Historia de un abrazo

“Cuando los pasos son de dos pares, los caminos siempre encuentran alternativas… porque correr no es una opción, o caminamos o saltamos en los charcos”

Esa mezcla de refugio y bienestar, el cariño que no se comparte hasta que estalla esa sensación de hogar. De saber que has vuelto a tu patria, de la que nunca debiste salir sin el traje de protección para el fuego. Al hogar del que no hay que alejarse, porque volver es saber que has vuelto a ganar.

Ese suspiro que enredado entre recuerdos va dibujando carcajadas por mitad de alguna calle, y Madrid se parte el pecho y nosotras le tratamos de rizar el pelo. Unos follan mientras nosotras nos mofamos de lo mal que ya lo hicimos, y los jóvenes parecen cansados mientras los viejos empiezan a ser adolescentes que se besan en los parques.

Ese lugar donde yo me encuentro, me hago pequeña y tú me mimas. Donde nadie me vendrá jamás a quemar, porque el único calor que me llega en esos brazos es el que se traspasa de tu epicentro al mío, bombeando juntos una melodía de bienvenida.

Ese momento donde las lágrimas son de a dos, tus brazos agarrándome mera prolongación de los míos. ¡Suerte qué todavía sigas aquí! Siempre esperando el momento de derrumbe para golpear suave tu zapato en el asfalto que me espera.

  • ¿Y el salvavidas? – te grito.
  • El salvavidas está debajo, pero no te preocupes, yo salto primero por si falla que no caigas al vacío y te agarro por el brazo. – me contestas.

Firme, manteniendo los pilares que algunos días se van haciendo vallas de salto en carrera de atletismo, eso es la vida para mí cuando termino de tomarme uno, dos, tres y los vinos que hagan falta a tu lado. Una continua carrera de velocidad sin miedo, sin prisas pero sin pausas.

  • ¡Vamos a darle caña a esto, Cris! – te digo.
  • No Cris, la caña ya se la dimos. Ahora vamos a pensar bien, y a pisar sobre seguro. – me respondes. (Menos mal que además del tiempo, también pasó la cordura por tu cuerpo).

 El abrazo. Los amigos. En fin, esas cosas que saben a jamón de pata negra en esta vida.

Tu abrazo, es ese lugar en el que yo me pierdo, dejando de ser lo que finjo para ser lo que siempre fui. Lo que ya estaba cuando tú llegaste, cuando te hiciste fuerte dentro del búnker que yo misma me compré como vestido de fin de carrera.

¡Qué sí!¡Qué existes! En mí y en todos, en cada soplo que uno da afincando la mirada en las punteras de sus zapatos. En ese momento, apareces para hacer que levantemos la vista y marcar el rumbo de lo que viene.

  • ¿Dónde está el siguiente paso? –te pregunto.
  • En el filo de tus labios, en la luz de aquel movimiento que te hizo hacer letras con los hilos de quien se acercó sólo para abrir heridas sin poner reparo.–me respondes.
  • ¿Y si se me acaban? –dudo.
  • ¿Las letras o las heridas?
  • Las dos
  • Te hago un libro y te compro las farmacias de Madrid para que no te falten tiritas, y el dolor se quede en ellas –y pones el punto y final.
  • ¿Y el karma?
  • El karma se te cura con un beso, mi niña.

Y así, sin quererlo, yo me pongo el talismán y se acaba el mal que entró por alguna ventana de Segovia y lo largas a patadas por la ventana que hoy en día nos deja asomarnos a mirar como camina Madrid, sus gentes y nosotras.

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El que seas grande en mí, es porque fuiste grande mucho antes de que yo llegara. Porque has crecido con los pasos despacito y has vivido los errores y el maltrato de lo agrio de la vida. Lo que aprieta y lo que asfixia, lo que nadie te contó que pasaría. Pero apúrate, que esta vida es sólo una, y yo no pienso vivirla sin que te quedes. Si te vas, llévame contigo.

A Cristela, que siempre supo cuando volver, que nunca terminó de irse. Para que sepa que no hay ojos más bonitos que los suyos con esas gafas de pasta, para que aprenda a ver más allá de sus cristales.

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El robo que nunca fue robo

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¿Quién me robó el mes de abril?¿Fue Sabina o fue la primavera? Lo guardaba, de la misma forma que guardaba enero en un sombrero dentro de un florero. Pero al ir a buscarlo nunca más lo encontré, se había acabado. Empújale a enero a ver si así llega abril sin aguas mil y me deja un montón de margaritas floreciendo en cualquier ventana que hay abierta.

Abril se fue, como se fue enero. No existen meses más fríos que los que están faltos de cariño, los que quedan en el medio vacíos. Sin dueño ni días. A mis meses se le caen los días, los segundos se detienen para no dejar pasar los minutos y las horas se solapan con el tictac de algún reloj invertido en el sentido contrario de la vida. Vivo para ser vivida, para que un día al despertar no me quede nada en la almohada y los sueños los haya vivido de día, porque de noche sólo se sueñan y sólo son eso, sueños.

¿Quién le empuja a enero para que llegue febrero? De entre los meses negros también emergen meses azules, cargados de fuego, de momentos y anhelos. Pero no hay nada más eterno que dejar pasar la vida, pasar con ella, pero mientras pasa no olvidar que le pones ese sello de “pagado” a la cuenta que pendiente no se queda. Que mis meses son de aire, si descienden por el puente, tienen cuerdas y precipicios, un montón de brazos alzados esperando a recogerte si te caes y otros muchos empujando cuando el paso se detiene.

Nos pueden robar el tiempo, los momentos, el aliento y cualquier mes del año. Pero mientras no te roben lo primario, lo terciario es secundario, lo que viene no se piensa y lo que se piensa está vivido. Que no te cuenten cuentos, que nadie te roba nada, lo damos prestado al tiempo, al recuerdo sostenido que se ancla en algún hueco del costado y mantiene los latidos de lo que un día marcó una sonrisa. Que los besos son sonrisas, y las lágrimas alegría, y no hay nada más bonito en esta vida que agradecer todo lo que te hizo crecer al caer.

¡Qué no!¡Qué no hay excusa que valga!¡Qué nadie te roba las ganas! Que las batallas que no ganas es porque las diste por perdidas, porque la victoria real la viviste como derrota y pensaste que vino alguien a robarte el mes de abril o el de enero o el próximo noviembre. ¡Pero no!¡Nadie te robó nada! Tú se lo cediste por falta de ganas o por exceso de equipaje, porque lo que había pesaba demasiado y con piedras nadie escala la montaña, esa cima queda lejos y el oxígeno es lo único que debes llevar en la mochila. Las excusas son barreras que justifican nuestra falta de valentía, nuestra falta de motivos para seguir adelante o frenar y dar media vuelta.

Mientras no te roben el aire, mientras no te roben la vida, mientras no te dejen sin agua, mientras tu mente piense y lo haga libre, mientras tu corazón lata fuerte y sienta bien, sólo mientras eso pase nadie te robará nada, ni abril ni enero, ni las letras del tintero.

Si eres libre, no habrá meses que se pierdan, ni borrascas que creen chubascos en tus inviernos.

Abril está a la vuelta de la esquina y Enero ya empezó pisando fuerte.

Disfruta y sé libre.

La breve historia de un suspiro

 

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  • ¿Qué es un suspiro? –

Habrá que descifrar este misterio. Los suspiros son variados, unos caen del último roto que la piedra hizo al golpear el cristal de un corazón, otros de alguna extraña sensación de vacío que se quedó perdida entre el hueco de un pulmón y una costilla, algunos hasta vienen de la falta de algo nuevo en los adentros, o del simple tintineo de una nota melancólica que se asoma a tu garganta… No se sabe muy bien porqué nacieron los suspiros, pero al salir alivian un poco esa perdida de directrices que sentimos.

Cuentan que en Venecia hay un puente, de ese puente cuelgan mil millones de suspiros enredados entre fotos de turistas que ilusionados creen que los suspiros eran de amor, y ni mucho menos. Todos y cada uno de sus suspiros son de anhelo a esta vida, de saber que ya se pierde y derramas en modo de súplica un último reclamo de piedad, por si alguien se estremece y decide perdonarte. Al final no lo vemos, pero entre lo que unos pensaron y la realidad existe una relación de sentido proporcional. Todos esos suspiros aliviaron al menos un corazón, roto, lloroso, amparado en su súplica, le quitó un peso. Al menos en esta vida, ¿te imaginas qué no te dejan suspirar nunca más? Sería como un estornudo congelado en tu interior, que jamás sale, pero… ¡dios, cómo jode!

Tu suspiro es la diferencia entre lo que piensas, lo que callas y lo que finalmente compartes con el resto. La mayoría de las veces nada tiene que ver con la realidad, el escondite perfecto para el millón de excusas que serían verborrea si no fuera por ese pellizco que te hace no decirlo y suspirarlo. Es obligación callar lo que no mejorará la realidad, pura sabiduría casual de nuestro cuerpo, así como casi natural. Sale, se expulsa y… ¡Ala, ahí queda dicho todo, en un divino y profundo suspiro!

A mí los suspiros me parecen algo bello, tierno, interno, doloroso en ocasiones, bandido en otras, delicado en sus mil formas, supeditado a la máxima expresión de cariño por alguien, entrañable cuando menos te lo esperas, suspicaz al rozarte el lóbulo de la oreja y volar rumbo al cielo en tu cerebro. A mí, a mí me parecen de todo menos materiales, intangibles. Tal vez por eso su valor sea gigante y brille en una cantidad inexacta de posibilidades. Porque un suspiro es gigante en su pequeñez, en su minúscula casualidad está su mayúscula significación. ¡Porque los suspiros molan, y uno mola más con suspiros, propios o ajenos! ¡Los suspiros son la caña! Y sentirlos, sentirlos es otra cosa, otro nivel, otro mundo. Todo es superior a lo anterior, si sientes un suspiro has tocado un sentimiento. ¡Un sentimiento! ¿Sabes lo qué es eso? Los sentimientos son diferenciales en cada persona, nadie puede tener un sentimiento repetido, no es como ponerte el mismo jersey que lleva la de al lado, ¡no!, es imposible sentir por alguien y que alguien sienta por ti. Y te dirán mil veces, ¡créeme, sé de lo que me hablas!… ¡Pues no! Afortunadamente no lo sabes, ni lo sabrás, porque lo que tú sientes y lo que yo siento son como los suspiros, personales, transferibles en ocasiones, pero nunca tienen otra posesión que la propia. Jamás nadie sentirá lo que tú sientes, ni suspirará lo que tú suspiras. Y vaya alivio, porque imagínate tener que compartir suspiros, sentimientos, lágrimas, felicidad,… no no, quita, ya es demasiado conservarlos como para regalar la mitad de lo poco que te llega.

Eso es un pensamiento egoísta, pero imagina por un segundo que compartes lo que sientes y suspiras y el lugar de dividirlo, lo multiplicas por infinitos suspiros cargados de infinidad de sentimientos. ¿Qué te parecería eso? La sola idea ya acojona, pero el reto, el reto te empuja a vivirlo. Pues eso, es la vida, suspiros.

 

Primus

Estaba sentada, masticando cada hilo del perfume de su boca. Pretendía no ser nostálgica, parecerlo tal vez. Sólo un poco. Hizo un recorrido por el mapa masculino que la convirtió en la mujer que hoy veía en el espejo. Un puntito, un lunar, un susurro en cada poro de su piel.

Unos llegaron invocando fantasmas pasados. Otros sólo fueron fantasmas desde el inicio. Hubo quien trepó y trepando se enredó entre las parras. Se perdió. Sólo fue un sueño. Alguno que otro se balanceó por aquellas piernas de sirena, se volvió loco y salió corriendo. Huyó. Al final todos huían. Entre una huida y otra, llegó quien supo traer sonrisas, el que no apostó nada que no hubiese perdido el primer día. Su sonrisa te hacía pecar, eso decían ellos. Ella nunca les creía. Asentía entre halagos y mordisqueaba su vergüenza sabiéndose ingenua. Sin encontrar sentido a las palabras que ellos dedicaban. Todos fueron pecadores con ella, pero todos buscaron la forma de no quemarse en el infierno. Ninguno quería arder en llamas y quedarse en ascuas.

Estaba tumbada, mordiendo el escozor de ese último trago de whisky. Fuerte casi avinagrado, pero suave enternecedor de sus sentidos. Olvidaba lo que fue para todos, olvidaba lo que era para ellos. Quiso recordar un momento feliz con cada uno de ellos. La brevedad de algunos era implacable con la memoria.

Estaba la sonrisa de aquel primer beso, la mirada de un perdón sin serlo, el susurro de una mala pisada, el mordisco de quién no lo sabía (que aquello era cielo con sabor a pecado). Había también un dedo suave que hacía surcos en un vientre plano, con un lunar a la izquierda. Le quemaba una brisa de besos en la nuca, entre noches de tormenta y ventanas golpeando cada espasmo de su cuerpo. Sintió un pellizco de malicia, una palmada canalla que le hizo despertar de aquel tiempo de pausa interior. Un despertar con sonrisa.

Agradecida, siguió esperando el turno de los que quedaban por llegar. Guardó su pluma en un bolsillo y dejó caer el resto. Quiso pensar quién fue el primero, quién le robó el primer beso, quién le hizo reír hasta que aquel vientre plano sintió dolor de felicidad. Cuanto amor y cuanto odio. Un sereno transparente que molía sus desvelos. Trataba de recordar cómo fue su primer “te quiero”, todas esas cosas importantes que se hacen en la vida. Esbozó una sonrisa, y de entre sus labios salió la primera, la más firme de sus palabras. Haciéndose dueña del resto de su cuerpo, le nombró y vino. Su primer hombre, su último destino.

  • ¡Papá! –