruina sino llega a ser por Ana. ¡Ay Ana, siempre en todo!

–       ¡Martín!… –exclamó llamando mi atención.

–       ¿Eh? –no sabía por dónde venía el huracán en esta ocasión.

–       Si sigues poniendo aceite en tu tostada acabarás por desayunar aceite con pan, por mí está bien, el aceite nos sale gratis. Ya sabes que a Germán todo el mundo le envía regalos de todos sitios.

–       ¡Joder, qué desastre soy! Lo siento Ana. Se me ha ido el santo al cielo. –le dije por decir algo, porque ni el santo al cielo, ni el mochuelo a su olivo. Lo que se me iba era el tiempo cuando ella llegaba a arrebatarme los segundos y convertirlos en horas.

–       No pasa nada, ¿En qué andas ahora? ¿Estás preocupado?. ¡Cuéntale a la morena que te ronda esa cabecita! –sonrió como cuando teníamos treinta y yo le contaba mis penas.

Lo curioso es que eran exactamente iguales por aquel entonces. Me quedé pensando un segundo, que habían pasado los años y yo seguía repitiendo cada pasito pequeño y ahora volvía a la vida que Ana tantas veces había escuchado.

–       Nada, estaba pensando en el Libre-café, en Mateo, en Daniela,… Espero que no tengan muchos problemas, de todas formas ellos tienen mi teléfono si tuviesen problemas me llamarían seguro. –me libré de contar la verdad con otra verdad.

–       ¿Sí?, ¿Seguro que sólo es eso? –se reiteró esa morena de ojos verdes que parecía bruja en ocasiones. Cuando te miraba sentías que estaba viendo a través de tus ojos y se estaba filtrando por tus pensamientos.

–       Sí, sí… sólo eso. ¿Qué quieres que hagamos hoy? –le propuse cambiando el tercio de la conversación.

–       Pues… no sé. –y seguimos desayunando.

Ninguno de los dos hablaba, pero ambos éramos conscientes de que había algo más en aquel silencio consentido. Es lo que tiene la confianza, hace que puedas estar en silencio con otra persona durante horas y no sea incómodo. Ana terminó su desayuno y yo estaba leyendo el periódico en aquel traste que Rodrigo me había dejado, el maravilloso mundo de Apple, un ipad de última generación que sus abuelos le habían regalado. Ella se levantó y se fue a dar una ducha. Entre tanto me puse a ver algunas postales que tenían colgadas en la nevera, a cotillear por decirlo claramente. Postales típicas, de sitios típicos con típicos imanes de todos esos lugares que la gente visita y se acuerda de ti para hacerte cómplice y fulminar el blanco de tu nevera. Entre ellas había una que nunca había visto. Era una foto, no era una postal, de una casa y al fondo se veía el mar. Un mar precioso, era un paisaje increíble. Justo en ese momento pensé que me gustaría ir allí y bañarme en aquellas aguas. En mi ensimismamiento Ana volvió a la cocina y de un respingo me espabiló.

–       Es bonito ese sitio, ¿verdad? –preguntó sin dar más opción que una respuesta afirmativa.

–       Sí, eso justo estaba pensando.

–       Pues si das la vuelta a la fotografía sabrás donde tienes que ir a bañarte y a dormir si quieres pisar esa arena. –me respondió, pero me pareció un reto más que una respuesta. Me dio miedo darle la vuelta a la foto, pero lo hice despacito.

–       ¿Es ella?… ¿Lo es? –la atraqué con mis preguntas.

–       Sí, es ella.

–       No tenía ni idea de que teníais contacto con ella, y mucho menos de que sabíais donde vivía y lo qué hacía. –me sentí herido por mis amigos. Nunca pensé que me ocultarían algo así.

–       Siempre hemos tenido contacto con ella Martín, pero nunca te lo contamos porque ella así nos lo pidió. Y entiende que ella era mi amiga tanto como tú, tal vez más incluso que tú porque yo en ella confié mucho. Viví muchas cosas con ella que me hubiese tocado vivir con otras amigas que me demostraron que no estuvieron. Y a día de hoy sigue estando en mi vida, hace poco estuvo de visita en casa. Vino a ver cómo estaba Germán y cómo iba el tratamiento. Incluso nos puso en contacto con un amigo suyo que está haciendo experimentos con marihuana terapéutica.

No sabía que decir. Me acababa de quedar sin palabras. Supongo que ellos intentaron seguir la línea del medio y no entrar en aquella ruptura. Quise pensar que Liber fue tan importante en mi vida y para mis amigos que al final todos, de una forma o de otra, la intentamos conservar con nosotros.

Al darle la vuelta a la postal sólo vi una dirección de Brasil, identifiqué el sitio, Joao Pessoa. Y creo que fue allí porque mientras estábamos en la facultad conocimos a una amiga y ella le ayudaría con todo lo necesario para crear aquel albergue, hotel o lo que fuera de sus sueños. Releí aquella foto por detrás unas doscientas veces, memoricé cada frase que ella les decía:

“Hola amiga, la vida en Joao es maravillosa. Tranquila y apacible. La gente es estupenda, nada parece preocuparles. Me encanta vivir aquí y pasearme por estos lugares. Al principio cuando llegué me costó instalarme, ya sabes, la sorpresa, el calor, asumir un poco todo… pero después de que Fede llegase todo fue mucho más fácil y la verdad tener a una gran persona a tu lado ayuda mucho. Han pasado casi tres años, parece que fue ayer cuando empezamos a estar juntos. Me ayudó tanto a preparar todo que me parece mentira que ahora estemos aquí, los tres juntos. Estamos todos genial, en la próxima te enviaré foto de nosotros. Un beso enorme, os quiere: LIBER.”

Y se despidió… así sin más. Cuando nos separamos ella se fue, y yo me quedé. Creo que todavía sigo en ese momento. Volví a dejar la foto en el mismo sitio del que la despegué. Me giré sobre mis pies y le dije a Ana:

–       Bueno… ¿nos ponemos en marcha? –necesitaba salir de aquella cocina y borrar la imagen y aquellas frases de mi memoria. Liber, Liber, Liber, os quiere… se me repetían en la mente, como un latigazo del pasado.

–       Sí, venga vamos a ir a comprar todo lo que necesitamos para preparar el almuerzo. Dile a Germán que si se atreve a acompañarnos, ¿o tal vez os gustaría ir a vosotros solos? –me sugirió.

–       No sé, espera que le pregunto. Aunque yo prefiero que nos acompañes.

Caminé por el pasillo hasta la habitación de ellos, y golpeé dos veces la puerta para recibir aprobación. No hizo falta llegar al segundo toque porque ya estaba Germán a voces haciéndome pasar.

–       Pasa joder, ni que estuvieras en casa de mis suegros. –siempre igual, no cambiaría jamás.

–       ¿Qué pasa?¿Qué tal has dormido? –le pregunté.

–       Cómo los benditos, estas drogas son la ostia. Si llego a saber que me iban a dejar drogarme a esta edad me hago viejo antes… -y una carcajada llamó la atención de Ana.

–       ¿Vais a terminar hoy o mañana?¿Me voy sin vosotros? –nos retó en un tono bastante serio.

–       No, no… espéranos. Que ya estamos. –le dije.

–       ¡Joder morena, que carácter te gastas eh!. Ya vamos, sin prisa pero sin pausa. –Germán siempre sabía como sacarle una sonrisa a su morena del alma.

–       Venga anda, no me liéis, ¡liantes!

Salimos del piso. Germán ayudado por un bastón que Roberto le había regalado herencia de su abuelo, parecía un Marqués rodeado por sus sirvientes y bromeaba todo el tiempo con eso. La verdad es que siempre que él llegaba se me olvidaba todo lo anterior, tal vez porque tenía ese poder de hacerte desconectar del mundo por completo. Se me olvidaba hasta que estaba enfermo y que tal vez pronto sólo recordaría sus bromas. No podría oírlas de viva voz.

Recorrimos ocho supermercados por lo menos. Germán se quejaba, pero en el fondo estaba encantado. Nos tenía a sus pies y encima le estábamos paseando por todo Madrid, cosa que supe que le apasionaba al ver su cara recostada en el reposacabezas del coche con los ojos cerrados mientras el aire le golpeaba el rostro y el sol le hacía brillar la calvorota. En otra época habría sido su melena, porque otra cosa no, pero era el que siempre pensamos que no acabaría calvo. Y circunstancias de la vida, fue el que antes acabó. Porque una cosa está clara, la vida nunca te da lo que tu esperas, siempre te sorprende. Para bien o para mal, te sorprende.

Cuando terminamos regresamos a casa, y entre dientes Germán refunfuñaba que quería ir a tomar una caña antes de volver al piso. Ana que siempre tenía soluciones para todo nos dejó en la esquina de casa y ella subió a preparar todo. Yo me pedí un tinto de verano y Germán un vaso de agua, decía que daba igual lo que bebiese él se imaginaba que era una caña fresquita y para dentro sin pensar en mucho más.

Me miró, y me dijo:

–       Creo que voy a necesitar algo más que tu compañía para conseguir volver a ese piso. Tal vez tus piernas no me vendrían mal, cabroncete.

–       Serás… pero dímelo joder. Sino yo no sé como se hacen estas cosas.

–       Si hubieras sido padre… tal vez lo sabrías. ¡Qué sólo te gusta picar!¡Picaflor! -me soltó la broma, pero notó que me hirió. Creo que como amigo y mosquetero pudo ver que el Martín de ahora valoraba cosas que no tenía y añoraba algunas que había perdido.

–       Bueno amigo, lo siento… nunca es tarde eh. -y nos fundimos en una carcajada que casi nos lleva al suelo.

Le agarré de los brazos con más firmeza y se puso en pié. Agarró su bastón de Marqués y caminamos despacito hasta el piso. Yo le subí al ascensor y decidí dar mi camino de castigo hasta el quinto piso a pasito firme. Mientras esperaba arriba se escuchaban los gritos por la escalera comunitaria. Hasta tal punto que hizo que finalmente Ana saliera a por él y le abriese la puerta. ¡Maldito impaciente¡ Siempre hacía lo mismo. Germán no sabía esperar. Por eso creo que quería morirse ya, el hecho de esperar le suponía un sufrimiento incluso superior al dolor que la propia enfermedad le infligía.

–       ¡Martín!… ven. –fue una orden sin duda alguna.

–       ¡Voy! –y me dispuse a caminar hacía el salón.

–       ¡Dame un abrazo! –me lo pidió con lágrimas en los ojos, y yo sentí que lo había estado deseando.

–       ¡Te estás volviendo muy tierno, no! –le puse un poco de chispa pero no había nada que achispar en esta ocasión.

–       Lo siento, siento mucho haber sabido de ella y no haberte contado nunca nada. No podía, ella fue, ha sido y es muy importante para nosotros. Pero lo siento de verdad. Y ahora que me muero, es cuando más lo siento, porque hay cosas que no te podré contar, y tampoco explicar. –me dejó con tantas dudas aquello y no supe que más decir.

–       No pasa nada, Mosquetero. A veces la vida nos pone con un pie en cada orilla, pero yo sé que tú saltarías un océano por mí. –le dije lo que pensaba y sonreí haciéndole ver que lo comprendía. Aunque en realidad no lo llegaba a entender del todo.

–       Martín… -su voz tenue se pinzó en mi pecho. Sabía que corría miedo en su llamada.

–       Dime Mosquetero –le respondí más temiendo que sabiendo.

–       ¡Me muero!… ¿lo sabes, verdad?. No quiero morirme Mosquetero, pero no se lo digas a nadie. No quiero dejar de ser un Mosquetero, dejar de ver a mi morena y a Rodrigo crecer. No quiero perderme cada fiesta con vosotros, cada celebración. No me dio tiempo a ir a Argentina, lo siento. –y se abrazó a mí, llorando. Tan fuerte que me clavó las yemas de los dedos en la espalda y sentí como su miedo se acopiaba al mío propio en forma de nube negra que nos estaba robando los segundos, las horas y los días de luz que nos quedaban por librar en aquella batalla.

–       ¡Oye!… ¡Ya!… –así no, hoy no. ¿vale? –le repliqué.

–       Vale.

Los dos nos entendimos al segundo. Hoy era un día especial, todos estaríamos juntos. Germán y Ana, Roberto y Amelia, Rodrigo, Lucía y yo. Amelia accedió a venir por verme y estar todos juntos al menos un día.

Y en ese lapsus de tiempo en el que yo pensaba mientras Ana ya había terminado de preparar todo y Roberto estaba a dos minutos de llegar. Liber volvió, no estaba allí, sino en mí. De nuevo. Mi cabeza pisó aquella playa y se imaginó sentado junto a ella en la arena, viendo al que pudo ser nuestro hijo corriendo por una arena virgen. Suave como pan rayado. Y sentí que en el transcurso de los años nunca antes, había deseado ser padre, ni marido. Pero hoy, en aquel piso de Madrid, entre aquellos amigos que a su manera eran felices. Yo quería ser padre y esposo sin serlo, y… ¿Cómo se puede ser esposo de un recuerdo y padre de un fantasma?

Me había vuelto tan viejo, tan llorón y tan humano que hasta las cosas corrientes que me parecían banales cuando era una chaval ahora me parecían maravillosas. Y los miraba a todos, sintiendo la deuda conmigo mismo. Con el Martín más teñido de plomo y piedra, con el que no amaba y no quería ser amado. A ese Martín le debo lo que hoy no tengo, lo que perdí y ya no conservo. Dicen que las personas valoramos lo perdido en la medida de aquello que conservamos. Lo que perdí no rozaba ni siquiera lo que conservo, por lo tanto. Perdí. Me perdí.

Los ojos de mi madre…

Hasta que vi con los míos propios, los ojos de mi madre eran las burbujas que rodeaban mi mundo. Los círculos con los que yo seleccionaba las letras, los espejos con los que yo quería mirar el futuro.

Son el alma que a mi me falta.

Los ojos de mi madre son las dos cuencas más fértiles del mundo, y me ve y crece. Sus ojos al mirarme la enorgullecen, pero aún no lo sabe. Los ojos de mi madre son los ojos más bonitos de este mundo.

 

Mi teléfono sonaba mil veces al cabo del día, siempre la misma melodía. Debía ser incluso obsesión que alguien llamara tantas veces al mismo portón, el de mi mundo cerrado. Y no terminaba de entenderlo, hasta que descolgaba y escuchaba su voz.

–       Diga…
–       ¿Qué pasa hija?
–       ¡Mamá!…¿Qué quieres… otra vez?
–       Hija… no seas así, me preocupo por ti. Soy tu madre.

Yo no entendía aquellas palabras, claro que tampoco había sido madre nunca. Puede que ni siquiera lo fuera. El caso es que todos los días eran iguales para ella. Llamaba, preguntaba y colgaba. Pero era mi madre, la mía, la de nadie más. Ese diálogo repetitivo, casi fulminante a mis sentidos. Aburrido hasta el exceso de hacerme perder los nervios. Se me hacía eterno, monótono y pegadizo. Y me cansaba de escucharla y de escucharme a mí repitiendo lo mismo.

Volvió a llamarme aquel día hasta tres veces, para recordarme que era el día del padre. Y que habíamos quedado para comer todos juntos en casa de la abuela de Maite, una amiga de la familia que hacía las veces de todo, una loca que afanaba a mi madre al mundo más divertido y alucinante. A un mundo sin sentido, pero con demasiado para ellos.

–       Diga…
–       ¿Qué pasa hija? ¿Qué haces? No olvides eso que te dije, la cena.
–       No, mamá, no lo olvidaré. No me repitas las cosas doscientas veces. Sé perfectamente que tenemos cena.
–       Bueno, yo sólo te llamo para decírtelo, por si se te olvida. Que tenemos muchas ganas de verte. Ay hija, ¡Qué talento tienes!
–       Ay mamá, ¿de qué me sirve tanto talento si no puedo vivir de él?
–       Vivirás, vivirás… te servirá de algo, ya lo verás.

Porque yo no lo sabía, no podía percibir la fe ciega que mi madre albergaba en ella pensando que su hija era un regalo magnánimo del cielo. Y es que los ojos de mi madre conseguían que incluso tú te vieras especial. Era el poder de los ojos de mi madre. Su poder.

Ayer sonó el teléfono, tres veces, y no respondí… Ya no es ella la que me llama, es una desconocida que trata de encontrar su identidad y me pregunta siempre:

–       ¿Quién eres? ¿Daniela?
–       Sí, mamá soy tu hija.
–       ¿Mi hija? ¿Qué hija?
–       Tu hija Daniela.
–       Usted es una anarquista de esas locas.

Y yo colgaba el teléfono temblando, no insistía más. Mi insistencia no la haría dejar de verme como una anarquista, loca y triste. Que intentaba hacerle recordar a su madre que hoy era su cumpleaños y que sólo quería felicitarle sus 68 años, sus 68 primaveras, sus 68 vidas a mi lado y que no olvidase que hoy teníamos cena en casa de mi hermana, para festejar que todavía seguíamos juntos.

Los años me habían dado la paciencia de la que carecía cuando era muy joven, y al girar la vista atrás la veía a ella tratando de hacerme caminar, siempre con sus ojos. Y decirme: ¡Ven aquí mi niña, aquí… mírame, a mí, venga, un pasito más! Porque los ojos de mi madre, eran grandes, casi tanto como ella y nos habían enseñado a nadar, a caminar, a surcar los mares, a morir de amor, a leer entre líneas, a decir te quiero, a saber callar… Los ojos de mi madre eran sabios, en todo. Y ahora sólo eran unos ojos asustadizos, huidizos y derrotados por el paso del tiempo, por la condena más grande, olvidar tu pasado. ¡Qué paradoja! Mi madre siempre me decía con sus ojos que había que fijar la vista en el presente, y dejar atrás el pasado. Y mira ahora, ella no podía vivir su presente porque había olvidado su pasado, tampoco viviría su futuro porque ni siquiera sabía que existía algo que se llamaba futuro.

Era un aguijón clavándose en mi pecho. Mis palabras devolviéndome la irrespetuosidad con la que yo la traté. Ahora era yo la que le quería recordar a ella que era yo su hija, que tenía una cena, y que cómo no me iba a preocupar por ella, era mi madre. La mía. Es que madre sólo hay una, ¿Lo sabéis?… Yo creo que nadie lo sabe hasta que la pierde. Y entonces te maldices por muchas cosas que no hiciste bien y otras muchas que no quisiste hacer. ¡Qué tonta!

El teléfono sonó dos veces, y descolgué. Quería escucharla, sólo eso. Aunque no supiera quién era yo, aunque no recordase que fueron sus ojos los que me hicieron grande.

–       Diga…
–       ¿Hola?
–       Hola mamá.
–       Hola hija, ¡Cuánto tiempo!
–       Es verdad, mamá. Hace mucho que no te escuchaba.
–       Pues escúchame bien, por si algún día no puedes hacerlo. Tienes que seguir, seguir escribiendo, es precioso eso que haces. Ese don, es tuyo, no es mío, no es de nadie. Sólo tuyo. Creció en ti con mi semilla y tú has sido quien lo ha sabido regar con su paciencia. Consérvalo siempre.
–       Vale mamá, lo intentaré… pero es que…
–       Te veo luego en casa de tu hermana. Y no digas más pero es que… Lucha!
–       Vale mamá. ¿Mamá?
–       ¿Qué?
–       Te quiero.
–       Y yo a ti Daniela, y yo a ti.
–       Hasta luego.
–       ¿Daniela?
–       ¿Si?
–       Nunca dejes de escribir, aunque yo no lo recuerde.
–       No lo haré, jamás.
–       Escríbeme de vez en cuando. Y recuérdame que has escrito algo nuevo. Me gusta leerte.
–       Gracias Mamá. Te lo recordaré siempre que pueda.

Al colgar el teléfono, sentí como las gotas violaban cada parte de mi cuerpo surcando ríos desbordándose hasta mis pies. A veces, los sueños son tan reales, que no sabes si existen o existirán. ¡Qué pena! Que los sueños sólo sean eso, sueños… Cuando pasaron los minutos, me vestí para ir a aquella cena en casa de mi hermana. Y sentí una pena inmensa, pena porque ojalá no hubiera tenido ese sueño, y tristeza porque los ojos de mi madre no recordarían todas las cosas grandes que habían hecho. Sus dos círculos se habían cuadrado con el paso de los años, se había quedado hechos cubitos en un cerebro olvidado.

Hoy éramos nosotras las que cuidábamos de ella, y de él. Los dos seguían sentados al unísono en la mesa, pero ninguno hablaba de nada, mi padre se resignaba y ella se hacía la muda. Llegué a las 21:00 a casa de mi hermana. Los ojos de mi madre fueron los primeros en avistarme…

–       Hola hija.
–       Hola mamá.
–       Qué guapa estás.
–       Y tú.

Y hablamos, y hablamos… hasta que no hubo nada más que decir. Fue una noche de reencuentros, bueno unos segundos de capacidad vital para interactuar con sus hijas. Dos días más tarde los ojos de mi madre se cerraron, tranquilos, en paz y llevándose con ella todo lo que sus ojos anteriores vieron y vivieron. Mi padre se hizo fuerte dentro de su pena, y empezó a guiarnos él con los suyos, mucho más bonitos que los de mi madre pero cargados de pena y tristeza, aguantaban la compostura como podían, ¡pobre!, pero allí estábamos nosotras, sólo para él. El tiempo nos dio una tregua a todos, y crecimos juntos guiados tal vez por los ojos de mi madre que siguió haciendo de madre y de esposa.
Se quedó grabada en mí, en mi sonrisa y en cada letra que tecleo en este ordenador que ella y mi padre me regalaron para que diese rienda suelta a mi don y lo propagase por el mundo. A ella y a sus ojos les debo mi amor. A él y a sus ojos les debo mi dedicación ahora. Y a los dos les debo la paciencia infinita que yo tengo con mis hijos: Pablo, Hugo y Lola. La misma que ellos me pierden a mí cuando no entiendo como funciona el ipad.