Cuando las arrugas nos quemen, arderemos.

Cuando dos cuerpos erosionados por las gotas de saliva compartidas, despedacen las muescas que agrietan sus pieles deshilachadas y vueltas a coser con los dedos del que sostiene al otro.

Cuando yo vuelva a ser niño y tú adolescente a mis ojos, me pierda en tus pupilas cortando un trozo de tu carne entre el alboroto que siguen sintiendo mis venas al saber desconocido de tu presencia, el ardor de mis pulmones al respirar el aire con que tú me vuelves a quemar.

Daré volteretas entre la esquina que va de tu colchón al mío, pero no caeré al vacío porque en el final del río, el agua que limpia mi cuerpo cae del sudor dormido de tus pechos, del calor ausente de tu sonrisa perdida, del maltrato con amor que le seguimos dando a lo que hoy queda de nosotros en este mundo, al roce de tus huesos exclamando que no le roce la muerte antes de llegar al misionero con menos paz que hayamos hecho.

Cuando yo sea el resto de lo que sobra en tu plato, el trozo de papel sin tinta, la tumba que no existe en tus penitencias. Cuando todo eso no exista, ni llegue, yo seguiré contando tus lunares, bebiendo de tu risa y doblando cada pliegue que amuralla los años de todas las batallas que jugamos siendo amigos y enemigos.

Cuando yo sea ceniza, tú serás polvo colgando de algún abstemio que te llore. Y yo seré de ti, lo que tú serás de mí, silencio.

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Paraísos

“Fue cuando comprobé qué murallas se quiebran con suspiros y que hay puertas al mar que se abren con palabras” – Rafael Alberti

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p style=”padding-left:150px;”>En el edén no había “Evas” ni “Adanes”
más cabrones que holgazanes,
más sublimes prostitutas que hadas con batuta,
el pecado no era manzana, y la serpiente no mordía,

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p style=”padding-left:150px;”>Encima de tu piel el aire,
debajo de la mía el tiempo,
las ganas de romperte por dentro,
de morder hasta el monte más alto de tu cuerpo.
De probar el sabor del sudor que no huele a exceso,
que se sabe a manjar y se huele a éxtasis en tu boca.

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p style=”padding-left:150px;”>El botón que me abre paso al desquicie,
al saber sin pensar, al sentir sin respirar.

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p style=”padding-left:150px;”>En el edén del salón de tus padres se aceleran las tormentas,
no llueve porque diluvia, y los cuerdos se quedan fuera,
porque en el salón de tus padres mordernos es como empezar el abecedario por la “z”.

La breve historia de un suspiro

 

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  • ¿Qué es un suspiro? –

Habrá que descifrar este misterio. Los suspiros son variados, unos caen del último roto que la piedra hizo al golpear el cristal de un corazón, otros de alguna extraña sensación de vacío que se quedó perdida entre el hueco de un pulmón y una costilla, algunos hasta vienen de la falta de algo nuevo en los adentros, o del simple tintineo de una nota melancólica que se asoma a tu garganta… No se sabe muy bien porqué nacieron los suspiros, pero al salir alivian un poco esa perdida de directrices que sentimos.

Cuentan que en Venecia hay un puente, de ese puente cuelgan mil millones de suspiros enredados entre fotos de turistas que ilusionados creen que los suspiros eran de amor, y ni mucho menos. Todos y cada uno de sus suspiros son de anhelo a esta vida, de saber que ya se pierde y derramas en modo de súplica un último reclamo de piedad, por si alguien se estremece y decide perdonarte. Al final no lo vemos, pero entre lo que unos pensaron y la realidad existe una relación de sentido proporcional. Todos esos suspiros aliviaron al menos un corazón, roto, lloroso, amparado en su súplica, le quitó un peso. Al menos en esta vida, ¿te imaginas qué no te dejan suspirar nunca más? Sería como un estornudo congelado en tu interior, que jamás sale, pero… ¡dios, cómo jode!

Tu suspiro es la diferencia entre lo que piensas, lo que callas y lo que finalmente compartes con el resto. La mayoría de las veces nada tiene que ver con la realidad, el escondite perfecto para el millón de excusas que serían verborrea si no fuera por ese pellizco que te hace no decirlo y suspirarlo. Es obligación callar lo que no mejorará la realidad, pura sabiduría casual de nuestro cuerpo, así como casi natural. Sale, se expulsa y… ¡Ala, ahí queda dicho todo, en un divino y profundo suspiro!

A mí los suspiros me parecen algo bello, tierno, interno, doloroso en ocasiones, bandido en otras, delicado en sus mil formas, supeditado a la máxima expresión de cariño por alguien, entrañable cuando menos te lo esperas, suspicaz al rozarte el lóbulo de la oreja y volar rumbo al cielo en tu cerebro. A mí, a mí me parecen de todo menos materiales, intangibles. Tal vez por eso su valor sea gigante y brille en una cantidad inexacta de posibilidades. Porque un suspiro es gigante en su pequeñez, en su minúscula casualidad está su mayúscula significación. ¡Porque los suspiros molan, y uno mola más con suspiros, propios o ajenos! ¡Los suspiros son la caña! Y sentirlos, sentirlos es otra cosa, otro nivel, otro mundo. Todo es superior a lo anterior, si sientes un suspiro has tocado un sentimiento. ¡Un sentimiento! ¿Sabes lo qué es eso? Los sentimientos son diferenciales en cada persona, nadie puede tener un sentimiento repetido, no es como ponerte el mismo jersey que lleva la de al lado, ¡no!, es imposible sentir por alguien y que alguien sienta por ti. Y te dirán mil veces, ¡créeme, sé de lo que me hablas!… ¡Pues no! Afortunadamente no lo sabes, ni lo sabrás, porque lo que tú sientes y lo que yo siento son como los suspiros, personales, transferibles en ocasiones, pero nunca tienen otra posesión que la propia. Jamás nadie sentirá lo que tú sientes, ni suspirará lo que tú suspiras. Y vaya alivio, porque imagínate tener que compartir suspiros, sentimientos, lágrimas, felicidad,… no no, quita, ya es demasiado conservarlos como para regalar la mitad de lo poco que te llega.

Eso es un pensamiento egoísta, pero imagina por un segundo que compartes lo que sientes y suspiras y el lugar de dividirlo, lo multiplicas por infinitos suspiros cargados de infinidad de sentimientos. ¿Qué te parecería eso? La sola idea ya acojona, pero el reto, el reto te empuja a vivirlo. Pues eso, es la vida, suspiros.

 

– CAPÍTULO X –

Bajo todo ese mal se encontraba ahora un niño que no supo ser hombre. Un niño al que todo le venía de golpe, a una edad en la que las magulladuras duelen y marcan el resto de los días que te quedan por vivir, o mal vivir simplemente.

Hacía tanto tiempo que ella no paseaba por mi olfato nocturno que había olvidado cuanto ansiaba rozarla con el perfil suave de mi dedo. Sólo para hacerla estremecer por unos segundos. Mi espíritu de conquistador había abortado la misión. Lo único importante ahora era él. Germán. Aquel que se disputaba cada segundo de su vida dividiéndolo dentro de su ser. Resguardándose del frío con un mendrugo de pan que bien podría ser mojado en agua, a nada le sabía al pobre. Había perdido el sentido del gusto, hablaba de lentejas como si estuviese comiendo caramelos y de dulces como si lo que mordisqueaba fuesen chorizos.

Pasaron los días. Roberto y yo nos organizábamos para ayudar a Ana sin que ella fuera consciente de que todo aquel circo había sido orquestado sólo para que ellos encontrasen un hueco de paz entre tanto ir y venir de médicos y tratamientos.

Ese día Roberto y yo decidimos que yo iría primero a casa de Ana y Germán y él vendría después por la tarde. De esa forma él podría ir a recoger a Lucía para pasar la tarde todos juntos charloteando mientras disfrutábamos de algún manjar exquisito que Ana seguro ya tenía preparado. Ese día fue el principio de todo lo que empieza a cambiar el rumbo sin que te des cuenta. Sin ni siquiera apreciarlo.

Subí las escaleras hasta el quinto piso donde me estaba esperando Ana con un desayuno al más puro estilo español. Lo más español que se puede esperar. Había tostadas recién hechas, café, zumo de naranja, jamón ibérico, tomate rayado y ese aceite que al verterlo sobre la tostada parece oro líquido. En ese momento, justo cuando disfrutaba de aquel desayuno su cabello marcó el paso y se meció suave sobre mi pensamiento. Esa melena rubia de cuando éramos jóvenes volvió de nuevo, como un suspiro que se mece entre los visillos de una ventana de verano abierta. Como un nada que te encoge el estómago y te destroza las ganas de saborear tu manjar. Esa mañana Liber volvió a estar entre nosotros, lo hice sin querer. Ella siempre lo hacía así y al final parecía yo el culpable de traerla y no ella la ladrona que andaba colándose por mis grietas a cada dos por tres. Se me perdió la vista por unos segundos, y mi tostada casi cae en la ruina sino llega a ser por Ana. ¡Ay Ana, siempre en todo!

–       ¡Martín!… –exclamó llamando mi atención.

–       ¿Eh? –no sabía por dónde venía el huracán en esta ocasión.

–       Si sigues poniendo aceite en tu tostada acabarás por desayunar aceite con pan, por mí está bien, el aceite nos sale gratis. Ya sabes que a Germán todo el mundo le envía regalos de todos sitios.

–       ¡Joder, qué desastre soy! Lo siento Ana. Se me ha ido el santo al cielo. –le dije por decir algo, porque ni el santo al cielo, ni el mochuelo a su olivo. Lo que se me iba era el tiempo cuando ella llegaba a arrebatarme los segundos y convertirlos en horas.

–       No pasa nada, ¿En qué andas ahora? ¿Estás preocupado?. ¡Cuéntale a la morena que te ronda esa cabecita! –sonrió como cuando teníamos treinta y yo le contaba mis penas.

Lo curioso es que eran exactamente iguales por aquel entonces. Me quedé pensando un segundo, que habían pasado los años y yo seguía repitiendo cada pasito pequeño y ahora volvía a la vida que Ana tantas veces había escuchado.

–       Nada, estaba pensando en el Libre-café, en Mateo, en Daniela,… Espero que no tengan muchos problemas, de todas formas ellos tienen mi teléfono si tuviesen problemas me llamarían seguro. –me libré de contar la verdad con otra verdad.

–       ¿Sí?, ¿Seguro que sólo es eso? –se reiteró esa morena de ojos verdes que parecía bruja en ocasiones. Cuando te miraba sentías que estaba viendo a través de tus ojos y se estaba filtrando por tus pensamientos.

–       Sí, sí… sólo eso. ¿Qué quieres que hagamos hoy? –le propuse cambiando el tercio de la conversación.

–       Pues… no sé. –y seguimos desayunando.

Ninguno de los dos hablaba, pero ambos éramos conscientes de que había algo más en aquel silencio consentido. Es lo que tiene la confianza, hace que puedas estar en silencio con otra persona durante horas y no sea incómodo. Ana terminó su desayuno y yo estaba leyendo el periódico en aquel traste que Rodrigo me había dejado, el maravilloso mundo de Apple, un ipad de última generación que sus abuelos le habían regalado. Ella se levantó y se fue a dar una ducha. Entre tanto me puse a ver algunas postales que tenían colgadas en la nevera, a cotillear por decirlo claramente. Postales típicas, de sitios típicos con típicos imanes de todos esos lugares que la gente visita y se acuerda de ti para hacerte cómplice y fulminar el blanco de tu nevera. Entre ellas había una que nunca había visto. Era una foto, no era una postal, de una casa y al fondo se veía el mar. Un mar precioso, era un paisaje increíble. Justo en ese momento pensé que me gustaría ir allí y bañarme en aquellas aguas. En mi ensimismamiento Ana volvió a la cocina y de un respingo me espabiló.

–       Es bonito ese sitio, ¿verdad? –preguntó sin dar más opción que una respuesta afirmativa.

–       Sí, eso justo estaba pensando.

–       Pues si das la vuelta a la fotografía sabrás donde tienes que ir a bañarte y a dormir si quieres pisar esa arena. –me respondió, pero me pareció un reto más que una respuesta. Me dio miedo darle la vuelta a la foto, pero lo hice despacito.

–       ¿Es ella?… ¿Lo es? –la atraqué con mis preguntas.

–       Sí, es ella.

–       No tenía ni idea de que teníais contacto con ella, y mucho menos de que sabíais donde vivía y lo qué hacía. –me sentí herido por mis amigos. Nunca pensé que me ocultarían algo así.

–       Siempre hemos tenido contacto con ella Martín, pero nunca te lo contamos porque ella así nos lo pidió. Y entiende que ella era mi amiga tanto como tú, tal vez más incluso que tú porque yo en ella confié mucho. Viví muchas cosas con ella que me hubiese tocado vivir con otras amigas que me demostraron que no estuvieron. Y a día de hoy sigue estando en mi vida, hace poco estuvo de visita en casa. Vino a ver cómo estaba Germán y cómo iba el tratamiento. Incluso nos puso en contacto con un amigo suyo que está haciendo experimentos con marihuana terapéutica.

No sabía que decir. Me acababa de quedar sin palabras. Supongo que ellos intentaron seguir la línea del medio y no entrar en aquella ruptura. Quise pensar que Liber fue tan importante en mi vida y para mis amigos que al final todos, de una forma o de otra, la intentamos conservar con nosotros.

Al darle la vuelta a la postal sólo vi una dirección de Brasil, identifiqué el sitio, Joao Pessoa. Y creo que fue allí porque mientras estábamos en la facultad conocimos a una amiga y ella le ayudaría con todo lo necesario para crear aquel albergue, hotel o lo que fuera de sus sueños. Releí aquella foto por detrás unas doscientas veces, memoricé cada frase que ella les decía:

“Hola amiga, la vida en Joao es maravillosa. Tranquila y apacible. La gente es estupenda, nada parece preocuparles. Me encanta vivir aquí y pasearme por estos lugares. Al principio cuando llegué me costó instalarme, ya sabes, la sorpresa, el calor, asumir un poco todo… pero después de que Fede llegase todo fue mucho más fácil y la verdad tener a una gran persona a tu lado ayuda mucho. Han pasado casi tres años, parece que fue ayer cuando empezamos a estar juntos. Me ayudó tanto a preparar todo que me parece mentira que ahora estemos aquí, los tres juntos. Estamos todos genial, en la próxima te enviaré foto de nosotros. Un beso enorme, os quiere: LIBER.”

Y se despidió… así sin más. Cuando nos separamos ella se fue, y yo me quedé. Creo que todavía sigo en ese momento. Volví a dejar la foto en el mismo sitio del que la despegué. Me giré sobre mis pies y le dije a Ana:

–       Bueno… ¿nos ponemos en marcha? –necesitaba salir de aquella cocina y borrar la imagen y aquellas frases de mi memoria. Liber, Liber, Liber, os quiere… se me repetían en la mente, como un latigazo del pasado.

–       Sí, venga vamos a ir a comprar todo lo que necesitamos para preparar el almuerzo. Dile a Germán que si se atreve a acompañarnos, ¿o tal vez os gustaría ir a vosotros solos? –me sugirió.

–       No sé, espera que le pregunto. Aunque yo prefiero que nos acompañes.

Caminé por el pasillo hasta la habitación de ellos, y golpeé dos veces la puerta para recibir aprobación. No hizo falta llegar al segundo toque porque ya estaba Germán a voces haciéndome pasar.

–       Pasa joder, ni que estuvieras en casa de mis suegros. –siempre igual, no cambiaría jamás.

–       ¿Qué pasa?¿Qué tal has dormido? –le pregunté.

–       Cómo los benditos, estas drogas son la ostia. Si llego a saber que me iban a dejar drogarme a esta edad me hago viejo antes… -y una carcajada llamó la atención de Ana.

–       ¿Vais a terminar hoy o mañana?¿Me voy sin vosotros? –nos retó en un tono bastante serio.

–       No, no… espéranos. Que ya estamos. –le dije.

–       ¡Joder morena, que carácter te gastas eh!. Ya vamos, sin prisa pero sin pausa. –Germán siempre sabía como sacarle una sonrisa a su morena del alma.

–       Venga anda, no me liéis, ¡liantes!

Salimos del piso. Germán ayudado por un bastón que Roberto le había regalado herencia de su abuelo, parecía un Marqués rodeado por sus sirvientes y bromeaba todo el tiempo con eso. La verdad es que siempre que él llegaba se me olvidaba todo lo anterior, tal vez porque tenía ese poder de hacerte desconectar del mundo por completo. Se me olvidaba hasta que estaba enfermo y que tal vez pronto sólo recordaría sus bromas. No podría oírlas de viva voz.

Recorrimos ocho supermercados por lo menos. Germán se quejaba, pero en el fondo estaba encantado. Nos tenía a sus pies y encima le estábamos paseando por todo Madrid, cosa que supe que le apasionaba al ver su cara recostada en el reposacabezas del coche con los ojos cerrados mientras el aire le golpeaba el rostro y el sol le hacía brillar la calvorota. En otra época habría sido su melena, porque otra cosa no, pero era el que siempre pensamos que no acabaría calvo. Y circunstancias de la vida, fue el que antes acabó. Porque una cosa está clara, la vida nunca te da lo que tu esperas, siempre te sorprende. Para bien o para mal, te sorprende.

Cuando terminamos regresamos a casa, y entre dientes Germán refunfuñaba que quería ir a tomar una caña antes de volver al piso. Ana que siempre tenía soluciones para todo nos dejó en la esquina de casa y ella subió a preparar todo. Yo me pedí un tinto de verano y Germán un vaso de agua, decía que daba igual lo que bebiese él se imaginaba que era una caña fresquita y para dentro sin pensar en mucho más.

Me miró, y me dijo:

–       Creo que voy a necesitar algo más que tu compañía para conseguir volver a ese piso. Tal vez tus piernas no me vendrían mal, cabroncete.

–       Serás… pero dímelo joder. Sino yo no sé como se hacen estas cosas.

–       Si hubieras sido padre… tal vez lo sabrías. ¡Qué sólo te gusta picar!¡Picaflor! -me soltó la broma, pero notó que me hirió. Creo que como amigo y mosquetero pudo ver que el Martín de ahora valoraba cosas que no tenía y añoraba algunas que había perdido.

–       Bueno amigo, lo siento… nunca es tarde eh. -y nos fundimos en una carcajada que casi nos lleva al suelo.

Le agarré de los brazos con más firmeza y se puso en pié. Agarró su bastón de Marqués y caminamos despacito hasta el piso. Yo le subí al ascensor y decidí dar mi camino de castigo hasta el quinto piso a pasito firme. Mientras esperaba arriba se escuchaban los gritos por la escalera comunitaria. Hasta tal punto que hizo que finalmente Ana saliera a por él y le abriese la puerta. ¡Maldito impaciente¡ Siempre hacía lo mismo. Germán no sabía esperar. Por eso creo que quería morirse ya, el hecho de esperar le suponía un sufrimiento incluso superior al dolor que la propia enfermedad le infligía.

–       ¡Martín!… ven. –fue una orden sin duda alguna.

–       ¡Voy! –y me dispuse a caminar hacía el salón.

–       ¡Dame un abrazo! –me lo pidió con lágrimas en los ojos, y yo sentí que lo había estado deseando.

–       ¡Te estás volviendo muy tierno, no! –le puse un poco de chispa pero no había nada que achispar en esta ocasión.

–       Lo siento, siento mucho haber sabido de ella y no haberte contado nunca nada. No podía, ella fue, ha sido y es muy importante para nosotros. Pero lo siento de verdad. Y ahora que me muero, es cuando más lo siento, porque hay cosas que no te podré contar, y tampoco explicar. –me dejó con tantas dudas aquello y no supe que más decir.

–       No pasa nada, Mosquetero. A veces la vida nos pone con un pie en cada orilla, pero yo sé que tú saltarías un océano por mí. –le dije lo que pensaba y sonreí haciéndole ver que lo comprendía. Aunque en realidad no lo llegaba a entender del todo.

–       Martín… -su voz tenue se pinzó en mi pecho. Sabía que corría miedo en su llamada.

–       Dime Mosquetero –le respondí más temiendo que sabiendo.

–       ¡Me muero!… ¿lo sabes, verdad?. No quiero morirme Mosquetero, pero no se lo digas a nadie. No quiero dejar de ser un Mosquetero, dejar de ver a mi morena y a Rodrigo crecer. No quiero perderme cada fiesta con vosotros, cada celebración. No me dio tiempo a ir a Argentina, lo siento. –y se abrazó a mí, llorando. Tan fuerte que me clavó las yemas de los dedos en la espalda y sentí como su miedo se acopiaba al mío propio en forma de nube negra que nos estaba robando los segundos, las horas y los días de luz que nos quedaban por librar en aquella batalla.

–       ¡Oye!… ¡Ya!… –así no, hoy no. ¿vale? –le repliqué.

–       Vale.

Los dos nos entendimos al segundo. Hoy era un día especial, todos estaríamos juntos. Germán y Ana, Roberto y Amelia, Rodrigo, Lucía y yo. Amelia accedió a venir por verme y estar todos juntos al menos un día.

Y en ese lapsus de tiempo en el que yo pensaba mientras Ana ya había terminado de preparar todo y Roberto estaba a dos minutos de llegar. Liber volvió, no estaba allí, sino en mí. De nuevo. Mi cabeza pisó aquella playa y se imaginó sentado junto a ella en la arena, viendo al que pudo ser nuestro hijo corriendo por una arena virgen. Suave como pan rayado. Y sentí que en el transcurso de los años nunca antes, había deseado ser padre, ni marido. Pero hoy, en aquel piso de Madrid, entre aquellos amigos que a su manera eran felices. Yo quería ser padre y esposo sin serlo, y… ¿Cómo se puede ser esposo de un recuerdo y padre de un fantasma?

Me había vuelto tan viejo, tan llorón y tan humano que hasta las cosas corrientes que me parecían banales cuando era una chaval ahora me parecían maravillosas. Y los miraba a todos, sintiendo la deuda conmigo mismo. Con el Martín más teñido de plomo y piedra, con el que no amaba y no quería ser amado. A ese Martín le debo lo que hoy no tengo, lo que perdí y ya no conservo. Dicen que las personas valoramos lo perdido en la medida de aquello que conservamos. Lo que perdí no rozaba ni siquiera lo que conservo, por lo tanto. Perdí. Me perdí.