SERES DE TODOS LOS SERES QUE NOS POBLARON

Hemos escrito en las paredes los nombres de todos aquellos que fueron tierra en nuestras raíces, a base de mirar otros ojos hemos conseguido ver amor en los nuestros. Somos amor de tantos, que cuesta ser uno amando.

Las mariposas vuelan atrapadas en la alambrada de alguna frontera entre la razón y el miedo, han olvidado en algún nido al hombre que habitaba el palpitar que rugía libre en mi pecho.

Tu fuego, quemaba.
Mi hoguera, ardía.
No pudieron entenderse, y nos dejaron las cenizas.

 

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El tiempo

El tiempo es el peligro de no llegar,
la manera absurda de no poder ser,
la sensación obtusa de conmover,
el preciso calendario sin días, sin cruces.

El tiempo es el miedo a no superar,
la aguja que hunde su hilo en un roto del pasado,
el hilo que se rompe sin resistencia,
la melancolía que recoge el agua que nos sobra,
el agua que no mueve el reloj que nos separa.

El tiempo es un tarro sin reservas,
la hucha donde enterramos los miedos,
el miedo donde encadenamos al valor,
el valor donde quisimos ser cobardes.

El tiempo, ese mecanismo sin cuerda,
ese reloj sin arena,
ese montón de mentiras.

El tiempo -tic, tac-.

– CAPÍTULO IV –

Cómo os explico que me acabé quedando en Buenos Aires. Volví a España, vendí la librería y con lo que me dio, alquilé un pequeño local. Justo encima tenía un piso comunicado con éste, era un barrio del centro. De esos barrios en los que vas a por el pan dos días y ya formas parte de ellos, donde la pescadera te conoce y el de la leche te deja la cuenta apuntada.

El caso es que el tiempo pasaba más rápido que nunca, y Malena se hacía fuerte en mí. Se apoderaba cada día de un trocito de mi vida, hasta que un día me di cuenta de que también se había apoderado de un trocito de mi baño, de un trocito de mi armario, de un hueco de mi cocina, de un mueble de mi salón, y de tres de los cuatro pinchos que formaban mi perchero… Así fue como ella se coló en mi vida para no irse, al menos no de momento.

El piso tenía una terracita, lo justo para disfrutar de tardes de lectura con buen vino hasta que caía la noche y te pelaba el cuerpo.

Todos los días eran iguales a los futuros, y diferentes a los anteriores. Me levantaba, bajaba al local. En el que decidí abrir una Librería-café, donde la gente podía pasar horas y horas leyendo y bebiendo mate, café o vino. Eso no importaba mucho. El negocio iba muy bien, fue algo innovador en aquel tiempo en un Buenos Aires que todavía andaba resabiada por el pasado. Yo alquilaba los libros por horas y regalaba un pincho con cada bebida. Al principio sólo tenía una estantería con algunos libros pero después la gente empezó a hacerme pedidos y hasta llegué a tenerlos que traer desde España. Me iba muy bien, no me podía quejar. Lo había dejado todo por avanzar y creo que lo estaba consiguiendo. Me sentía feliz, amado, tranquilo y aunque algunos días ella volvía a mi memoria, esos días eran los que menos o sólo por unos segundos. Enseguida conseguía distraerme con algo, no más interesante, pero si despertaba curiosidad en mí.

La librería crecía por días. Las mañanas eran mías, las tardes se las dejaba a Mateo, un chico de diecinueve años. Amante de la literatura y estudiante de arqueología. Era inquieto, guapete y bastante zalamero. Por lo que a mi negocio le venía bastante bien, ya que atraía a gran cantidad de jovencitas intelectuales, a veces demasiado presuntuosas pero bien situadas. Chicas que estaban dispuestas a vaciar su cartera por tal de que Mateo les pusiera un café con una sonrisa. Pero él no era ese tipo de chicos de su edad. No quería enamorarse, no quería amar, se pasaba el día devorando libros y escribiendo en libretas medio rotas de tamaño reducido. Me recordaba tanto a mí cuando tenía su edad. Hasta me daba miedo observarlo durante mucho tiempo, pero me gustaba conversar con él.

Cuando cerraba la Librería-Café a la que le puse de nombre “Minúscula”, por la sencilla razón de que al llegar a Buenos Aires yo me sentía minúsculo, muy pequeñito. Pero poco a poco fui creyéndome mayúsculo, a veces me lo creía demasiado y sinceramente nunca lo llegué a ser.
La bauticé con un nombre femenino porque siempre he pensado que no hay nada más bello que todo lo que rodea a la feminidad. Y si a mí me atraía, también atraería a más lectores sedientos. Bueno, el caso es que cada tarde al cerrar, Mateo subía hasta el piso y se sentaba conmigo a charlar durante horas. Había días que salía de casa de madrugada, era peculiar, ver como un chico de diecinueve años conseguía distraerme tantas horas y hasta enseñarme cosas. Los dos aprendíamos de ambos, y crecíamos un poco cada noche, yo más que él.

Y hubo momentos en los que me hacía plantearme, que podría haber sido mi hijo, y que yo podría haber sido un padre conversador, afable y cercano. Pero en eso no quería pensar mucho porque esa pena que rodeaba mi centro era exactamente igual a la que me rodeaba cuando pensaba en… mejor guardaré silencio.

Malena tenía un defecto, bueno bastantes, no leía y no le gustaba la compañía que Mateo me daba. Era muy culta, pero no leía. Era muy madre pero no conectaba con Mateo, era muy inteligente pero no se adentraba en mí hasta el fondo. Yo no llegaba a entenderlo, ¿Cómo alguien podía ser culto sin leer ni un solo libro?, eso era un misterio para mí, yo que siempre me había enamorado de las mentes por lo que eran. Cuando llegué a viejo ni siquiera para eso servía. No era capaz de distinguir entre una mente interesante y una corriente, no estoy diciendo que Malena fuese corriente, para nada. Pero sí que le faltaba algo, la necesidad de ser más consistente tal vez. ¿Cómo podía querer ser madre y no ver en Mateo al que podía ser su hijo?, es que era casi tormentoso pensar todo esto al mismo tiempo. Puede que esa frialdad que ella tenía me gustase porque me recordaba a mi yo de antes, pero no era lo que mi yo de ahora esperaba conservar para siempre. Aunque bueno, me acomodé a ella, a sus tiempos, a sus palabras, a sus caricias y me perdí en la rutina de los años. Cuando uno llega a viejo valora la compañía femenina, sobre todo la calidad de esas personas que se hacían cercanas a uno, eso se valoraba por encima de todo. Y aunque ella no tenía la calidad superior y exacta de otras o de otra, era todo lo que yo necesitaba para sentirme bien y en paz. Por eso me bastaba con ella en ese momento de mi vida.

Quiero recordar la noche en la que Mateo y yo conversamos sobre mujeres. Voy a intentar recordar las palabras exactas porque ese chico me dio la clave de muchas cosas que yo no fui capaz de ver con su edad. Aunque creo que las vi, pero al verlas me dio miedo, y salí huyendo de aquella ventisca que yo dejé de controlar por un instante. Sin embargo, él no. Mateo permaneció firme y ni siquiera pestañeó.

No sé como surgió el tema, o sí. Creo que sí, fue porque nos habíamos bebido una botella de un vino exquisito y muy económico que yo traía de España, de una zona del Sur. Bueno quizás recuerde el nombre más adelante, ahora no preciso adivinarlo tampoco. Y él me preguntó:

–       Martín, ¿Cómo puede un español afincado en Buenos Aires desde hace dos años seguir tomando un vino Español y no haber encontrado uno argentino de su agrado?…

–       ¡Mateo! –le dije con voz profunda, haciéndome el interesante. A veces uno no encuentra en los sitios a los que llega por casualidad todo lo que busca, y al mirar atrás se da cuenta de que quedaron cosas que no se pueden comprar aquí, cosas que aunque se trasladen aquí, no pertenecen a este lugar, pero te hacen sentir en casa. Es el caso de este vino, que un buen amigo mío me envía cada mes en cajas para disfrute personal.

–       Bueno, tal vez lleve usted razón, pero… seguro que aunque no sea el mismo vino, puede encontrar uno que lo sustituya…

–       ¡No! te equivocas –le espeté con una seguridad aplastante-. Hay cosas que no son sustituibles, ¡créeme, nada es sustituible en esta vida! –y recordé que eso era aplicable a todos los ámbitos de la vida. Fue entonces cuando continué mi monólogo y realicé un periplo interminable de palabras que Mateo escuchaba atento con los ojos bien abiertos y el ceño fruncido, orquestando una respuesta lo suficientemente buena para desbancar mi afirmación. –Verás Mateo –comencé mi verdad más densa-. Pensamos que todo se puede sustituir pero nos centramos en sustituirlo y olvidar lo anterior, por lo tanto no sustituimos, sólo nos adaptamos a lo nuevo y aprendemos a vivir con ello, no significa que no echemos de menos lo de antes. Sólo que nos resignamos y cedemos en el intento de querer ser superiores. Eso nos ayuda a sobrellevar los errores, las perdidas y otras muchas cosas. A pensar que si alguna vez lo sustituimos fue porque pensamos que lo que vendría detrás sería mejor, aunque no lo fuese, nos auto-convencemos de ello para no morir asfixiados por la culpa que eso genera en nosotros. No todo se puede sustituir, de hecho nada se puede sustituir, no lo olvides… ¡nunca! Nada ni nadie remplaza a nada ni a nadie, sólo ocupa un lugar diferente.

Fue entonces cuando me quedé esperando una respuesta contraria a la afirmación que yo había hecho. Sabía lo terco que era Mateo y lo aferrado que estaba a sus convicciones. Pero no, no fue así. Él sólo giró su copa de vino 180º, la observó, la miró al trasluz e hizo una mueca con su boca para decirme:

–       Lleva usted toda la razón, Señor Martín –me dejó boquiabierto con su respuesta-. Hay cosas que no se pueden sustituir, y ¿sabe qué pienso? Que la mayor de esas cosas son dos, las costumbres y las mujeres. Esas dos malditas femeninas no hay quién las sustituya, ni quién se libre de ellas. Por muy firme que ande uno pensando que no se va a enamorar, que no va a llegar quién le levante el estómago y le quite el apetito, al final llega. Y con las costumbres pues es lo mismo, si uno pisa con el pie izquierdo más fuerte que con el derecho, al final aunque intente cambiarlo. El pie derecho se sentirá dolorido y acabará volviendo al izquierdo. Es lo que tienen las costumbres Señor Martín, que no nos dejan vivir, como las mujeres.

Yo juro que quedé ojiplático al escuchar aquel recital de la más exquisita sensatez. Pero lo que más asombrado me dejó fue la forma en la que ese chico de diecinueve años me acababa de dar una lección, pero una importante. Una de esas lecciones que no se borran de la memoria y que antes de morir uno es capaz de recordar y sellar en su tumba.

Cerré los ojos manteniéndome en silencio, pudieron pasar veinte minutos hasta que Mateo rompió esa tranquilidad y me dijo:

–       Señor Martín, espero que no le moleste, pero me voy a tener que ir. Tengo que resolver algunos asuntos.

–       ¿Femeninos o de costumbres? –ironicé como lo hacen los viejos cuando intentan bromear con los jóvenes.

–       Bueno, de diversa índole… dejémoslo en eso.-y su risa fue más una afirmación que cualquier sí rotundo.

–       Pues entonces, estás disculpado. Lárgate de aquí y no hagas esperar ni a tus costumbres ni a tus féminas, y si son buenas, mucho menos. ¡Y deja de    llamarme de Usted cuando estemos fuera de la Librería! –Le grité desde la terraza.

–       Hasta mañana… ¡Gracias por el vino, y por la charla! –se detuvo a gritarme antes de cerrar la puerta del que se suponía era mi refugio aparente, aunque de la manera más inconsciente lo dejó de ser el día que Malena entró con un cepillo de dientes. –Lo intentaré Martín…-y el golpe de la puerta me dio el silencio justo.

Cerré los ojos dejándome llevar por mi pensamiento que se encontraba paralizado, teñido de blanco. Pensé y pensé en nada durante un largo tiempo. Escuchaba el silencio de la media noche, los coches pasar por la avenida, algún que otro vecino con la tele más alta de lo normal. Pero no escuchaba mis pensamientos, se habían muerto, ¿y si se habían enmudecido?. ¡Que miedo me dio!, pensé que me estaba quedando mudo, porque cuando uno deja de poder pensar es como si le cortasen la lengua al fin y al cabo, pierdes el sonido de un órgano vital. Y juro que temblé de miedo sólo de pensarlo. Pero no fue así,  no me estaba quedando mudo, sólo me quedé dormido y aletargado por los efectos del vino.

Un rato más tarde, alguien me rozó la mejilla con una mano cálida. Yo pude sentir que me había quedado congelado por la noche templada en mis años y fría en mi cuerpo, en aquellas manos era la estufa de una noche humilde y bondadosa. Se inclinó en mí con ese olor tan peculiar, ese olor a almendras que a mí tanto me gustaba de ella. Me dio un beso tierno y cálido… y me asusté, mi cuerpo se estremeció. No podía creer lo que había sentido de nuevo. Estaba aquí, se había vuelto a meter dentro de ella y se hacía llamar Malena. Me desperté atontado por el vino y el relente de la noche. Abrumado por la confusión. Por un segundo, mi costumbre me podría haber traicionado, pero me pudo mi voluntad y la reacción temprana. Estuve a un segundo de nombrarla, eso hubiese sido el fin, a segundo de hacerla venir de nuevo. Pero no sucedió, al menos no realmente, sólo fue un espejismo que se posó en mi mente y en mi corazón por unos segundos. Ese corazón que dio un vuelco al sentir por un instante que era Liber quien me besaba, quien me estaba guiando a la cama. Donde después me daría tregua para acallar mis ansias de acaecer con ella hasta el lugar más recóndito del mundo, el alma. Y allí, solos, dejarnos querer por unas horas hasta que la luz del sol nos despertase de aquel momento, de nuevo nuestro.