Los ojos de mi madre…

Hasta que vi con los míos propios, los ojos de mi madre eran las burbujas que rodeaban mi mundo. Los círculos con los que yo seleccionaba las letras, los espejos con los que yo quería mirar el futuro.

Son el alma que a mi me falta.

Los ojos de mi madre son las dos cuencas más fértiles del mundo, y me ve y crece. Sus ojos al mirarme la enorgullecen, pero aún no lo sabe. Los ojos de mi madre son los ojos más bonitos de este mundo.

Mi teléfono sonaba mil veces al cabo del día, siempre la misma melodía. Debía de ser incluso obsesión que alguien llamara tantas veces al mismo portón, el de mi mundo cerrado. Y no terminaba de entenderlo, hasta que descolgaba y escuchaba su voz.

–       Diga…

–       ¿Qué pasa hija?

–       ¡Mamá!…¿Qué quieres… otra vez?

–       Hija… no seas así, me preocupo por ti. Soy tu madre.

Yo no entendía aquellas palabras, claro que tampoco había sido madre nunca. Puede que ni siquiera lo fuera. El caso es que todos los días eran iguales para ella. Llamaba, preguntaba y colgaba. Pero era mi madre, la mía, la de nadie más. Ese diálogo repetitivo, casi fulminante a mis sentidos. Aburrido hasta el exceso de hacerme perder los nervios. Se me hacía eterno, monótono y pegadizo. Y me cansaba de escucharla y de escucharme a mí repitiendo lo mismo.

Volvió a llamarme hoy de nuevo, para recordarme que era el día del padre. Y que habíamos quedado para comer todos juntos en casa de la abuela de Maite, una amiga de la familia que hacía las veces de todo, una loca que afanaba a mi madre al mundo más divertido y alucinante. A un mundo sin sentido, pero con demasiado para ellos.

–       Diga…

–       ¿Qué pasa hija? ¿Qué haces? No olvides eso que te dije, la cena.

–       No, mamá, no lo olvidaré. No me repitas las cosas doscientas veces. Sé perfectamente que tenemos cena.

–       Bueno, yo sólo te llamo para decírtelo, por si se te olvida. Que tenemos muchas ganas de verte. Ay hija, ¡Qué talento tienes!

–       Ay mamá, ¿de qué me sirve tanto talento si no puedo vivir de él?

–       Vivirás, vivirás… te servirá de algo, ya lo verás.

Porque yo no lo sabía, no podía percibir la fe ciega que mi madre albergaba en ella pensando que su hija era un regalo magnánimo del cielo. Y es que los ojos de mi madre conseguían que incluso tú te vieras especial. Era el poder de los ojos de mi madre. Su poder.

Ayer sonó el teléfono, tres veces, y no respondí… Ya no es ella la que me llama, es una desconocida que trata de encontrar su identidad y me pregunta siempre:

–       ¿Quién eres? ¿Daniela?

–       Sí, mamá soy tu hija.

–       ¿Mi hija? ¿Qué hija?

–       Tu hija Daniela.

–       Usted es una anarquista de esas locas.

Y yo colgaba el teléfono temblando, no insistía más. Mi insistencia no la haría dejar de verme como una anarquista, loca y triste. Que intentaba hacerle recordar a su madre que hoy era su cumpleaños y que sólo quería felicitarle sus 68 años, sus 68 primaveras, sus 68 vidas a mi lado y que no olvidase que hoy teníamos cena en casa de mi hermana, para festejar que todavía seguíamos juntos.

Los años me habían dado la paciencia de la que carecía cuando era muy joven, y al girar la vista atrás la veía a ella tratando de hacerme caminar, siempre con sus ojos. Y decirme: ¡Ven aquí mi niña, aquí… mírame, a mí, venga, un pasito más! Porque los ojos de mi madre, eran grandes, casi tanto como ella y nos habían enseñado a nadar, a caminar, a surcar los mares, a morir de amor, a leer entre líneas, a decir te quiero, a saber callar… Los ojos de mi madre eran sabios, en todo. Y ahora sólo eran unos ojos asustadizos, huidizos y derrotados por el paso del tiempo, por la condena más grande, olvidar tu pasado. ¡Qué paradoja! Mi madre siempre me decía con sus ojos que había que fijar la vista en el presente, y dejar atrás el pasado. Y mira ahora, ella no podía vivir su presente porque había olvidado su pasado, tampoco viviría su futuro porque ni siquiera sabía que existía algo que se llamaba futuro.

Era un aguijón clavándose en mi pecho. Mis palabras devolviéndome la irrespetuosidad con la que yo la traté. Ahora era yo la que le quería recordar a ella que era yo su hija, que tenía una cena, y que cómo no me iba a preocupar por ella, era mi madre. La mía. Es que madre sólo hay una, ¿Lo sabéis?… Yo creo que nadie lo sabe hasta que la pierdes. Y entonces te maldices por muchas cosas que no hiciste bien y otras muchas que no quisiste hacer. ¡Qué tonta!

El teléfono sonó dos veces, y descolgué. Quería escucharla, sólo eso. Aunque no supiera quién era yo, aunque no recordase que fueron sus ojos los que me hicieron grande.

–       Diga…

–       ¿Hola?

–       Hola mamá.

–       Hola hija, ¡Cuánto tiempo!

–       Es verdad, mamá. Hace mucho que no te escuchaba.

–       Pues escúchame bien, por si algún día no puedes hacerlo. Tienes que seguir, seguir escribiendo, es precioso eso que haces. Ese don, es tuyo, no es mío, no es de nadie. Sólo tuyo. Creció en ti con mi semilla y tú has sido quien lo ha sabido regar con su paciencia. Consérvalo siempre.

–       Vale mamá, lo intentaré… pero es que…

–       Te veo luego en casa de tu hermana. Y no digas más pero es que… Lucha!

–       Vale mamá. ¿Mamá?

–       ¿Qué?

–       Te quiero.

–       Y yo a ti Daniela, y yo a ti.

–       Hasta luego.

–       ¿Daniela?

–       ¿Si?

–       Nunca dejes de escribir, aunque yo no lo recuerde.

–       No lo haré, jamás.

–       Escríbeme de vez en cuando. Y recuérdame que has escrito algo nuevo. Me gusta leerte.

–       Gracias Mamá. Te lo recordaré siempre que pueda.

Al colgar el teléfono, sentí como las gotas violaban cada parte de mi cuerpo y se hacían ríos desbordándose hasta mis pies. A veces, los sueños son tan reales, que no sabes si existen o existirán. ¡Qué pena! Que los sueños sólo sean eso, sueños… Cuando pasaron los minutos, me vestí para ir a aquella cena en casa de mi hermana. Y sentí una pena inmensa, pena porque ojalá no hubiera tenido ese sueño, y tristeza porque los ojos de mi madre no recordarían todas las cosas grandes que habían hecho. Sus dos círculos se habían cuadrado con el paso de los años, se había quedado hechos cubitos en un cerebro olvidado.

Hoy éramos nosotras las que cuidábamos de ella, y de él. Los dos seguían sentados al unísono en la mesa, pero ninguno hablaba de nada, mi padre se resignaba y ella se hacía la muda.

Llegué a las 21:00 a casa de mi hermana. Los ojos de mi madre fueron los primeros en avistarme…

–       Hola hija.

–       Hola mamá.

–       Qué guapa estás.

–       Y tú.

Y hablamos, y hablamos… hasta que no hubo nada más que decir. Fue una noche de reencuentros, bueno unos segundos de capacidad vital para interactuar con sus hijas. Dos días más tarde los ojos de mi madre se cerraron, tranquilos, en paz y llevándose con ella todo lo que sus ojos anteriores vieron y vivieron. Mi padre se hizo fuerte dentro de su pena, y empezó a guiarnos él con los suyos, muchos más bonitos que los de mi madre pero cargados de pena y tristeza. El tiempo nos dio una tregua a todos, y crecimos juntos guiados tal vez por los ojos de mi madre que siguió haciendo de madre y de esposa.
Se quedó grabada en mí, en mi sonrisa y en cada letra que tecleo en este ordenador que ella y mi padre me regalaron para que extendiese mi don y lo propagase por el mundo. A ella y a sus ojos les debo mi amor. A él y a sus ojos les debo mi dedicación ahora. Y a los dos les debo la paciencia infinita que yo tengo con mis hijos: Pablo, Hugo y Lola. La misma que ellos me pierden a mí cuando no entiendo como funciona el ipad.

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