– CAPÍTULO XIII –

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No tardamos mucho en llegar a Almería, más horas de lo previsto pero llevábamos un pasajero que necesitaba mimos y descanso. Roberto había recopilado la discografía de Rosendo, un poco de Sabina y otros grandes para el viaje. Así que por música no fue. Íbamos entretenidos tratando de no pensar en cosas demasiado complicadas.

De Madrid a Almería fuimos bastante tranquilos, la conversación se redujo a ver como Germán dormitaba, Roberto seleccionaba música y cada hora y media parada para el gran mosquetero. Entre medias, yo había prometido no llevar a mis fantasmas al viaje, juré ser egoísta, tampoco me costaría mucho empeño. Era lo que mejor sabía hacer desde hacía casi veinte años, tal vez desde que nací. Pero creo que la vejez y el anhelo me estaban jugando una mala pasada. Me pasé esas casi ocho horas de viaje alargado, a conciencia con una sola imagen en mi retina. Ella y mi vieja camiseta, ella y su anciano cabello, ella y esas manos profundas que yo deseaba que añorasen un poco de esta carne desterrada, por cobarde y cobardía.

No recuerdo exactamente la hora a la que salimos de Madrid, tal vez sobre las nueve de la mañana, hicimos muchas paradas pero sobre las seis de la tarde estábamos entrando a un pueblecito de Almería llamado “San José”, era muy tranquilo. Se podía aparcar la caravana en cualquier sitio para esperar que llegase la noche y poder montar la tienda para Roberto y para mí. Caminamos por el paseo marítimo durante un rato, sobre todo para estirar las piernas que empezaban a sentirse dormidas y cuarteadas por el ritmo estático que se agarra al cuerpo cuando te toca ser el conductor. Cuando pasó un rato, el propio Germán nos pidió sentarnos a descansar. Lo hicimos, en el primer bar que vimos, sin mucha opción de elegir.

 – ¡Martín! –dijo Germán… -Cuando venga Roberto me gustaría contaros una cosa importante. –y dejó el suspense suspendido en mitad de aquel mar azulino que se crecía frente a nosotros.

– Vale, ahora lo hablamos tranquilamente. Espero que no me pidas una noche loca de sexo desenfrenado entre mosqueteros. Sería lo único a lo que no me podría negar… -bromeé para levantarle un poco ese ánimo a mi amigo, que cada vez parecía menos él.

– ¡Capullo! Podría pedirlo, pero… no sois mi tipo. Tú demasiado guaperas y Roberto demasiado rubio para mi gusto, ya sabes que a mi me pierden las morenas. –una carcajada rompió el silencio vociferante de aquel bar, y Germán empezó a brillar.

– ¡Ya la estáis liando! ¿No? –llegó el orden a nuestra mesa en forma humana, llamado Roberto.

– Sólo bromeábamos con uno de los últimos deseos de Germán. Dice que quiere tener una noche loca y desenfrenada de sexo con sus dos mosqueteros. Y yo le he dicho que no es mi tipo –Roberto empezó a mirarnos como siempre, sabíamos la frase que le recorría el coco maduro que poseía, “Estos dos no cambiarán nunca”.

– ¡No cambiaréis en la vida! –y llegó la frase seguida de un millón de carcajadas que bombeaban la sangre haciendo espirales por las mismas venas que nos habían visto crecer.

– ¡Oye! ¿Qué si me vais a escuchar? –replicó Germán.

– ¡Venga, dispara! –sonamos al unísono Roberto y yo.

– No me voy a tomar los medicamentos, sólo los que me recomendó Liber, esos que eran naturales. Quiero disfrutar de este viaje, sentirlo y hacerlo mío, nuestro. Así que os pido por favor que empiece ya, y que no me gruñáis porque no os estoy pidiendo permiso ni aprobación. ¿La primera caña, para hoy o para mañana? –sentenció firme.

– Pero… -Roberto intentó responder.

– ¡Pero nada! Si vas a hablar para tratar de convencerme olvídalo. No me moriré sin mi morena al lado, así que tranquilo. ¡Y pídeme ya esa puta cerveza que me está entrando la mala leche! –No hubo más palabras.

Después de todo aquello se hizo un silencio de esos que no son incómodos porque lo sean, sino porque en ese silencio había renuncia por parte de Germán y empeño por parte de Roberto. Yo simplemente estaba de acuerdo con Germán, quería vivir sus últimos meses al máximo y vivir este viaje acompañado de su artillería de pastillas no le resultaba nada grato.

Ese silencio duró lo que tardaron en llegar las cervezas y sus respectivas tapas. Después de eso todo volvió a ser un retroceso al pasado, a cuando teníamos veinte y nos reíamos del mundo. Se dio por inaugurado el viaje de los tres mosqueteros, con sus risas y tontadas de siempre.

Ellos dos andaban inmersos en una conversación sobre política, estado, derechos y deberes. Y yo. Yo ni siquiera les estaba escuchando. Mi silencio era un síntoma de que estaba con dos de las personas hacía las que más confianza sentía. De entre todo ese silencio sólo mío, de repente se filtró un olor a verano, a noches en pausa, a aire en los patios. Era el olor de unos melocotones que le habían traído a la chica del bar en una bolsa, imaginé que era una especie de trueque. Me sentí tan atraído por el olor que le pregunté si podía probar uno, y ella muy amable me trajo un cuenco con agua y un cuchillo. Lo pelé como si estuviese pelando mi propia piel, llegué a ver el reflejo de mí mismo en aquella piel suave de melocotón, tal vez no era a mí a quién veía, sino a ella. Quizá fuese su piel la que noté al tacto con aquel melocotón, y la vi. ¡Maldita sea!¡Vuelve!¡Siempre vuelve!. Pero es que tal vez no todo era un recuerdo bonito, puede que yo fuese quien la despellejó a ella de la misma manera que estaba quitándole la esencia a ese manjar. Y le arranqué su piel suave para terminar devorando todo su interior sin dejarle jugo alguno. De algo estaba seguro, no quedaba jugo para mí.

– ¡Martín! ¡Martín! ¡Martinito! –y me desperté de mi momento de obnubilación.

– ¿Qué?¡Joder! –contesté medio enfadado por haberme traído de vuelta al mundo. Odiaba que me rescatasen cuando me estaba haciendo trizas a mí mismo. En el fondo me gustaba fustigarme con el látigo, era una forma diferente de descargar la culpa.

– ¡Ostia!¿Qué si quieres otra cerveza?, y ya de paso no estaría mal que volvieses a este mundo. Por más que vueles no las vas a encontrar allí. –me respondió Germán con una de esas verdades que te dicen: “Sí, sí, a ti, va dedicada a ti…¡Espabila!”.

– A ver… sin malos rollos que se supone que hemos venido a disfrutar de nuestro momento juntos. –Roberto puso paz y orden, eso fue todo lo que tuvimos que objetar.

Los días en Almería fueron tranquilos. Días de adaptación al ritmo frenético de sorpresas que nos acontecían en los días venideros. Estuvimos cinco noches y seis días en Almería. Escalamos dolores, ahogamos penas en el mar y visitamos Calas preciosas, Calas donde el tiempo se paraba y nos echaba un pulso. Calas escondidas entre piedras milenarias que parecían que en algún momento te tragarían para hacerte desaparecer, exactamente igual que el tiempo que perdemos sin pensar.

Tengo un recuerdo especial porque pasamos todo el día allí, tumbados, sin hacer nada. Fumando con Germán, bebiendo litros de cerveza. Fue en esa Cala, en la “Cala El Cuervo” donde sentí como ella vino a picotear mi alma, mi carne muerta, el cadáver que quedaba de un Martín incompleto. Fue allí, donde sus susurros en forma de viento vinieron a clavarse entre mis huesos. Y descubrí en aquel momento que yo, el que a simple vista parecía más vivo, estaba incluso más muerto que Germán. Lo peor no fue eso, sino saber que lo mío ni siquiera tenía solución. Al fin y al cabo, cuando mueres no eres consciente, pero yo era totalmente consciente de mi muerte prematura. Esa Cala, esa muerte.

Había un Germán diferente, revivía por días, nos llevaba al trote. Había momentos en los que Roberto y yo necesitábamos un respiro, un descanso porque nos estaba agotando. Al final Liber, como siempre, y aunque me jodiese, llevaba razón. Ella y lo natural.

El dieciséis de Junio del 2013 nos despertamos sobre las ocho de la mañana. Había sido una noche dura, llena de pesadillas, no sólo para mí también para Germán. A mitad de la noche entré en la caravana y lo encontré allí, sentado, sudando como si cada gota fuese una lágrima por lo que dejaba.

– Ya no tengo ganas de llorar, Martín –me lo dijo transmitiéndome una paz, que supe de lo que me estaba hablando, sabía a lo que se refería.

– A veces uno no llora por fuera, sólo se hace trizas por dentro. Y se seca. –le expliqué con mis palabras, que las lágrimas no siempre salían al exterior en forma de gota de agua y que eso no significaba que estuvieses bien.

– Es que me siento derrotado, tío. He perdido la batalla, tuve mala suerte y me tocó una mala mano… y sólo puedo decir … ¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que debo hacer? Si ni siquiera tengo lágrimas para llorar. –se encogía de hombros mientras me preguntaba sus preguntas al aire.

– Ahora nada, ahora no puedes pensar. Ni siquiera aceptar. Nadie acepta lo que le pasa, sólo nos conformamos. ¿Qué te parece si nosotros seguimos dándole guerra a esta muerte? –le pregunté creyente profundamente en lo que le decía, en que la muerte nos podría ganar la batalla, pero al menos esta no iba a ser fácil. Para llevarse a Germán le costaría sudar la camiseta.

– ¡Me parece cojonudo!¡En unas horas Granada! Tengo ganas Martín. –y su deseo lo sentí casi rozando mi pecho.

– Pues ya está, trata de descansar estas horas y luego te despierto cuando sea la hora. –soné a padre preocupado por los monstruos de debajo de la cama que habitan en esas noches de desconsuelo de un hijo que sólo necesita que su padre le diga que todo está bien, y que no hay nada malo allí debajo.

Hablo de esa noche como una noche dura, porque yo me di cuenta de cómo empezaba a sentirme más padre de Germán que amigo. Sólo quería quitarle su peso y quedármelo. Unos pocos de kilos más no se notarían, total, yo seguía con lo mío. Me volví al saco de dormir, pero no conseguí conciliar el sueño, las noches de jovencito aventurero y mi espalda de abuelo empeñado en ser un quinceañero me estaban pasando factura.

Amaneció casi tan rápido que no lo esperábamos. Para la hora de comer ya estábamos en Granada, dispuestos a dejarnos enmudecer recorriendo sus calles y su Alhambra, sus miradores escondidos. Granada me traía tantos recuerdos que no sabía si era yo el que paseaba por sus calles o el Martín de hace ya años.

Íbamos paseando por Calle Elvira para subir hacía el mirador de San Nicolás, cuando de repente una pareja con dos niños parloteaban en italiano en la puerta de una tetería. Los Italianos son como los españoles, todo lo dicen a gritos. Fue entonces cuando al girarse aquella mujer, allí estaba ella: esa melena de guerrera, lacia y rubia hasta la cadera. Como si el tiempo no hubiese desgastado ni un destello de su pelo un poco amilanado con los años, el mismo rubio de hace casi treinta años, los mismos gestos. Una mirada llena de delfines saltando entre sus formas, y la exageración de sus ademanes. Me dije: ¡La conozco!… yo he vivido ese rostro y esos gestos. Y allí estaba, mirándome profundamente. Castigándome con sus sonrisa. Dedicándome la condena que era mía, un “te odio” pero ya estás perdonado aunque jamás sea olvidado.
Era Sofía, una antigua amiga de Liber, no sabía si actual, aunque por su mirada imaginé que sí. Ellas eran íntimas y cercanas, confesoras de sentimientos mutuos, conectadas por los hechos paralelos que vivieron. Sofía era una Jienense de nacimiento, aventurera de corazón, afincada en Italia hasta donde yo recuerdo. El que hoy era su pareja, Giovanni, le había dado dos hijas. Y justo hoy, en esa ciudad, Granada, el destino o la casualidad nos hizo reencontrarnos.

– ¡Sofía!¿Eres tú? –La miré perplejo. Ella dudó unos segundos, no creo que no me reconociera, supo quien era desde el primer momento. Pero dudó si seguir y saludarme o dejarme decapitado e ignorarme.

– ¡Hombre, Martín! ¡Cuánto tiempo! ¿Eras Martín, no? –me preguntó haciendo uso de un dubitativo perfecto pero hiriente, restando importancia a mi existencia, a mi paso por sus recuerdos.

– Sí, sí, Martín, el de… -Sofía me cortó la frase de una forma rotunda.

– Ya, ya, recuerdo quien eres. ¿Y qué tal todo?¿Cómo tú por aquí? –desvió el tema para que ni siquiera la “L” saliese por mi boca, vetó su nombre en mis labios de una forma sutil.

– Pues bien, aquí de visita turística por Andalucía, un viaje entre amigos. Vine hace unos días de Argentina, vivo allí. ¿Y tú qué tal? –le devolví el turno de réplica y cordialidad.

– ¡Ah, qué bien!¿Desconexión de la familia entonces, no? –y lo hizo de nuevo, metió el dedo en la yaga, lo hundió, dio tres vueltas sobre él y lo apretó con fuerza. Continuó sin dejarme contestar aquella pregunta envenenada. – Pues nada, nosotros aquí, Giovanni y yo queríamos que nuestras hijas conocieran bien a fondo mis raíces, así que llevamos dos meses de visita por España, desde el Norte hasta el Sur. Nos volvemos en dos semanas, yo sigo viviendo en Italia. Sólo que ahora vivimos en Roma, dejamos Milán cuando nació Martina y después llegó Carla… y poco más, aquí estamos, la verdad que muy bien. –en ese momento se giró y me presentó a Gio y a sus dos hijas.

– Gio, Martín, Martín, Gio… -y puntualizó: – Este es un viejo conocido. ¡Venid niñas! Os voy a presentar a un viejo conocido: Martín esta es Carla, la peque. Y ella es Martina, mi hija mayor. ¡Saludad niñas! –Al unísono y mirándome como un leproso me dijeron con voz suave: ¡Hola Martín!.

– ¡Hola! –respondí como un niño avergonzado.

Aquellos cuatro ojos se clavaban en mí de una forma desconfiada, como si supieran quien era yo y lo que sabían no les gustase demasiado. Esas dos niñas de ojos azules me hicieron sentir miedo, el miedo de quien es juzgado en medio de una plaza y no tiene opción a pedir piedad. Yo era un Braveheart en mitad de una batalla desconocida.

Todos íbamos al mismo sitio, así que decidimos caminar juntos hacía el mirador y por el camino conversamos largo y tendido. Sofía no me daba mucha tregua, tal vez era el motivo por el que estaba coartando mis ganas de preguntarle por Liber. Finalmente decidimos quedarnos en una terraza a almorzar juntos, no sé en que momento surgió la propuesta pero todos la aceptamos y el almuerzo fue muy agradable. Germán y Roberto decidieron pasear un rato mientras Sofía y yo decidimos tomar un café después de aquel almuerzo. Gio y Martina también se unieron al paseo, mientras que Carla, fan acérrima de su madre no se despegó de nosotros. Sofía me contó como había sido su vida hasta ese momento, cuánto le costó conseguir ser madre y cuántas veces pensó en tirar la toalla. Finalmente lo consiguió y el resultado de su empeño estaba allí presente, dos niñas preciosas llenas de cariño y amor por parte de dos padres que se profesaban verdadera admiración. En un momento, Sofía decidió ir al baño y me dejó con la pequeña Carla, pequeña pero no ingenua. Ella tenía esa astucia de su madre para sacar punta al lápiz y clavártelo cuando menos te lo esperas.

– ¿Y qué te gusta hacer a ti, Carla? –le pregunté por curiosidad.

– Yo pinto, me gusta dibujar. –respondió muy segura de lo que le había preguntado.

– Ah, sí?¿Qué pintas? –pregunté con verdadero interés.

– Pinto cosas bonitas, cuadros para enviar a los tíos y a los amigos de mamá, que siempre me dicen cuánto les gusta. –me respondió sabiendo que esa respuesta llevaría otra pregunta encadenada.

– ¿Y a mí me pintarías algo? –dejé caer la pregunta sutilmente.

– No, no puedo pintarte nada.

– ¿Por qué? Yo también soy un amigo de tu madre. –le repliqué.

– No, tú no eres un amigo, eres un conocido. Además a mi tia Liber no creo que le gustase que te pintase nada a ti, ¿Por qué tú eres el Martín del que tanto habla mamá, no? ¿El Martín de tita Liber? –y allí fue donde mi voz se quedó muda y no supe responder.

– Sí, supongo que soy ese mismo. No sé, dime tú que hablan y si me siento identificado te diré si soy yo o no. –jugué mis cartas de adulto.

– Bueno, verás, es que mamá no habla muy bien de ti, y tia Liber nunca es la que te nombra. Ella siempre dice que las cosas hay que saber dejarlas estar. –me odiaban, todos lo hacían. Se había creado un círculo de malestar a mi alrededor al que yo había contribuido con bastante fuerza.

– Bueno… espero que al menos hoy cambies esa visión de mí, y te caiga un poquito mejor. –afirmé enviando una pregunta.

– No sé, yo lo pienso y le digo a mamá que te lo escriba en una carta. –y así terminó una conversación entre un niño y una niña adulta.

De repente llegó Sofía, y fue curioso. Ni Carla dijo una palabra, ni yo insistí en que se supiera nada de lo que habíamos hablado. Y cuando nos estábamos levantando de la mesa, Carla inclinó su cuerpo sobre el mío y me susurró al oído:

– ¡Shhh!, es un secreto. Ella te quiere, mamá le regaña porque lo hace, pero siempre habla bien de ti y esconde secretos como el que yo te estoy contando ahora mismo.

Me quedé atónito, aquel reencuentro con el pasado fue la forma más veraz de sabiduría infantil. Y me devoró por dentro, esa suave voz y esos ojos azules contándome un secreto que llevaba demasiado tiempo queriendo escuchar. Fuimos al reencuentro de los demás, y una vez nos encontramos hicimos una despedida rápida pero de abrazos sinceros.

– Espero que todo te vaya genial Martín, me ha gustado mucho verte. –Sofía fue sincera y por primera vez guardó la hostilidad en una cajita para hablarme con el corazón en la mano. Fundiéndose en un abrazo cálido, de dos personas que comparten algo, fue como si estuviésemos compartiendo un dolor que no existía.

– Gracias Sofía, tienes una familia estupenda. Tienes mi teléfono y mi dirección, si necesitas algo o vais a Buenos Aires, ya sabes donde tienes tu casa. ¡Cuídate!

Nos dispersamos mientras yo padecía de mutismo, alguien se había comido todas las palabras que podía pronunciar en un día y me había dejado deshabitado al menos durante esa noche. No supe que decir, no supe que hacer y mis mosqueteros, que siempre sabían lo que rondaba mi mente, lo vieron. Astutos callaron y me dejaron masticar mis fantasmas sin herirme demasiado.

Parece que a veces las cosas más grandes, los secretos mejor guardados, salen de aquellos seres más minúsculos para hacerse grandes y fuertes en uno mismo. De esa manera, Liber, entró por Granada a través de los ojos de Carla para hacerse escuchar sin que nadie la juzgase. Ella nunca me dejó de querer, pero yo hice que se enamorara de otro olvidando que el amor se transforma de más a menos y de menos a más, y que aunque nunca dejen de quererte, nunca volverán a hacerlo de la misma manera cuando la herida ya se ha cerrado. Las cicatrices incomodan, escuecen a veces, pican durante los cambios de tiempo, pero no sangran. Nunca vuelven a sangrar.

– CAPÍTULO XII –

Mi vieja camiseta, mis manos subiendo hasta el cielo de su boca, ese olor a deseo de las cosas que añoramos, ese decir basta para no terminar nunca de satisfacer las ganas. Su piel desnuda al bies de mi cuerpo, sus ojos mirándome de reojo. Ese morir de plenitud cuando le hablo con mi dedo a su cuerpo, cuando entre nalga y nalga cabalgo desnudo.
Mi vieja camiseta en su cuerpo, sus hombros sobre mi frente y el terminar perpetuo de mis manos en su espalda, bajando al principio de su infinito mar inmenso.
Mis pies enredando sus pies, atrapando los segundos de unas horas que se fugaban saltando de tejado en tejado hasta la ventana más próxima. ¡No te vayas!.. –mi propia voz me despertó de un respingo.

Yo pensaba y soñaba que todo podía ser real, sin saber que la realidad estaba lejos de ser aquello que yo vivía cada noche al cerrar los ojos. ¡Maldita marihuana de Germán! Una calada y veinte fantasmas se pasean por mi cuarto cada noche. Me juré a mí mismo que no volvería a fumar con ellos.

Tomé un taxi hasta casa de Germán, me sentía agotado esa mañana y le había prometido que estaría pronto para salir a pasear o a sentarnos al banco más próximo simplemente a ver pasar a la gente e imaginar que tenían de peculiar cada cual. Llegué antes de lo esperado, pero el exceso de fraternidad entre amigos y de solidaridad con Germán, estaba acabando con las últimas neuronas que me quedaban vivas. Si seguía fumando todas las noches al ritmo de mi mosquetero terminaría por ver dragones en mis mazmorras en lugar de rubias macizas que jugaban en mi alcoba. Nada más entrar Germán vio mis ojeras, mi cara pálida y esa sensación de desplome que yo sentía pero pensaba que nadie era capaz de percibir.
– ¿Qué pasa Martinito?¿Una noche dura? –me preguntó sabiendo la respuesta.
– ¡Todas las noches son duras compañero… DESDE que me das de eso tuyo, no consigo tener una noche tranquila! –le dije dando a entender que esa sería la última noche que compartiría medicina con él.

Germán no me dijo nada más ese día, se le notaba apagado. Normalmente seguía bromeando un rato. Más tarde Ana me llamó para que desayunara con ella, entre café y café me comentó que Germán llevaba unas noches realmente mal, se aquejaba todo el tiempo de dolores y tenía pesadillas. Lloraba y le susurraba que por favor no le dejase, que le abrazase más fuerte hasta que le doliesen los huesos, PERO no de ese dolor que tenía, sino de ese dolor de Morena.
Me dio tanta pena todo lo que Ana me contaba, realmente Germán lo estaba pasando mal, lo intentaba sobrellevar como podía, pero el miedo y el pánico a la muerte le estaban llevando a hundirse estos días. Así que CUANDO llegó Roberto por la noche y nos sentamos en la terraza a conversar con un buen vino yo les propuse algo que creía que iba a darle a Germán y a todos en general un respiro de toda aquella atmósfera de miedo que se había creado alrededor de nosotros.
– Oye Mosqueteros, he pensado… -dije muy bajito.
– Miedo me das tú cuando piensas –respondió Roberto.
– Venga dispara –la impaciencia de Germán salió a flote.
– Que tal vez… podríamos hacer un viaje los tres juntos, podríamos llevarnos a Rodrigo si a ti te parece que no quieres que se pierda un viaje con su padre. O no.
– Pero… ¿Un viaje a dónde?… –dijo Roberto.
– Eso… explícate mejor –replicó Germán.
– Pues lo pensé muy por encima, pero tal vez podríamos alquilar una auto-caravana y recordar viejos tiempos viajando por el sur, de una punta a otra. No sería un viaje muy duro para Germán, estaríamos cerca de Madrid, por si nos quieren ir a ver Ana o Lucía, no sé… tampoco lo he pensado mucho más. Ya sabéis que yo no soy mucho de planear, todo sobre la marcha… -les dije dejándoles con la intriga.
– La verdad… -me dio miedo la respuesta de Roberto y Germán porque no los vi nada convencidos, pero al rato. Los dos al unísono respondieron.
– La verdad… ¡Nos parece una idea cojonuda Martinito! Y nos fundimos en un abrazo de mosqueteros que se están frotando las manos de ver la que se avecina.

Germán dijo que aunque le gustaría que Rodrigo viniese prefería hacer este viaje con nosotros, iban a ser tres semanas de ruta por Andalucía, los destinos elegidos eran: Madrid-Almería, Granada, Córdoba, Sevilla, Cádiz y para terminar Huelva, dónde nos encontraríamos con Ana y con Rodrigo para pasar los últimos días del viaje. Ana nos dio el visto bueno nada más contárselo, le pareció que Germán necesitaba salir de estas cuatro paredes y disfrutar de un poco de aire puro con sus amigos, desconectando de todo este caos de ciudad en la que se sentía atrapado en el corredor de la muerte. Eso le solía decir a Ana cada día. Y justo eso era lo que pretendíamos que cambiase en su visión de lo que le quedaba por vivir junto a nosotros. A veces el camino hacía la muerte no tiene porqué ser amargo, también puede ser el más dulce que has vivido.
Tardamos una semana en preparar todo, tampoco hubo mucho que hacer. Alquilar la caravana, en buenas condiciones, compramos un colchón cómodo para Germán. Ya que Roberto y yo dormiríamos en la tienda fuera de la caravana para dejarle comodidad al que más la necesitaba.
El 9 de Junio de 2013, los tres mosqueteros cenamos junto con Ana y Rodrigo, vino también Lucía y Amelia. Con camisetas incluidas para identificarnos, cortesía de nuestra gran morena del alma:
– Esta para Martín, mi chico de los pensamientos pasados y las grandes ideas.
– Esta para Roberto, mi chico de los silencios agudos y las verdades en el alma.
– Y esta última para el mejor de todos mis mosqueteros. Para mi otra piel, el corazón que late siempre con el mío. Te quiere: tu morena del alma.

Nos había mandado hacer camisetas para el viaje, dos por cabeza para que nos diese tiempo a lavarlas de vez en cuando. Nos conocía tan bien que hasta había tenido el detalle de grabarlas con frases identificativas. El nombre en la manga, y la frase en el pecho. Ana decía que las cosas sinceras siempre tienen que estar cerca del corazón, donde no se pierdan por el camino y donde nadie te las pueda robar. Porque lo que se piensa con el corazón, se siente con el alma y eso es lo que nadie te puede robar. Ana era sabia, era bajita, pero muy sabia.

Así que emprendimos el que sería el viaje póstumo de los mosqueteros aquel 10 de Junio del 2013. Hacía calor, pero el gran Roberto había conseguido un aire acondicionado portátil para que a nuestro bromista favorito no le faltase ni gloria bendita en la que sería su casa por casi tres semanas. E intentando no morir en el intento de volver a ser jóvenes comenzamos aquel viaje con una de Madness “Our house in the middle of the Street”, no podía ser más adecuada. Un inmenso sol que nos guiaba y la sensación de estar haciendo algo grande junto a mis mosqueteros. La música sonaba y la imagen de Germán en mi retina todavía sigue presente, su sonrisa, su felicidad, esa sensación de liberación. Roberto cantaba mientras expulsaba todo lo que había callado durante estos meses de silencio, se le notaba. Era feliz de nuevo. Y yo me sentía más pleno que nunca, tenía la receta perfecta para un gran viaje: buena música, buenos compañeros y muchas ganas de disfrutar.
Andalucía nos esperaba, sus playas, sus gentes y un sinfín de buenos momentos que recordaríamos para siempre. Este sería el viaje que marcaría la diferencia entre esperar a la muerte sentado en el sofá de casa, y hacer que la muerte se tuviese que mover un poco y nos persiguiera a nosotros con un millón de momentos dignos de recordar.

Así fue como empezó nuestro road trip. Así fue como yo guardé mi vieja camiseta junto a aquella última vez con Liber, esa vez en la que la hice mía para retenerla siempre en mi proyector de imágenes personal, como si fuese una pequeña diapositiva para mi retina.

– CAPÍTULO XI –

Me sentí perdido. Aquella mañana de resaca familiar entre amigos no dejaba de traer y llevar las risas de Amelia, las bromas de Germán, los susurros y las miradas cómplices entre Ana y mi mosquetero. La sonrisa de Lucía al ver a su tío Martín, el abrazo amigo de un Roberto agradecido por aquel momento de desconexión. Todo, absolutamente todo revoloteaba por aquella habitación como un proyector de imágenes. Fue increíble estar con ellos.
Decidimos que yo iría por la tarde a ayudar a Ana y a Germán porque necesitaba hacer algunos recados por la mañana. Llamar a los chicos a Buenos Aires, buscar algunos libros por las librerías perdidas de Madrid y resucitar algunos fantasmas que necesitaba con urgencia que me visitaran. Todavía tenía la imagen de aquella playa de Joao Pessoa en la memoria, no podía diluir ni siquiera la tinta de aquella foto, la forma de su letra. Tan redonda, tan perfecta, tan Liber.

Me levanté como pude de la que sería mi cama durante unos cuantos meses y rompí el silencio de la mañana con un grito de urgencia a mi segundo hombre de confianza, Roberto, que por la ausencia de respuesta imaginé que no estaba ya en casa. La gente decente suele tener trabajo, salir a levantar el país que le ha tocado como patria aunque ni siquiera lleven la bandera. Me di una ducha fría porque necesitaba activar las neuronas de mi cerebro atontado por las fantasías tratando así de recuperar el timón de aquellos días. Me vestí terco en el empeño de no parecer un exiliado, pero volví a parecerlo, siempre lo parecía. Fuese a donde fuese, era un exiliado de mi propia vida, no podía esconderlo por mucho tiempo. Terminé por decidir ir a desayunar fuera, a algún bar con terracita y dejar que la brisa me golpease la sesera.
Justo al bajar por la puerta de casa de Roberto había un bar, “La trovadora”, me gustó tanto el nombre que me quedé sentado en aquella terraza. El desayuno tardó unos cinco minutos en llegar pero mientras llegaba yo pensaba y pensaba, meditaba. A los cinco minutos me di cuenta de que estaba escribiendo en un trozo de papel los garabatos de lo que podía ser un intento de poesía, un amago de belleza literaria para una ráfaga de recuerdo pasajero, y decía así:

“Te encontré sumando dos más cinco y le resté tres,
multipliqué los días y le resté segundos a la vida.

Dividí entre dos los secretos a escondidas,
y me llevé tres más para restarle al tiempo.

Se me olvidó amor,
Se me olvidó, quererte.”

En realidad nunca supe querer a nadie, hasta mi subconsciente me lo escribía. Lo escupía tratando de hacérmelo ver, de una forma o de otra. Pero hasta que la vejez más interna que externa no me dejó verlo, no fui capaz de sentir, de sentir que ya no volvería a ser el mismo, ni ella estaría conmigo, ni Germán le ganaría este pulso a la vida, ni Ana leería bolas de cristal con unos ojos secos de llorar a quien fue su vida, ni Roberto dejaría de echar de menos a Amelia. Porque lo que no tienes es lo que has perdido, no lo que has dejado ir. Eso, eso es sólo lo que se te escapó.
Llegó el café, la tostada y un zumo de naranja natural. Fui rápido y veloz en terminar con todo porque necesitaba ir a mil sitios: a buscar libros, a llamar a los chicos, a enviar los paquetes y se me hacía tarde. Siempre se me hacía tarde. Finalmente encontré un montón de libros antiguos, otros menos. Los separé en dos paquetes y los envié. Llamé a los chicos, al teléfono respondió Mateo:
– Libre-café Minúscula, Mateo al habla.
– ¡Mateo! –le dije con un tono de voz de exaltación absoluta. Mi alegría era inmensa, se notó nada más pronunciar su nombre. En ese momento me di cuenta de que los echaba de menos.
– ¡Martín!¿Que tal está? –de nuevo me respondía como si no viviese conmigo, pero su voz también era de alegría, de añoranza.
– Bien, bien… los días por Madrid raros, intentando sobrellevar esta batalla lo mejor que podemos. Demasiados recuerdos, demasiado de todo amigo. Pero bueno, aquí es donde tengo que estar ahora. ¿Qué tal todo? ¿Algún problema con algo? –le pregunté
– Por aquí todo genial, igual que siempre. Daniela viene ahora en un rato, se está quedando en casa conmigo. Todo muy bien. Lo que si necesitaríamos serían algunos libros más, se nos van quedando justos los que tenemos. –me hizo una mezcla de todo que casi no me dio tiempo a digerir. Y tuve que sintetizar un poco mis palabras para que él me explicase cautelosamente todo vía email. ¡Qué moderneces!
– A ver, a ver… primero me pones un email y me explicas lo de Daniela. ¡Ay pájaro! Ya sabía yo que mi huida os acercaría a posturas más candentes. Y segundo, por los libros no te preocupes, he enviado esta mañana dos paquetes con libros antiguos y menos antiguos. En estos días visitaré más mercadillos y espero poder conseguir más. Bueno, me alegro de que todo esté bien, te tengo que dejar porque me toca ir a ver a Germán. Te cuento por email que tal todo con él más tranquilamente. –le respondí apurado porque se me había pasado la mañana volando y ya era hora de irme.
– Vale, Martín. Cuídate mucho, saluda a todos por allí y un abrazo especial para Germán. ¡Fuerza!… acaba de llegar Daniela, te manda saludos y un abrazo enorme. Chao. –vi los labios de Daniela enviando ese beso y pude olerla acercándose a mí. Vi a Mateo besándola silenciosamente para que no sonara por el teléfono y los vi felices. Me sentí agradecido por haberlos encontrado y porque ellos se hubiesen encontrado.
– Un abrazo compañero, cuídense mucho y por favor cualquier problema me escriben un email. O llamad al teléfono de casa de Germán, ya lo tienes en la libreta que hay en el cajón de debajo de la cafetera. –le recordé de nuevo.
– Lo sé, no te preocupes Martín, todo está en orden.

Y lo siguiente que escuché fue el “pi, pi, pi” de un teléfono que se había quedado vacío al otro lado. Eran las dos y media de la tarde, hora de poner rumbo a casa de Germán y Ana. Había quedado con ellos a las tres para comer allí. Pero antes quise pasar por aquel café del Barrio de Chamberí donde la vi escribiendo en aquel cuaderno, la curiosidad me hizo pensar que tal vez hoy estaría de nuevo allí. Teniendo la osadía de creer que yo sería capaz de entrar a contarle alguna excusa y muchas mentiras sobre mi vida. Al llegar al café vi un cartel enorme que ponía “Cerrado. Interesados en traspaso pregunten en la ferretería de la esquina”. No podía creer que todo lo que una vez me llevó a ella me estaba bloqueando el paso de nuevo hacía Liber. Eran señales en las que yo nunca antes había creído. El fin de una era, le llamaban algunos. Para mí era el fin de mucho más. Y la sensación de perdida fue tan inmensa, que al llegar a casa de Germán, él me lo notó y me dijo:
– ¿Qué?…¿Ya fuiste a mi entierro? –él siempre tan oportuno.
– ¡No! –contesté con enfado y desagrado hacía su broma.
– ¡Martinito con naranja, no te lo tomes a mal! –siempre con la misma broma, pasarían los años y seguiría llamándome Martinito con naranja. No recuerdo peor borrachera que aquella primera, y lo curioso es que nunca más volví a beber Martini, pero claro para hacer la broma junto con mi nombre les vino genial.
– ¡Para! No tengo ganas de bromas hoy. Estoy cansado de fingir que todo está bien, que no me duele estar aquí y verte así. Fingir que la perdí por estúpido y vosotros las conservasteis por sabios, porque visteis en ella lo que sólo yo supe despreciar. Y me duele que la queráis y que os quiera. Me duele que no sea a mí a quién quiera en esa playa de Joao, y que sus hijos no sean los míos. Y en algún momento os he odiado por no haberme contado nada sobre ella, porque sabíais que vivo exiliado de mi patria y de su recuerdo, tratando de no sentirla al acostarme y al parpadear no confundirla por la calle. Estoy dolido, mosquetero. Estoy tocado, no estoy hundido, pero sí muy tocado. ¿Lo entiendes?… –vomité aquella confesión del mismo modo que vomitaba aquel primer Martini de cuando era joven, y sentía la resaca de aquella postal como sentí la misma primera resaca de alcohol de mi vida. Y todo lo sentí junto a la misma persona, mi mosquetero. ¿Qué pasaría con el resto de resacas que me vinieran en la vida?¿Qué pasaría cuándo él ya no estuviese para mirarme y no decir nada?.
– Entiendo… -me dijo casi sin voz.
– ¡No! No lo entiendes, porque no lo has vivido. No la has cagado nunca tanto cómo para arrepentirte el resto de tu vida. No has sentido esto, no has olido su piel y al abrir los ojos no era Ana quien estaba allí, sino otra persona. Otra mujer a la que habías fingido querer cómo la quisiste a ella, ¡Cómo la quieres a ella, a tu morena!… –le quería hacer entender que no me entendía ni por un segundo.
– Lo sé Martín, pero no puedo decirte nada. Cada uno escoge lo que quiere vivir. Creo que no nos puedes culpar por los errores que sólo tú cometiste. Yo no fui quién la dejó irse. Sino tú. Sólo tú la dejaste tomar aquel vuelo a Brasil y sólo tú fuiste quien me dijo lo liberado que se sentía. Yo no soy tú, ni fui tú, ni lo sería. Lo sabes. –me habló con tanta dureza, que supe entender a lo que se refería sin contestar nada.

Ana entró deslizándose suave por la habitación para dejar sus manos sobre mis hombros. Nos había escuchado discutir, y lo único que pretendió fue suavizar un poco todo aquel conflicto interno de años sin hablar del tema. Ella me dio un abrazo y yo sentí que me entendía. Ana sabía cuánto me había arrepentido de mis decisiones pasadas, veía en mi mirada el dolor y la pena unidas a la envidia sana que les tenía a ellos, a su felicidad. Y me dijo al oído:
– Yo sé cuánto la quisiste, sé cuánto la quieres y sé que no se puede juzgar a un espíritu libre. Como aquel libro que me enseñaste, eres un lobo estepario y no se puede culpar a un lobo estepario por las decisiones que toma cuándo es lobo y no es humano. Sé que tu mitad humana predomina ahora con los años, y ese lobo joven y solitario habita en ti adormecido. Sé que hoy lo ves todo así, y crees que te hemos fallado, pero nunca fue nuestra intención. Te queremos y Germán te adora. ¡Venga anda, siéntate al lado de tu amigo y disfruta! Lo siento, siento mucho no haber sido más amiga tuya que suya. Lo siento mosquetero.
– Gracias –le respondí con los ojos encharcados por los reflejos de algún cabello rubio que se había colado en mi pensamiento.

Mis amigos habían sido sinceros. En el fondo todos llevaban razón. Nunca me habían dicho nada que no fuese verdad, hoy tampoco lo estaban haciendo. Así que decidí olvidar aquello, hacer de tripas corazón y sentarme junto a Germán. Estuvimos una media hora mirando la pantalla del televisor, ni siquiera recuerdo lo que veíamos, pero ninguno hablaba. Estábamos estupefactos frente a aquella pantalla brillante royendo todo lo que nos habíamos dicho. Y en algún punto, uno miró al otro, ni siquiera recuerdo cual de los dos miró primero. Y él, que no tenía ganas de librar batallas paralelas guardó la espada, esa que mi orgullo no me dejaba tirar nunca a tablas. Levantó los brazos y me dijo:
– ¡Dame un abrazo, cabroncete!¡No me puedo morir enfadado con mi mejor mosquetero! –destacó su gracia para salir de los momentos de tirantez. Le di el abrazo y le dije con voz cálida cuánto lo apreciaba.
– Lo siento, lo siento mucho. No quiero estar así. –me sinceré con él.
– Lo sé –respondió sin más.
– Entonces… ¿Soy tu mejor mosquetero?… ¡Verás cuando se lo diga a Roberto! –disparé con una voz picarona.
– ¡Eh!¡Esto es un secreto entre tú y yo! –puso su mano en el pecho y terminó diciendo: – Lo negaré hasta mi último aliento.

Todo con Germán era fácil, hasta discutir y hacer las paces. Nunca supe cuántas cartas se escribieron entre ellos, no le saqué el tema durante semanas. De vez en cuando se contaba alguna batallita de juventud y aparecía Liber entre las sombras, pero sólo eran sus sombras, nada más. A escondidas releí aquella postal día tras día, rozaba su letra con mis dedos intentando desgastar aquella tinta. Haciendo un amago por borrar sus palabras fingiendo que no habían existido, ni ella ni nada. Pero no pude. Todo lo que estaba pasando era real, no eran fantasmas de visita, ni susurros entre sueños. Su otra piel, la tinta, estaba allí, para recordarme que siempre lo estuvo.
Esa noche antes de irme a casa, Roberto, Germán y yo fuimos cómplices de unas risas sin sentido. Germán se estaba fumando uno de esos cigarros mágicos que le curaban el alma y lo quiso compartir con nosotros. Ninguno nos negamos, nos miramos como niños que hacen algo a escondidas y supimos que estábamos construyendo un momento para el recuerdo póstumo. Y lo fue, sin lugar a dudas, un momento de esos que no dejas de sonreír al recordarlo. Sólo dijimos estupideces, cantamos canciones de hacía mil años, hablamos de alguna que otra “fresca” como decía Roberto, que se coló por nuestra ventana para darnos calor una noche a la semana.

Me fui a la cama castigado por la vida a la que nunca supe hacer frente. Ese cigarrillo estaba haciendo que mis párpados pesados se cerrasen a golpe de sintonía de Yann Tiersen. Ni siquiera puse empeño por resistir. Al dar el último parpadeo, la vi. Pensé en abrir los ojos, pero ¡Estaba tan bonita con aquella camiseta vieja mía!, que no pude resistirme a soñar como yo mismo se la subía mientras ella trepaba por mi escalera. Entre mis manos y su piel se notó un escalofrío, descendí por sus rincones y apuré cada sorbo de su olor fresco. Cada roce de sus manos suaves era un acorde de aquella melodía de Yann Tiersen, y me llevó. Me llevó donde le encierran a uno cuando comete los pecados más graves, donde ni el propio demonio tiene llave para abrir la celda. Al lugar que nos queda a los olvidados que olvidamos por antojo que el olvido siempre vuelve a recordarnos todo aquello que tiramos. Ella vino, estuvo conmigo, se sentó a mi lado y al irse, yo me fui con ella.

– CAPÍTULO X –

Bajo todo ese mal se encontraba ahora un niño que no supo ser hombre. Un niño al que todo le venía de golpe, a una edad en la que las magulladuras duelen y marcan el resto de los días que te quedan por vivir, o mal vivir simplemente.

Hacía tanto tiempo que ella no paseaba por mi olfato nocturno que había olvidado cuanto ansiaba rozarla con el perfil suave de mi dedo. Sólo para hacerla estremecer por unos segundos. Mi espíritu de conquistador había abortado la misión. Lo único importante ahora era él. Germán. Aquel que se disputaba cada segundo de su vida dividiéndolo dentro de su ser. Resguardándose del frío con un mendrugo de pan que bien podría ser mojado en agua, a nada le sabía al pobre. Había perdido el sentido del gusto, hablaba de lentejas como si estuviese comiendo caramelos y de dulces como si lo que mordisqueaba fuesen chorizos.

Pasaron los días. Roberto y yo nos organizábamos para ayudar a Ana sin que ella fuera consciente de que todo aquel circo había sido orquestado sólo para que ellos encontrasen un hueco de paz entre tanto ir y venir de médicos y tratamientos.

Ese día Roberto y yo decidimos que yo iría primero a casa de Ana y Germán y él vendría después por la tarde. De esa forma él podría ir a recoger a Lucía para pasar la tarde todos juntos charloteando mientras disfrutábamos de algún manjar exquisito que Ana seguro ya tenía preparado. Ese día fue el principio de todo lo que empieza a cambiar el rumbo sin que te des cuenta. Sin ni siquiera apreciarlo.

Subí las escaleras hasta el quinto piso donde me estaba esperando Ana con un desayuno al más puro estilo español. Lo más español que se puede esperar. Había tostadas recién hechas, café, zumo de naranja, jamón ibérico, tomate rayado y ese aceite que al verterlo sobre la tostada parece oro líquido. En ese momento, justo cuando disfrutaba de aquel desayuno su cabello marcó el paso y se meció suave sobre mi pensamiento. Esa melena rubia de cuando éramos jóvenes volvió de nuevo, como un suspiro que se mece entre los visillos de una ventana de verano abierta. Como un nada que te encoge el estómago y te destroza las ganas de saborear tu manjar. Esa mañana Liber volvió a estar entre nosotros, lo hice sin querer. Ella siempre lo hacía así y al final parecía yo el culpable de traerla y no ella la ladrona que andaba colándose por mis grietas a cada dos por tres. Se me perdió la vista por unos segundos, y mi tostada casi cae en la ruina sino llega a ser por Ana. ¡Ay Ana, siempre en todo!

–       ¡Martín!… –exclamó llamando mi atención.

–       ¿Eh? –no sabía por dónde venía el huracán en esta ocasión.

–       Si sigues poniendo aceite en tu tostada acabarás por desayunar aceite con pan, por mí está bien, el aceite nos sale gratis. Ya sabes que a Germán todo el mundo le envía regalos de todos sitios.

–       ¡Joder, qué desastre soy! Lo siento Ana. Se me ha ido el santo al cielo. –le dije por decir algo, porque ni el santo al cielo, ni el mochuelo a su olivo. Lo que se me iba era el tiempo cuando ella llegaba a arrebatarme los segundos y convertirlos en horas.

–       No pasa nada, ¿En qué andas ahora? ¿Estás preocupado?. ¡Cuéntale a la morena que te ronda esa cabecita! –sonrió como cuando teníamos treinta y yo le contaba mis penas.

Lo curioso es que eran exactamente iguales por aquel entonces. Me quedé pensando un segundo, que habían pasado los años y yo seguía repitiendo cada pasito pequeño y ahora volvía a la vida que Ana tantas veces había escuchado.

–       Nada, estaba pensando en el Libre-café, en Mateo, en Daniela,… Espero que no tengan muchos problemas, de todas formas ellos tienen mi teléfono si tuviesen problemas me llamarían seguro. –me libré de contar la verdad con otra verdad.

–       ¿Sí?, ¿Seguro que sólo es eso? –se reiteró esa morena de ojos verdes que parecía bruja en ocasiones. Cuando te miraba sentías que estaba viendo a través de tus ojos y se estaba filtrando por tus pensamientos.

–       Sí, sí… sólo eso. ¿Qué quieres que hagamos hoy? –le propuse cambiando el tercio de la conversación.

–       Pues… no sé. –y seguimos desayunando.

Ninguno de los dos hablaba, pero ambos éramos conscientes de que había algo más en aquel silencio consentido. Es lo que tiene la confianza, hace que puedas estar en silencio con otra persona durante horas y no sea incómodo. Ana terminó su desayuno y yo estaba leyendo el periódico en aquel traste que Rodrigo me había dejado, el maravilloso mundo de Apple, un ipad de última generación que sus abuelos le habían regalado. Ella se levantó y se fue a dar una ducha. Entre tanto me puse a ver algunas postales que tenían colgadas en la nevera, a cotillear por decirlo claramente. Postales típicas, de sitios típicos con típicos imanes de todos esos lugares que la gente visita y se acuerda de ti para hacerte cómplice y fulminar el blanco de tu nevera. Entre ellas había una que nunca había visto. Era una foto, no era una postal, de una casa y al fondo se veía el mar. Un mar precioso, era un paisaje increíble. Justo en ese momento pensé que me gustaría ir allí y bañarme en aquellas aguas. En mi ensimismamiento Ana volvió a la cocina y de un respingo me espabiló.

–       Es bonito ese sitio, ¿verdad? –preguntó sin dar más opción que una respuesta afirmativa.

–       Sí, eso justo estaba pensando.

–       Pues si das la vuelta a la fotografía sabrás donde tienes que ir a bañarte y a dormir si quieres pisar esa arena. –me respondió, pero me pareció un reto más que una respuesta. Me dio miedo darle la vuelta a la foto, pero lo hice despacito.

–       ¿Es ella?… ¿Lo es? –la atraqué con mis preguntas.

–       Sí, es ella.

–       No tenía ni idea de que teníais contacto con ella, y mucho menos de que sabíais donde vivía y lo qué hacía. –me sentí herido por mis amigos. Nunca pensé que me ocultarían algo así.

–       Siempre hemos tenido contacto con ella Martín, pero nunca te lo contamos porque ella así nos lo pidió. Y entiende que ella era mi amiga tanto como tú, tal vez más incluso que tú porque yo en ella confié mucho. Viví muchas cosas con ella que me hubiese tocado vivir con otras amigas que me demostraron que no estuvieron. Y a día de hoy sigue estando en mi vida, hace poco estuvo de visita en casa. Vino a ver cómo estaba Germán y cómo iba el tratamiento. Incluso nos puso en contacto con un amigo suyo que está haciendo experimentos con marihuana terapéutica.

No sabía que decir. Me acababa de quedar sin palabras. Supongo que ellos intentaron seguir la línea del medio y no entrar en aquella ruptura. Quise pensar que Liber fue tan importante en mi vida y para mis amigos que al final todos, de una forma o de otra, la intentamos conservar con nosotros.

Al darle la vuelta a la postal sólo vi una dirección de Brasil, identifiqué el sitio, Joao Pessoa. Y creo que fue allí porque mientras estábamos en la facultad conocimos a una amiga y ella le ayudaría con todo lo necesario para crear aquel albergue, hotel o lo que fuera de sus sueños. Releí aquella foto por detrás unas doscientas veces, memoricé cada frase que ella les decía:

“Hola amiga, la vida en Joao es maravillosa. Tranquila y apacible. La gente es estupenda, nada parece preocuparles. Me encanta vivir aquí y pasearme por estos lugares. Al principio cuando llegué me costó instalarme, ya sabes, la sorpresa, el calor, asumir un poco todo… pero después de que Fede llegase todo fue mucho más fácil y la verdad tener a una gran persona a tu lado ayuda mucho. Han pasado casi tres años, parece que fue ayer cuando empezamos a estar juntos. Me ayudó tanto a preparar todo que me parece mentira que ahora estemos aquí, los tres juntos. Estamos todos genial, en la próxima te enviaré foto de nosotros. Un beso enorme, os quiere: LIBER.”

Y se despidió… así sin más. Cuando nos separamos ella se fue, y yo me quedé. Creo que todavía sigo en ese momento. Volví a dejar la foto en el mismo sitio del que la despegué. Me giré sobre mis pies y le dije a Ana:

–       Bueno… ¿nos ponemos en marcha? –necesitaba salir de aquella cocina y borrar la imagen y aquellas frases de mi memoria. Liber, Liber, Liber, os quiere… se me repetían en la mente, como un latigazo del pasado.

–       Sí, venga vamos a ir a comprar todo lo que necesitamos para preparar el almuerzo. Dile a Germán que si se atreve a acompañarnos, ¿o tal vez os gustaría ir a vosotros solos? –me sugirió.

–       No sé, espera que le pregunto. Aunque yo prefiero que nos acompañes.

Caminé por el pasillo hasta la habitación de ellos, y golpeé dos veces la puerta para recibir aprobación. No hizo falta llegar al segundo toque porque ya estaba Germán a voces haciéndome pasar.

–       Pasa joder, ni que estuvieras en casa de mis suegros. –siempre igual, no cambiaría jamás.

–       ¿Qué pasa?¿Qué tal has dormido? –le pregunté.

–       Cómo los benditos, estas drogas son la ostia. Si llego a saber que me iban a dejar drogarme a esta edad me hago viejo antes… -y una carcajada llamó la atención de Ana.

–       ¿Vais a terminar hoy o mañana?¿Me voy sin vosotros? –nos retó en un tono bastante serio.

–       No, no… espéranos. Que ya estamos. –le dije.

–       ¡Joder morena, que carácter te gastas eh!. Ya vamos, sin prisa pero sin pausa. –Germán siempre sabía como sacarle una sonrisa a su morena del alma.

–       Venga anda, no me liéis, ¡liantes!

Salimos del piso. Germán ayudado por un bastón que Roberto le había regalado herencia de su abuelo, parecía un Marqués rodeado por sus sirvientes y bromeaba todo el tiempo con eso. La verdad es que siempre que él llegaba se me olvidaba todo lo anterior, tal vez porque tenía ese poder de hacerte desconectar del mundo por completo. Se me olvidaba hasta que estaba enfermo y que tal vez pronto sólo recordaría sus bromas. No podría oírlas de viva voz.

Recorrimos ocho supermercados por lo menos. Germán se quejaba, pero en el fondo estaba encantado. Nos tenía a sus pies y encima le estábamos paseando por todo Madrid, cosa que supe que le apasionaba al ver su cara recostada en el reposacabezas del coche con los ojos cerrados mientras el aire le golpeaba el rostro y el sol le hacía brillar la calvorota. En otra época habría sido su melena, porque otra cosa no, pero era el que siempre pensamos que no acabaría calvo. Y circunstancias de la vida, fue el que antes acabó. Porque una cosa está clara, la vida nunca te da lo que tu esperas, siempre te sorprende. Para bien o para mal, te sorprende.

Cuando terminamos regresamos a casa, y entre dientes Germán refunfuñaba que quería ir a tomar una caña antes de volver al piso. Ana que siempre tenía soluciones para todo nos dejó en la esquina de casa y ella subió a preparar todo. Yo me pedí un tinto de verano y Germán un vaso de agua, decía que daba igual lo que bebiese él se imaginaba que era una caña fresquita y para dentro sin pensar en mucho más.

Me miró, y me dijo:

–       Creo que voy a necesitar algo más que tu compañía para conseguir volver a ese piso. Tal vez tus piernas no me vendrían mal, cabroncete.

–       Serás… pero dímelo joder. Sino yo no sé como se hacen estas cosas.

–       Si hubieras sido padre… tal vez lo sabrías. ¡Qué sólo te gusta picar!¡Picaflor! -me soltó la broma, pero notó que me hirió. Creo que como amigo y mosquetero pudo ver que el Martín de ahora valoraba cosas que no tenía y añoraba algunas que había perdido.

–       Bueno amigo, lo siento… nunca es tarde eh. -y nos fundimos en una carcajada que casi nos lleva al suelo.

Le agarré de los brazos con más firmeza y se puso en pié. Agarró su bastón de Marqués y caminamos despacito hasta el piso. Yo le subí al ascensor y decidí dar mi camino de castigo hasta el quinto piso a pasito firme. Mientras esperaba arriba se escuchaban los gritos por la escalera comunitaria. Hasta tal punto que hizo que finalmente Ana saliera a por él y le abriese la puerta. ¡Maldito impaciente¡ Siempre hacía lo mismo. Germán no sabía esperar. Por eso creo que quería morirse ya, el hecho de esperar le suponía un sufrimiento incluso superior al dolor que la propia enfermedad le infligía.

–       ¡Martín!… ven. –fue una orden sin duda alguna.

–       ¡Voy! –y me dispuse a caminar hacía el salón.

–       ¡Dame un abrazo! –me lo pidió con lágrimas en los ojos, y yo sentí que lo había estado deseando.

–       ¡Te estás volviendo muy tierno, no! –le puse un poco de chispa pero no había nada que achispar en esta ocasión.

–       Lo siento, siento mucho haber sabido de ella y no haberte contado nunca nada. No podía, ella fue, ha sido y es muy importante para nosotros. Pero lo siento de verdad. Y ahora que me muero, es cuando más lo siento, porque hay cosas que no te podré contar, y tampoco explicar. –me dejó con tantas dudas aquello y no supe que más decir.

–       No pasa nada, Mosquetero. A veces la vida nos pone con un pie en cada orilla, pero yo sé que tú saltarías un océano por mí. –le dije lo que pensaba y sonreí haciéndole ver que lo comprendía. Aunque en realidad no lo llegaba a entender del todo.

–       Martín… -su voz tenue se pinzó en mi pecho. Sabía que corría miedo en su llamada.

–       Dime Mosquetero –le respondí más temiendo que sabiendo.

–       ¡Me muero!… ¿lo sabes, verdad?. No quiero morirme Mosquetero, pero no se lo digas a nadie. No quiero dejar de ser un Mosquetero, dejar de ver a mi morena y a Rodrigo crecer. No quiero perderme cada fiesta con vosotros, cada celebración. No me dio tiempo a ir a Argentina, lo siento. –y se abrazó a mí, llorando. Tan fuerte que me clavó las yemas de los dedos en la espalda y sentí como su miedo se acopiaba al mío propio en forma de nube negra que nos estaba robando los segundos, las horas y los días de luz que nos quedaban por librar en aquella batalla.

–       ¡Oye!… ¡Ya!… –así no, hoy no. ¿vale? –le repliqué.

–       Vale.

Los dos nos entendimos al segundo. Hoy era un día especial, todos estaríamos juntos. Germán y Ana, Roberto y Amelia, Rodrigo, Lucía y yo. Amelia accedió a venir por verme y estar todos juntos al menos un día.

Y en ese lapsus de tiempo en el que yo pensaba mientras Ana ya había terminado de preparar todo y Roberto estaba a dos minutos de llegar. Liber volvió, no estaba allí, sino en mí. De nuevo. Mi cabeza pisó aquella playa y se imaginó sentado junto a ella en la arena, viendo al que pudo ser nuestro hijo corriendo por una arena virgen. Suave como pan rayado. Y sentí que en el transcurso de los años nunca antes, había deseado ser padre, ni marido. Pero hoy, en aquel piso de Madrid, entre aquellos amigos que a su manera eran felices. Yo quería ser padre y esposo sin serlo, y… ¿Cómo se puede ser esposo de un recuerdo y padre de un fantasma?

Me había vuelto tan viejo, tan llorón y tan humano que hasta las cosas corrientes que me parecían banales cuando era una chaval ahora me parecían maravillosas. Y los miraba a todos, sintiendo la deuda conmigo mismo. Con el Martín más teñido de plomo y piedra, con el que no amaba y no quería ser amado. A ese Martín le debo lo que hoy no tengo, lo que perdí y ya no conservo. Dicen que las personas valoramos lo perdido en la medida de aquello que conservamos. Lo que perdí no rozaba ni siquiera lo que conservo, por lo tanto. Perdí. Me perdí.