– CAPÍTULO III –

Fue curioso, a veces las cosas suceden, no más. Llegó una época de tregua, de paz interior y comencé a no pensar en Liber como hacía un año. Pensé que había pasado mucho tiempo desde nuestro encuentro casual en aquella cafetería, bueno más bien no fue un encuentro sino un ultraje de mí hacía ella, ya que la observé y ni siquiera hice el amago por abrir la puerta y acercarme a su mesa. Casi del mismo modo en que la observaba mientras dormía tras contarle algún cuento, cuando sólo éramos nuestros.

En aquellos días andábamos por Abril de 2011, fue un mes cálido, las temperaturas te animaban a pasear por el retiro para poder despejar la mente. Yo cerré por una temporada la librería que regentaba en la calle Azcona y decidí hacer eso que hacía mucho tiempo que había olvidado, el placer de viajar. Me dispuse rumbo al país dónde un día ella y yo planeamos que nos iríamos, aunque finalmente sólo fue ella y la acompañaron otros.

Me desperté ese mañana de 2011, hacía fresco, pero la temperatura era agradable, salí temprano, y compré un billete para Buenos Aires. Lo compré en una agencia porque ni siquiera quería tener la molestia de buscar en Internet, me daba exactamente igual el precio. Sólo quería salir de allí, escapar.

No sé porqué decidí pasar primero por allí, quería visitar la Patagonia, y sumergirme en ese lugar al que todos llaman el fin del mundo, donde el hielo y el mar se unen con la sutileza de dos almas opuestas pero entregadas a la misma causa.

Me olvidé de Liber, de todo lo que había aflorado en mi interior durante este año, dejé de salir a beber de bar en bar y disfruté de los paisajes. De las gentes tan típicas de Buenos Aires, tan españolas y tan italianas, tan diferentes a nosotros pero tan cercanas. Me gustaba Buenos Aires, quizás debería haber venido mucho antes.

Pasé diez días paseando por allí, me recorrí cada uno de los lugares secretos de aquella ciudad, cada bar, cada restaurante. Bebí mate y saboreé la piel canela de alguna que otra argentina joven que se dejó engañar por un viejo falto de amor y cariño. Tal vez me devolvieron un trozo de aquello que perdí, o de aquello que dejé perdido, tal vez abandonado, o quizás ni siquiera eso, solo confundido.

El tiempo en Buenos Aires fue maravilloso, respiraba paz, me sentía yo. De nuevo Ortega y Gasset vino a mi mente y me regaló un frase que un día yo usé con otros y con otras: No somos disparados a la existencia como una bala de fusil cuya trayectoria está absolutamente determinada. Es falso decir que lo que nos determina son las circunstancias. Al contrario, las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter.

Yo decidí culpar a mis circunstancias de mis errores, pero al final la última palabra estuvo en mí. Fue mi carácter el que cerró el camino de ella por mí o de yo por ella, nunca sabré como fue. Siempre pensé que fui yo quién cerró el camino, pero cuanto más pasan los días me doy cuenta de que ella lo cerró más tarde pero mejor que yo. En realidad, yo sólo me dediqué a pensar que estaba cerrado, que yo lo había decidido así. Y así debía ser porque fue mi decisión y las consecuencias fueron esas, o estas tal vez. No sé, en realidad eso ya no importa. El caso es que uno de los dos tardó más en cerrar la etapa, pero cuando la cerró, fue para siempre y en ese momento me di cuenta de que no fui yo precisamente quién tardo más, sino ella. Pero como todo lo que hacía, siempre lo hacía mejor que yo, la perfección era algo que ella rozaba con las yemas de los dedos y no llegaba a alcanzarla del todo pero se acercaba, ¡nunca conocí a nadie que se acercara tanto!, tampoco me molesté en conocer nunca a nadie como la conocí a ella, tal vez esa sea la clave de mi fracaso y de mi inspirada soledad.

Al final fue en Buenos Aires donde encontré la clave. Yo fui rápido pero ineficaz, ella fue realista, pausada y demasiado eficaz… tanto que se olvidó de mí dejando de gatear para comenzar a andar y no necesitar bastón al llegar a vieja. Yo que todavía no era anciano, me exteriorizaba con un bastón en la mano porque me faltaban las agallas para seguir caminando solo. Porque asumir la realidad era demasiado cruel para unas piernas que sin el empuje de ella no podían caminar. Se doblegaban al paso de los días y volvieron a sentirse firmes el día que la encontré allí, en aquella cafetería de Madrid, sin mí.

Durante este tiempo como todo lo que se va por obligación, acabó volviendo. Comencé a desnudarla varias veces por semana en mi memoria. La vi en aquellos años que dormía sin nada rozando mis sábanas con su pubis fértil, llegué a olerla. Cuando me atacaba la soledad, me aferraba a la almohada y apretaba mi rabia contra ésta hasta que sentía su olor devolverme el sosiego para volver a mi sueño en calma.

La devoré con mi pensamiento muchas de las noches en las que el tiempo pasaba de camino a algún lugar del mundo, le hacía el amor, le tapaba los ojos, le cerraba la boca y si le ponía empeño conseguía recodar el sabor de sus senos cuando mi boca se atrevía a desnudarla con nocturnidad y alevosía.

Nunca fui a aquel lugar al que planeamos ir juntos, al menos no físicamente, de forma introspectiva salté de año en año y de sitio en sitio al menos dos o tres veces por día. Pero por algún motivo, que hoy todavía desconozco decidí quedarme un mes más en Buenos Aires, para seguir disfrutando de sus gentes y del tiempo. Tiempo durante el que conocí a Malena, y le canté aquel famoso tango de Homero Manzi que otros muchos cantantes versionaron, otros muchos como Calamaro, aquel tango que la nombraba. Y me quedé haciendo el estúpido, porque otros muchos le habían hecho lo mismo.

Me acostaba con Malena cada noche en un hotel de la Calle Marcela de Alvear, no muy lejos del Teatro Coliseo, hablábamos, hacíamos el amor, fingíamos entendernos. Pero ella volvía cada mañana a despertarme. Me dormía con una y me despertaba con otra. Era como si intentase repetir los pasos que di un día cuando era joven y estúpido con una Malena con rasgos de Liber. Madura, tierna, madre, mujer, culta, inteligente y terca, como una mula pero finalmente dócil. Me daba miedo poderme enamorar y no volver a España jamás, pero cuando lo pensaba fríamente sabía que eso no pasaría, nadie puede enamorarse de un recuerdo, eso era mi amor por Malena, un recuerdo de Liber.

Hacía más de un mes que no abría mi librería y algo tendría que hacer con mi vida si decidía no volver a España. Pero ese no era el caso ahora, lo más imprescindible era conseguir acostarme y levantarme con la misma mujer cada día y dejar de ver en Malena, lo que un día perdí de ella, de Liber, de la mujer compañera que fue mi mejor yo.

La vida es un sinsentido, dejas de atropellarte a ti mismo para atropellar a otros y cuando te giras a mirar cómo quedó el cadáver te das cuenta de que están más vivos que tú.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s