Pido

Tregua para todos, tiempo y silencio,
muescas en una madera que sigue a flote,
angular de un ojo de pez ciego,
muerte de una etapa para continuar con vida.

El acuerdo sin firmar que sellaron los dedos,
que rotos por empujar aprendieron a sostener,
a recorrer el agua sin retorcerse de frío.

Pactamos en línea recta una separación de bienes indirecta,
una partición casi perfecta de nosotros mismos,
la ruptura de lo indivisible con el tiempo,
la división infinita de la materia que fuimos.

Tregua para acallar los gritos que van por dentro,
para mutilar el cansancio y agotar las ganas,
por seguir adelante, por luchar con las garras,
por morder más pieles que las nuestras,
por quemar más lugares que hogueras,
por ser infinitos en el olor de otras camas,
por llenar el hueco de alguna almohada,
por cubrir de lunares otras espaldas.

Tregua, para llamar a las cosas por su nombre.

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Días de turbulencias

Es como volver a empezar de cero, algún tango que se quedó a medias.
A veces, no sabes que viene después y sin querer te dejas llevar, y llegas.
Y a mitad de ese tango que se bailó solo, decides dejar de bailar porque ya no existen más pasos.

Es aprender de nuevo, algo así como inventar un baile, sin nombre, sin raza, sin destino y querer llegar al momento “seremos el centro de la pista de baile” y se alzarán las miradas y dirán, “llegaron, sin saber cómo, llegaron”.

Es saber que no existirá jamás la coordinación suficiente para llegar a un consenso entre tus pies y tus brazos. Pero hay bailes, que no dependen de la técnica, sino del consentimiento que se den dos cuerpos.

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Un tango…

Y es, así, como una pincelada sobre una pared blanca, la nota de color, las ganas de liarla parda, el olor a café en lo que fueron mañanas, las noches de rubias en los balcones, las olas de mar sin costa, los puertos de sal sin barcos, el fuego de ayer sin cigarro, la humedad de tus ojos sin lágrimas, el frío de unas manos sin cuerpo, las curvas al azar sin carreteras, las hojas en blanco sin poesías, o el tenue susurro de tus intenciones a medias, entre canciones al oído de quien ahora es sorda, muda y ciega.

Y es que, el tiempo, la soledad, y el resto de cosas que sin pensar pensamos, son así. Eternos puntos inconexos, eternos conflictos de sentimientos, eternos en la eternidad de lo indefinido.

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La eternidad de lo indefinido

Los ojos de mi madre…

Hasta que vi con los míos propios, los ojos de mi madre eran las burbujas que rodeaban mi mundo. Los círculos con los que yo seleccionaba las letras, los espejos con los que yo quería mirar el futuro.

Son el alma que a mi me falta.

Los ojos de mi madre son las dos cuencas más fértiles del mundo, y me ve y crece. Sus ojos al mirarme la enorgullecen, pero aún no lo sabe. Los ojos de mi madre son los ojos más bonitos de este mundo.

 

Mi teléfono sonaba mil veces al cabo del día, siempre la misma melodía. Debía ser incluso obsesión que alguien llamara tantas veces al mismo portón, el de mi mundo cerrado. Y no terminaba de entenderlo, hasta que descolgaba y escuchaba su voz.

–       Diga…
–       ¿Qué pasa hija?
–       ¡Mamá!…¿Qué quieres… otra vez?
–       Hija… no seas así, me preocupo por ti. Soy tu madre.

Yo no entendía aquellas palabras, claro que tampoco había sido madre nunca. Puede que ni siquiera lo fuera. El caso es que todos los días eran iguales para ella. Llamaba, preguntaba y colgaba. Pero era mi madre, la mía, la de nadie más. Ese diálogo repetitivo, casi fulminante a mis sentidos. Aburrido hasta el exceso de hacerme perder los nervios. Se me hacía eterno, monótono y pegadizo. Y me cansaba de escucharla y de escucharme a mí repitiendo lo mismo.

Volvió a llamarme aquel día hasta tres veces, para recordarme que era el día del padre. Y que habíamos quedado para comer todos juntos en casa de la abuela de Maite, una amiga de la familia que hacía las veces de todo, una loca que afanaba a mi madre al mundo más divertido y alucinante. A un mundo sin sentido, pero con demasiado para ellos.

–       Diga…
–       ¿Qué pasa hija? ¿Qué haces? No olvides eso que te dije, la cena.
–       No, mamá, no lo olvidaré. No me repitas las cosas doscientas veces. Sé perfectamente que tenemos cena.
–       Bueno, yo sólo te llamo para decírtelo, por si se te olvida. Que tenemos muchas ganas de verte. Ay hija, ¡Qué talento tienes!
–       Ay mamá, ¿de qué me sirve tanto talento si no puedo vivir de él?
–       Vivirás, vivirás… te servirá de algo, ya lo verás.

Porque yo no lo sabía, no podía percibir la fe ciega que mi madre albergaba en ella pensando que su hija era un regalo magnánimo del cielo. Y es que los ojos de mi madre conseguían que incluso tú te vieras especial. Era el poder de los ojos de mi madre. Su poder.

Ayer sonó el teléfono, tres veces, y no respondí… Ya no es ella la que me llama, es una desconocida que trata de encontrar su identidad y me pregunta siempre:

–       ¿Quién eres? ¿Daniela?
–       Sí, mamá soy tu hija.
–       ¿Mi hija? ¿Qué hija?
–       Tu hija Daniela.
–       Usted es una anarquista de esas locas.

Y yo colgaba el teléfono temblando, no insistía más. Mi insistencia no la haría dejar de verme como una anarquista, loca y triste. Que intentaba hacerle recordar a su madre que hoy era su cumpleaños y que sólo quería felicitarle sus 68 años, sus 68 primaveras, sus 68 vidas a mi lado y que no olvidase que hoy teníamos cena en casa de mi hermana, para festejar que todavía seguíamos juntos.

Los años me habían dado la paciencia de la que carecía cuando era muy joven, y al girar la vista atrás la veía a ella tratando de hacerme caminar, siempre con sus ojos. Y decirme: ¡Ven aquí mi niña, aquí… mírame, a mí, venga, un pasito más! Porque los ojos de mi madre, eran grandes, casi tanto como ella y nos habían enseñado a nadar, a caminar, a surcar los mares, a morir de amor, a leer entre líneas, a decir te quiero, a saber callar… Los ojos de mi madre eran sabios, en todo. Y ahora sólo eran unos ojos asustadizos, huidizos y derrotados por el paso del tiempo, por la condena más grande, olvidar tu pasado. ¡Qué paradoja! Mi madre siempre me decía con sus ojos que había que fijar la vista en el presente, y dejar atrás el pasado. Y mira ahora, ella no podía vivir su presente porque había olvidado su pasado, tampoco viviría su futuro porque ni siquiera sabía que existía algo que se llamaba futuro.

Era un aguijón clavándose en mi pecho. Mis palabras devolviéndome la irrespetuosidad con la que yo la traté. Ahora era yo la que le quería recordar a ella que era yo su hija, que tenía una cena, y que cómo no me iba a preocupar por ella, era mi madre. La mía. Es que madre sólo hay una, ¿Lo sabéis?… Yo creo que nadie lo sabe hasta que la pierde. Y entonces te maldices por muchas cosas que no hiciste bien y otras muchas que no quisiste hacer. ¡Qué tonta!

El teléfono sonó dos veces, y descolgué. Quería escucharla, sólo eso. Aunque no supiera quién era yo, aunque no recordase que fueron sus ojos los que me hicieron grande.

–       Diga…
–       ¿Hola?
–       Hola mamá.
–       Hola hija, ¡Cuánto tiempo!
–       Es verdad, mamá. Hace mucho que no te escuchaba.
–       Pues escúchame bien, por si algún día no puedes hacerlo. Tienes que seguir, seguir escribiendo, es precioso eso que haces. Ese don, es tuyo, no es mío, no es de nadie. Sólo tuyo. Creció en ti con mi semilla y tú has sido quien lo ha sabido regar con su paciencia. Consérvalo siempre.
–       Vale mamá, lo intentaré… pero es que…
–       Te veo luego en casa de tu hermana. Y no digas más pero es que… Lucha!
–       Vale mamá. ¿Mamá?
–       ¿Qué?
–       Te quiero.
–       Y yo a ti Daniela, y yo a ti.
–       Hasta luego.
–       ¿Daniela?
–       ¿Si?
–       Nunca dejes de escribir, aunque yo no lo recuerde.
–       No lo haré, jamás.
–       Escríbeme de vez en cuando. Y recuérdame que has escrito algo nuevo. Me gusta leerte.
–       Gracias Mamá. Te lo recordaré siempre que pueda.

Al colgar el teléfono, sentí como las gotas violaban cada parte de mi cuerpo surcando ríos desbordándose hasta mis pies. A veces, los sueños son tan reales, que no sabes si existen o existirán. ¡Qué pena! Que los sueños sólo sean eso, sueños… Cuando pasaron los minutos, me vestí para ir a aquella cena en casa de mi hermana. Y sentí una pena inmensa, pena porque ojalá no hubiera tenido ese sueño, y tristeza porque los ojos de mi madre no recordarían todas las cosas grandes que habían hecho. Sus dos círculos se habían cuadrado con el paso de los años, se había quedado hechos cubitos en un cerebro olvidado.

Hoy éramos nosotras las que cuidábamos de ella, y de él. Los dos seguían sentados al unísono en la mesa, pero ninguno hablaba de nada, mi padre se resignaba y ella se hacía la muda. Llegué a las 21:00 a casa de mi hermana. Los ojos de mi madre fueron los primeros en avistarme…

–       Hola hija.
–       Hola mamá.
–       Qué guapa estás.
–       Y tú.

Y hablamos, y hablamos… hasta que no hubo nada más que decir. Fue una noche de reencuentros, bueno unos segundos de capacidad vital para interactuar con sus hijas. Dos días más tarde los ojos de mi madre se cerraron, tranquilos, en paz y llevándose con ella todo lo que sus ojos anteriores vieron y vivieron. Mi padre se hizo fuerte dentro de su pena, y empezó a guiarnos él con los suyos, mucho más bonitos que los de mi madre pero cargados de pena y tristeza, aguantaban la compostura como podían, ¡pobre!, pero allí estábamos nosotras, sólo para él. El tiempo nos dio una tregua a todos, y crecimos juntos guiados tal vez por los ojos de mi madre que siguió haciendo de madre y de esposa.
Se quedó grabada en mí, en mi sonrisa y en cada letra que tecleo en este ordenador que ella y mi padre me regalaron para que diese rienda suelta a mi don y lo propagase por el mundo. A ella y a sus ojos les debo mi amor. A él y a sus ojos les debo mi dedicación ahora. Y a los dos les debo la paciencia infinita que yo tengo con mis hijos: Pablo, Hugo y Lola. La misma que ellos me pierden a mí cuando no entiendo como funciona el ipad.

 

Cuéntame la verdad…

Cuéntame cómo fue que te cortaste ese dedo, abriendo en dos un cañón del colorado, sin cañones pero fusilando la mitad de tu sonrisa. Al contrario de la vida, anda coja de una pata y va sentada de puntillas.

Cuéntame qué abrió la herida, presa del preso más inepto, del terco mulo que siguió al resto, cerrando bares a base de besos y abriendo canales sin tener puertos. Al sentido estricto de los pasos que pasean sin descanso avenidas sin camino, aeropuertos sin destino.

Cuéntame quién fue el cabrón, que cerró la puerta para escavar un túnel en tu mirada y sentarse a ver como se hundía sin dejarte salir afuera, sin la triste recompensa de mis besos al final de aquel vagón que sin oro se volcó. Al unísono de las cosas que no pasan sin pasar y pasean sin sedal de caña en caña, sin pescar ni un ayer, ni un mañana.

Cuéntame dónde te dieron, el disparo de gracia que se le da a los muertos por crímenes de guerra, asépticos del miedo, enturbiando ojos de peces que a poco no ven de frente y se topan con el cristal más grueso. Tu pecera mi pecera, nada conmigo y no choques, yo te enseño el camino… y si quieres salgo contigo.

Cuéntame cuando los suicidas se disparan solos si la horca no les llega bien al cuello, y respiro tus bostezos amargados por el peso de los rezos de tu esquivo, que maldito me maldice por no ser yo el carcelero de tus días venideros. Si al sentir tus ojos rotos, no pido perdón y prosigo con un beso.

Cuéntame.