– CAPÍTULO V –

Parpadeé tres veces antes de conseguir mantener los ojos abiertos durante cinco segundos seguidos. Los conté como se cuentan las monedas del bolsillo, con los dientes apretados y haciendo pausa entre uno y otro. Visualicé el techo de la habitación, sentí la confusión adormecer mis sentidos. No conseguía adivinar en qué lugar exacto me encontraba, tampoco orientarme en cuanto a la hora. Andaba desubicado por completo, parpadeaba, miraba el techo, y alcancé a ver la hora que marcaba el reloj que Malena había dejado encima de aquella cómoda blanca junto a la puerta del baño. Las luces rojas se encendían intermitentemente marcando las siete y veintidós de la mañana. Ella ya no estaba. Últimamente siempre se iba antes que yo. Me sentía abandonado de una forma frívola y calculadora, me estaba haciendo notar su ausencia y eso me recordaba que existen cicatrices que ni el alcohol más puro curan. Las adormecen, pero no se borran. Nada de lo que vives se termina borrando.

En algún momento la alarma debió haber sonado pero yo me habría perdido en las brumas de un sueño profundo, del que no pude salir hasta un largo rato después. Me incorporé y sentado sobre la cama permanecí media hora, observando dos cosas, la ventana y mis pies. Noté que la nostalgia estaría presente en ese día, y lo peor es que ni siquiera era capaz de saber por qué.

Estoy hablando de una mañana soleada pero terca, que se empeñaba en recordarme que existen días que irreparablemente deben ser rememorados aunque en ellos sólo encuentres mistela de amores pasados. Sucedía eso mismo con todos los veinticinco de cada mes. Era un número maldito, lo odiaba como se odian las cosas que no comprendemos. Puede que yo no comprendiese ese número, un cuarto de siglo odioso en el que al mirar atrás te das cuenta de que diste pasos que nunca debiste dar, una cifra en mitad de todo y sin redondeo de nada. Un dolor en el pecho y lo peor de todo, la duda antagónica de no saber por qué sucede eso y de dónde procede ese odio al maldito veinticinco que marcó mis meses, mis años y mis intentos por olvidar. Tal vez ese fue el error más rotundo de todo esto, lo que hizo que nada fuese como esperaba. Intentar olvidar sin ni siquiera afrontar.

Respiré profundo sobre mis hombros. Apoyé los pies en el suelo. Me sentí vivo. El frío de las baldosas serpenteó por las plantas de mis pies filtrándose por los nervios que pronto despertaron mis sentidos de una forma abrupta y desordenada. Dispuestos a comenzar el día con un tono mucho menos pesimista, pero igualmente descoordinados.

Hoy era el primer veinticinco que quería cambiar el sentido. Hoy no iba a ser triste, ni nostálgico, ni siquiera andaría confundido. Aunque todos estos sentimientos se filtrasen por las paredes de mi cuerpo. Hoy era veinticinco de Junio y me había prometido a mí mismo una cosa, debía cambiar el rumbo. Al menos de algo estaba seguro, no moriría en el intento, eso nunca. Los muertos ni siquiera son capaces de escuchar lo vivos que andan. Y yo no quería formar parte de esa cuadrilla de muertos en vida que no suplican sino por llegar al final de cada día con los pantalones todavía puestos.

Caminé erguido por el pasillo, estiré mis brazos y sentí el crujir de una espalda, esa que un día fue mía, envejecer. Atisbé un poco de café desde la puerta de la cocina, y me acerqué a la cafetera para engañar al sueño y masticar un poco de vitalidad. Esa cocina era como el paraíso más divino del tercer mundo, no existía orden, pero existía una paz mundana dentro de ella. La vieja mesa de madera en el medio con sillas de anea que daban orden al verde oliva del resto de muebles con unas flores blancas y amarillas marcadas a puntitos como por error en cada una de sus puertas. No estaban por error, las dibujé yo porque las margaritas engloban dos características que yo siempre buscaba en las personas que me rodeaban. En concreto conocí a una persona que me las dejó ver al segundo y medio de conocerla. Fue ella, Liber, llevaba con soltura y elegancia, la sencillez y la belleza que marcaban la diferencia. Supongo que el día que Malena me preguntó porqué tenían que ser margaritas, la engañé diciéndole que era mi flor favorita. Y volví a hacerlo, enmascaré una verdad dentro de una mentira, y como si de una caja de muñecas rusas se tratase, así guardaba yo mi secreto. Así se escondía Liber entre mis cosas, entre mi vida.

Me detuve dos segundos con la mano sobre el tirador del mueble donde se encontraban las tazas y finalmente alcancé una. Apuré cada gota de café, lo mezclé con mucha leche y un leve toque de azúcar hasta que el olor a pan quemado me espabiló la sesera y me di cuenta de que había quemado las tostadas. Casualmente eran los dos últimos trozos de pan que me quedaban así que de un trago finalicé el café, me giré espantado por lo rápido que pasaban los minutos esa mañana y casi sin rozar el agua tibia me duché para comenzar un nuevo día.

Al llegar a “Minúscula” sentí una pereza tremenda, no tenía ganas de trabajar, y me arrepentí de pensar aquello porque luego disfrutaba mucho con mi trabajo, pero ese no era el caso aquel veinticinco. Lo principal es que no tenía la cabeza para mucho trasiego de gente. En fin, no siempre uno puede decidir, también existen las obligaciones. Levanté la verja, forcé un poco la cerradura porque se solía quedar atascada a mitad del giro de la llave y encendí las luces. No era necesario pero le daban un toque más hogareño a la librería y hacían que los clientes se sintiesen como en casa, acurrucados en el sofá. Todo estaba en silencio, los sofás y las butacas con cojines estaban vacías pero se podía escuchar el recuerdo del murmullo de las gentes de días pasados, el sonido de agradecimiento de aquellos que saboreaban el café más puro de la zona y hasta el nerviosismo de quienes estaban a punto de terminar algún libro. Era curioso, “Minúscula” era el lugar con más secretos de mi vida, y al mismo tiempo era mi meta más alta. Había llegado hasta allí impulsado por algo o por alguien y puede que esa persona nunca lo supiera y no llegase ni siquiera a verlo, pero yo sabía que ella estaría orgullosa de todo lo que había logrado aunque hubiesen pasado más de veinte años desde que nos susurramos batallas a futuro incierto.

Era allí, en ese lugar donde más se concentraba la esencia de todo lo que ella fue para mí. Y sólo en “Minúscula” su recuerdo se hacía mayúsculo.

Llegaron los primeros clientes, Malena vino a saludarme, se sentó conmigo un rato en un pequeño sofá que yo tenía detrás del mostrador para aguardar mientras los clientes disfrutaban de su estancia en mi pequeño refugio español para gentes de todos los lugares del mundo. Hablamos del tiempo, de cuanto hacía que nos conocimos, de algún que otro autor que yo había encontrado interesante en los últimos días. Pero nunca me daba coba para mucho, no le gustaba hablar de literatura, y odiaba que yo lo hiciera con ella. Entonces de repente me acarició el pelo, y se inclinó sobre mí:

–       Martín -dijo en un tono cálido, un tono del que sólo puede salir una petición. Yo temblé como tiemblan los presos antes de escuchar el primer disparo en el pelotón de fusilamiento.

–       ¿Dime tierna dama…? Miedo me das –le afirmé dejando claro que ya sabía que algo gordo se me venía encima.

–       Tú sabes que yo no quiero tener hijos, que nunca he querido, que ni siquiera me gustaría…- y yo me sentí aliviado hasta que llegó el “pero” que hace que dejes de sentir ese alivio. –Pero hay una cosa que sí me gustaría, llevamos casi tres años juntos, duermo cada noche en tu casa, me ducho allí, compro la comida allí… Lo hago prácticamente todo allí, entiendo que a ti te gusta tener tu espacio, pero… yo quiero formar parte de tu espacio.

–       Ya formas parte de mi espacio. Tienes tu cepillo de dientes allí, tu ropa en mi armario (ni siquiera le recordé que ella ocupaba la tercera parte de mi perchero, el que estaba en mi casa, en mi cuarto)… ¿No entiendo a dónde quieres llegar? –sentencié la conversación y me levanté para atender a un cliente.

Mientras el cliente preguntaba por un libro y pedía una copa de coñac, sólo podía pensar cómo salir de aquel atolladero sin crear ningún clima de tensión entre ambos. Ni dar esperanzas de algo que yo no quería. Me gustaba como estaba, no quería dejarla entrar más allá de donde se encontraba. Dejarla entrar sería obligar a Liber a salir para siempre. Sabía que no sería capaz de vivir encerrado en una casa con dos mujeres en mi espalda. No podía fingir que mientras fantaseaba con Liber estaba simplemente pensando en el tiempo o en mis cosas. No existía tal manera de engañarla, y entre nosotros, yo tampoco era tan hábil como antes. El arte de la amatoria cada día se me daba peor. Recurrir a excusas baratas no era una opción con Malena, como el tango, siempre pisaba fuerte.

Me giré sobre la barra, la miré, no supe que decir. Volví a fingir que no habíamos hablado nada mientras ella se levantó y me dijo:

–       Esta noche dormiré en mi casa, he quedado con unas amigas, te veo mañana. ¡Qué tengas un buen día! –sentenció.

Yo era bastante bueno captando las indirectas. Creo que en esta ocasión la había captado demasiado bien. Tal vez por eso me dio un miedo eterno que se fuera, porque aunque egoísta por mi parte. Al irse Malena, se iban con ella las posibilidades de sentir a Liber con los ojos cerrados. No estaba utilizando a Malena, yo la quería, me gustaba, me sentía bien. Pero cuando me tocaba sucedía que sin pensarlo ni siquiera, mis sentidos se volcaban en el pasado y la traían de vuelta. Su olor, su tacto, su forma de tocarme. ¡Dios! ¿Por qué me torturaban así?. Me estaba machacando a mí mismo y lo peor de todo es que me encantaba esa tortura, no quería que terminase nunca, porque al menos así podía sentirla de nuevo.

Conseguí llegar al final de la mañana sin pensar mucho en la “discusión, confusión, enfado” con Malena. Llegó la hora de abandonar el barco y cederle el puesto a Mateo. Llegó más puntual que nunca, yo diría que un poco adelantado, así que decidí quedarme a comer con él en la librería. “Minúscula” sólo cerraba media hora para comer, de 14:30 a 15:00, pero aquel día fue diferente. Lo supe desde que a las siete y veintidós conseguí ver la intermitencia del reloj, que sin querer me estaba avisando de la tormenta que se avecinaba sobre mí.
Nos sentamos a comer, curiosamente ninguno dijo nada. Mateo parecía apagado, como triste. Pero estaba más meditativo que triste, quizás pensativo. No sé, el caso es que los dos supimos que teníamos muchas cosas que contarnos pero ninguno era capaz de dar el primer paso. Hasta que yo por edad y cortesía, abrí aquel círculo que acabaría siendo un monólogo por turnos.

–       ¿Qué te pasa hoy compañero? –le dije sin más dilación.

–       Nada –contestó queriendo decir: “todo”. A veces Mateo era más femenino en sus respuestas que cualquier Malena enfurecida.

–       ¿Seguro? –le rebatí entre dientes. Yo odiaba mendigar explicaciones. Pero sabía que ese chaval necesitaba una conversación y en realidad yo también precisaba de otra. Puede que incluso más que él.

Tembló, dudó, giró el cuchillo unas veinte veces. Miró a la izquierda, a la derecha, cruzó sus pies… finalmente terminó por confesar lo que a sí mismo se estaba intentando ocultar.

–       Creo… verás Martín, no siempre uno sabe lo que le sucede. Yo ni siquiera sé que me pasa, pero… no sé. –No sabía responder a la simple pregunta de qué le pasaba.

–       A ver Mateo, vamos a cerciorarnos al menos de por dónde van los asuntos… ¿femeninos o de costumbres? –intenté esbozarle una sonrisa. A juzgar por la respuesta creo que lo conseguí.

–       Pues es que Señor Martín. –le miré corrigiendo la expresión. – Quería decir Martín, no sé que me sucede, pero tengo clara una cosa. Si es un tema de féminas finalmente será un tema también de costumbres, a los hechos me remito. Las féminas acaban creando costumbres en nosotros que ni siquiera nosotros mismos sabíamos que existían en sí como tales. –no me había dicho nada y me lo había dicho todo, tenía dudas, dudas de su propia existencia.

–       Mateo, las féminas y las costumbres van unidas de la mano. Aunque es preciso obligarte a entenderlas por separado sin crear costumbre. Aunque eso parezca imposible, porque lo es como tal. Sólo hay que intentar fingir que no hay costumbre, aunque al final sea obvia y más que asumible. –me reí irónicamente dejándole caer con la mirada que yo también tenía algo importante que contarle.

–       Señor Martín, que diga Martín. Usted ha sentido alguna vez que ha encontrado a una persona, a una que no podría igualar nadie. Una persona que podría ser la compañera de viaje perfecta para usted. ¡Perdón!, para ti… y de repente sientes que algo te paraliza, que no puedes avanzar con ella, aún sabiendo que ella está lejos de ser una mala compañera. Siendo consciente de que tus amigos matarían por estar en tu lugar, porque engloba todo lo que fantaseabas cuando te… ya me entiendes, Martín!

–       ¡Te entiendo, amigo!… –al darle mi aprobación no quise mostrar mi empatía con él. Lo entendía sin saber hasta que punto. Sabía exactamente lo que sentía, lo que pensaba. El nudo que le ahorcaba el estómago, las malditas ganas de no dejarla marchar que se topaban por el camino con las tremendas ganas de no volverla a ver.

De repente se nos fueron las horas, nos dimos cuenta de que eran las cuatro y veintidós minutos de la tarde, para ser más exactos y veintitrés porque un cliente furioso aporreó la puerta en busca de su dosis de lectura. Nos levantamos, recogimos rápido las cosas y dejamos pasar a Fermín, habitual de su  chute diario de costumbres españolas, café y lectura. Combinado necesario en un Buenos Aires utópico que le recordaba cada día cuántos años hacía que se marchó de España. Me giré y le dije a Mateo:

–       Luego seguimos nuestra charla de problemas existenciales. Yo tengo algo que contarte también.

–       ¡Perfecto, Señor Martín! –me contestó con una sonrisa intermitente.

–       Creo que me podrás ayudar, los buenos oradores escasean últimamente por mi vida –me lo gané en ese mismo instante asegurándome un hombro donde llorar esa noche. Esa en la que Malena ya no estaría en casa. La cual yo esperaba que fuese sólo una, y no mil.

Fermín era un español, de Cuenca, afincado en Buenos Aires desde hacía más de cuatro décadas. Sus padres emigraron a Argentina y él, que vino en capacho a estas tierras de tangos y piernas agradecidas. A pesar de haber pasado más años aquí que allí e intentando conservar su acento español del que no le quedaba ni rastro. Se empeñaba en decir y recordar, que él era español. Pero español de Cuenca, de los españoles castizos. Que no había un español más español que el de Cuenca. Que el resto de los españoles éramos, españoles de medio pelo o de tres al cuarto. Yo siempre me reía mucho con Fermín, que hablaba y hablaba sin parar, hasta que se quedaba callado y te decía:

–       Señorito Martín –nunca Señor porque no se me había conocido esposa como tal.

–       Dígame… -le respondía siempre al comienzo del diálogo.

–       Es usted una magnifica compañía pero me está privando de mi sesión de lectura de grandes clásicos de la España castiza que me corre por las venas. –siempre me hacía lo mismo. Encima de que me contaba sus andanzas y su vida, se hacía el indignado, en fin. Así era Fermín, un clásico de “Minúscula” desde que la abrimos.

–       Bueno Fermín, pues disfrute de la lectura y del lugar… ¡Para servirle estamos!. –le cerré la puerta a la conversación y se quedó con el ceño fruncido enzarzado en toda una historia de amor al más puro estilo español.

Esa tarde, Mateo y yo, estuvimos juntos trabajando. No me fui a casa, podía haberlo hecho. Pero las cuatro paredes junto con el olor de Malena me hacían tiritar de frío y dolerme en la soledad. Si pensaba en su marcha me arruinaba. Si pensaba en mi permiso para que se quedase para siempre, me demolía por dentro. No sabía que opción me sentenciaba de forma más fulminante, ambas dos me daban cadena perpetua. Y yo veía el corredor de la muerte acercarse a mi cama cada noche. Sentía a Liber levitando sobre mi almohada mientras Malena me ahogaba en la bañera por no haberle dicho la verdad. Era un ir y venir de pensamientos que no me daban descanso. Ninguna de las soluciones me parecía factible. Quería estar con una pero no estaba dispuesto a soltar a la otra, bueno o a lo poco que me quedaba de ella. Cuando hablo de la otra, hablo de la única, de ella, de Liber. ¿Quién sino…? ¿Quién sino podría hacerle sombra a un tango como Malena? Ni el mismísimo escuadrón de la muerte la sentenciaría jamás a morir en la horca. Era bella y maldita, cómo lo son todas las mujeres que acaban por volverte loco. Pero si una era capaz de volverme loco, las dos juntas me llevarían al propio manicomio de un plumazo.

Llegó la noche, con ella el momento de cerrar. De verme solo frente a mis pensamientos. Entonces decidí invitar a Mateo a que se viniese a casa para picar algo mientras tomábamos un vino en la terraza. Él que andaba más atascado que yo en un callejón de dudas, aceptó sin dudarlo. Así que giramos el cartel de cerrado, se atascó la llave al intentar cerrar la puerta pero finalmente lo conseguimos y de un empujón bajamos la verja que nos tendió la libertad en un día tedioso. Llegamos a casa, nos pusimos cómodos, abrimos la primera botella de vino. Hoy no era blanco, sería un exquisito rioja que combinaríamos con un queso de los que te dejan ese picorcillo en el paladar y siempre tienes ganas de más, de esos. Comenzamos una de esas conversaciones profundas de terraza, buenos amigos y largas horas.

–       ¡Ponte cómodo Mateo, disfruta de las vistas, y de la paz de la ciudad cuando ya no hay nada que decir! –le obligué disimuladamente a entrar en mi ambiente para que la noche prometiese una larga y amena charla entre amigos de diferentes etapas.

–       ¡Martín! –interrumpió Mateo. – ¿Sabe usted que siempre que visito esta terraza me siento como si hubiese viajado años en el tiempo y adivinase cómo me gustaría ser de mayor…? Pero siempre hay algo que me falta… -y se quedó estancando en un silencio que hirió mi ego de persona afortunada y solitaria.

–       Querido amigo, a mí me produce la misma sensación esta terraza. Me siento en paz con ella, pero me falta algo que no sé si conseguiré encontrar algún día y me temo que a estas alturas ya sea un poco tarde. Pero tengo fe en que tú, que tienes mucho camino por recorrer todavía, sabrás encontrar la pieza de ajedrez que falta en este tablero.

–       ¿Y si nunca la encuentro, Martín? ¿Y si la encuentro y no tengo el valor para hacer el último movimiento?… –noté como el miedo le paralizaba y las dudas le hacían sentir débil. Y sabía de lo que me estaba hablando.

–       Verás Mateo, uno comete muchos errores. Y durante el tiempo que esos errores se están cometiendo no piensas que lo son. Sin embargo cuando llegan a su final piensas que la próxima vez lo harás mejor. Y a pesar de todo, vuelves a repetir los mismos errores. Al mismo tiempo, con distintas personas. Yo confío en que tú, los cometerás, pero serás más inteligente que yo y aún sabiendo que los cometes no dejarás que tus propios errores te dejen vacío y hueco. Como a mí. ¿Recuerdas que hoy estaba serio y pensativo? –le recordé el momento en que yo volví a cometer el mismo error que hacía veinte años.

–       Sí, pensé que había tenido problemas con algún proveedor…

–       Para nada, nada más lejos que eso. Con la única proveedora que he tenido problemas es con Malena. Ella que me provee de tranquilidad y sosiego. A ella le debo mis preocupaciones de hoy y mis miedos de mañana.

–       Pensaba que ustedes eran una pareja moderna, de esas que encuentran el equilibrio en la madurez y no persiguen sino estar el uno con el otro sin ataduras…

–       Y piensas bien… pero no es así Mateo. No quiero que me malinterpretes. Yo quiero a Malena, la adoro, veo en ella el reflejo de la mujer a la que más he amado en toda mi vida. Aún viendo todo eso, cuando ella me habla de dormir cada noche conmigo, de despertarse conmigo, de vivir, al fin y al cabo… me entra el miedo. ¿Y sabes porqué tengo miedo?… porque un día, cuando era muy joven, tan joven e inconsciente que perdí el sentido de mis errores. Rompí algo tan grande que ni siquiera los sueños que hoy tengo lo pueden remendar. Y me da miedo que al cerrar mi vida entorno a Malena, esa otra mitad que habita en mí se acabe yendo lejos y se lleve con ella lo que más ansío, mi libertad.

–       No le entiendo, ¿Está hablando usted de costumbres, de mujeres o de estados de la masculinidad?… –cabeceó intentando entender aquel discurso volátil de un viejo senil pendenciero y asustadizo por momentos.

–       Mateo, Mateo… tú si que sabes… Hablo de una sola cosa, de una sola. No hay otra cosa que no sea Libertad. Ella no es un estado febril que asusta a los que no la tienen, ella fue real. Habitó en mí y yo en ella. Justo cuando más suyo me pensó, yo la abandoné para acabar dándome cuenta que la otra Libertad de moral, de la que tanto me creía falto, no era ni siquiera comparable a la Libertad física, que en carne ella me daba al rozar su sien contra mi pecho. Hablo de dos libertades que se mezclan en una y a las cuales yo me empeñé en separar.

–       ¿Me está diciendo… qué…?

–       Le estoy diciendo, indirectamente muchas cosas joven. Muchas cosas que le servirán para que no intente dividir las cosas que aunque nos empeñemos, son indivisibles. -cuando quería hacerme el interesante, le habla en un tono de respeto, de maestro a discípulo.

–       Pero…-titubeó y al final se atrevió. ¿Me está diciendo que está con Malena, porqué en esencia es parte de lo que perdió? Pero no quiere agarrarse a ella porque significaría perder a la que realmente quiere. ¿Me está diciendo que quiere a dos mujeres, dos mujeres reales? Usted está loco Martín, con lo difícil que es querer a una, no sé cómo se atreve a querer a dos al mismo tiempo –el joven Mateo me habló tan enfadado, que supe que se había dado cuenta del tema.

–       Le estoy diciendo que… -me interrumpió de nuevo.

–       Me está diciendo bobadas, estupideces de viejo arrepentido. Disculpe mi atrevimiento y mi reprimenda. Pero lo que yo veo en usted es a un cobarde, que perdió algo. Algo tan grande que no ha conseguido olvidar y sigue cometiendo los mismo errores aún de viejo y dolorido. Perdóneme Martín, pero usted es un necio a pesar de su edad y su experiencia. Prefiere quedarse con Malena y su comodidad, antes que pelear y encontrar lo que sintió perder antaño.

–       Tampoco es eso exactamente Mateo, yo quiero a Malena. Lo que ella me aporta y lo que me hace sentir…

–       Usted no quiere a nadie Martín, usted sólo se quiere a sí mismo… esa es la diferencia entre usted y yo. Yo sufro porque no quiero ser usted y prefiero arriesgarme antes que verme dentro de veinte años en una terraza solo, sin flores, sin mi mejor yo y sin lo más importante… sin mi vida.

–       Yo tengo mi vida Mateo, tengo mis recuerdos, la tengo a ella, su aroma y lo que fuimos… -le respondí con un nudo en la garganta.

–       Usted no tiene nada Martín, eso es lo más triste que vive aferrado a un recuerdo. A un pasado que no está aquí, ni volverá… pero en usted está que forme parte de su futuro o lo deje ir para siempre. Hay que decidir Martín, y se lo dice un joven, uno no se puede quedar en medio, porque al final se lo lleva el tren.

El vino nos estaba dando el valor para hablar claro. Mateo lo estaba haciendo. Me estaba demostrando que él sólo parecía yo, pero sólo eso, porque para nada era el yo de hacía veinte años. Él sabía que viviría períodos de soledad porque así los necesita el hombre, pero tenía clara una cosa que yo nunca tuve clara. Quería vivir su vida, no la de otros, ni soñar con la de otro. Estábamos borrachos y las verdades habían aflorado hasta herirnos a unos más que a otros. Él enamorado de alguien imposible, pero de la que se negaba a separarse porque sentía que le pertenecía en algún punto de su alma. Y yo enamorado de alguien aún más imposible, de la que me negaba a separarme porque sentía que nunca más le pertenecería en ningún punto de su alma. Y allí, rompimos la conversación y sin saberlo, las lágrimas nos recorrieron las mejillas.

–       Amigo, creo que por hoy ya está bien de sufrir. Mejor vayamos a dormir la mona, que ella nos dará el calor que hoy nos niegan. ¿Qué me dices? –le pregunté casi con afirmación, no podía seguir hablando más de Malena, ni de Libertad, ni de nadie… me estaba quemando por dentro.

–       Creo que lleva usted razón, Martín… -nos levantamos, brindamos por el último trago de la noche y cerramos las ventanas de aquella terraza.

Mientras Mateo se retorcía en el sofá moliendo cada uno de sus pensamientos, mis pensamientos me molían a mí. Allí estaba ella, triturándome por dentro sin ni siquiera tocarme. Me aferré a la almohada, la agarré fuerte, con rabia. Dos lágrimas surcaron mi rostro de viejo arrepentido, rompiendo el olor ficticio de alguien que ya no existía, el olor de quién fue Liber y hoy era Malena.

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