Cuéntame la verdad…

Cuéntame cómo fue que te cortaste ese dedo, abriendo en dos un cañón del colorado, sin cañones pero fusilando la mitad de tu sonrisa. Al contrario de la vida, anda coja de una pata y va sentada de puntillas.

Cuéntame qué abrió la herida, presa del preso más inepto, del terco mulo que siguió al resto, cerrando bares a base de besos y abriendo canales sin tener puertos. Al sentido estricto de los pasos que pasean sin descanso avenidas sin camino, aeropuertos sin destino.

Cuéntame quién fue el cabrón, que cerró la puerta para escavar un túnel en tu mirada y sentarse a ver como se hundía sin dejarte salir afuera, sin la triste recompensa de mis besos al final de aquel vagón que sin oro se volcó. Al unísono de las cosas que no pasan sin pasar y pasean sin sedal de caña en caña, sin pescar ni un ayer, ni un mañana.

Cuéntame dónde te dieron, el disparo de gracia que se le da a los muertos por crímenes de guerra, asépticos del miedo, enturbiando ojos de peces que a poco no ven de frente y se topan con el cristal más grueso. Tu pecera mi pecera, nada conmigo y no choques, yo te enseño el camino… y si quieres salgo contigo.

Cuéntame cuando los suicidas se disparan solos si la horca no les llega bien al cuello, y respiro tus bostezos amargados por el peso de los rezos de tu esquivo, que maldito me maldice por no ser yo el carcelero de tus días venideros. Si al sentir tus ojos rotos, no pido perdón y prosigo con un beso.

Cuéntame.

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