– CAPÍTULO II –

Habían pasado meses desde que hablé con Matías, pero decidí llamarle porque cada mañana seguía paseando por el barrio buscando a Liber. En alguna de las cafeterías que destilaban olor a ella. No la encontré y supe que no la volvería a encontrar.

A las 16:00 pm descolgué el teléfono y me atreví a marcar el número de Matías, colgué directamente. Yo nunca había creído en los misterios del destino, ni en que las cosas pasan por alguna razón. Simplemente pensaba que las personas nunca cambian y que nadie cierra la puerta de nadie, cada uno cierra las puertas que quiere cerrar. Lo que me tenía desconcertado era el hecho de pensar que un día cerré la puerta de Liber pero en realidad nunca me olvidé de ella, vinieron muchas mujeres más, pero con ninguna conseguí dormir como con ella, y ninguna traía ese olor a paz que ella metía en mi cama cada noche al acostarse. Es curioso, seguía pensando en ella pero ni siquiera tenía el valor de llamar para preguntar…

Finalmente, el 24 de Septiembre decidí llamar a Matías, el propósito no era otro que preguntarle por Libertad, no existía nada más allá de esa intención. Lo hice.

Matías descolgó el teléfono, y me dijo…

–       Amigo, ¿qué tal estás?…-Dudé por un segundo de si me estaba afirmando algo, o sólo preguntando-.

–       Bien… -respondí sin pensar que iba más allá. Y sin querer das más rodeos, hice la pregunta… ¿Conseguiste adivinar algo más sobre ella?

–       Pues verás, en realidad, estuvo en casa con nosotros. Ha pasado unos días en Chile con sus hijos.

–       ¿Hijos?… –pero Matías hizo como si no me escuchase y continuó la explicación que yo le había exigido antes sin exigir nada pero entendiendo lo que le estaba pidiendo.

–       Ella está de regreso en Madrid ya, pero creo que por poco tiempo, está decidiendo instalarse en Brasil, al fin y al cabo la mitad de su vida está allí.

No entendí nada, ¿Cómo que su vida estaba allí?… No tenía nada que le atase a aquel país. Sentí un nudo en el estómago y quise pensar que no había nada nuevo en su vida, nada que la hubiese hecho más feliz que lo pasado. Y tropecé con el miedo de nuevo, quizás ella había logrado avanzar. Mientras yo era el único que se sentía atrapado en el pasado después de haber estado tantos años negándome a mi mismo lo que no se puede esconder.

–       Pues es que, verás, ella estuvo viviendo en Brasil muchos años. Regresó a España cuando Fede, su pareja falleció en un accidente. Pero tiene tres hijos maravillosos, Guille, Candela y Jimena. Y el mayor que es Guille prefirió quedarse en Brasil, con la familia de Fede. Por eso sus visitas tan asiduas a ese país, bueno por eso y porque viven del pequeño hostal que montaron. Y en definitiva porque al final ella se enamoró tanto de ese país como de lo que ese país le supo dar. Era muy feliz allí, ¡mucho!. No me malinterpretes, ahora también lo es, porque ella siempre supo nadar a contracorriente, adaptarse a las tormentas, superarlas y esperar paciente la calma que viene detrás de ellas. Bueno, luego están Candela y Jimena, sus otras dos hijas. Son mellizas, tienen seis años y no se despegan de ella. Ellas viven en España con la familia de Liber. Hace unos años que sus hijos son su vida y se divide entre ellos. Son su única prioridad junto con escribir, que ya sabes que siempre fue su fuerte. ¡Sigue siendo una soñadora!

Sentí por un segundo que se me cortaba la respiración, ella había logrado todo lo que soñó. Y yo, yo simplemente no logré nada, porque mi impulso era ella. Me hundí y decidí colgar aquella conversación, pero no podía finalizar sin antes pedirle el teléfono de Liber. Sabía que iba a estar en Madrid, sabía que podía verla y podía mirar sus ojos. Necesitaba ver que al menos me guardaba cariño, que existía una reciprocidad de nuevo convocada entre nosotros. Pero, me daba miedo.

Pasaron los días, las semanas, los meses. Terminó el año y yo no conseguía deshacerme de aquel número de teléfono pero tampoco era capaz de volver a irrumpir en su vida. Porque sabía que me fui dejándola a la deriva y sin flotador. Sé que no se ahogó porque ella era fuerte y valiente, y me lo demostró. Lo fue y lo logró. Había construido una vida sin mí, y yo sin ella, pero yo nunca fui feliz, nunca del todo. Tuve momentos mejores y peores, pero siempre aparecía ella en cada paso que yo daba, había algo de ella en mí y no me di cuenta hasta que la vi años después en aquella cafetería.

A oscuras me quedé y el tiempo que pasó desde entonces lo empleé en crecer, en intentar encontrar todo lo que yo mismo había perdido en el camino de estos años hasta ahora porque me sentí hueco.

A veces tardas años en darte cuenta de que hay refranes que siempre vuelven al pensamiento: uno sólo sabe lo que pierde cuando lo ha perdido. Quizás nunca pensé que la había perdido porque estaba ciego y obnubilado, férreo en su fe por mí, en su devoción por los recuerdos que le quedaban de nosotros. Yo me sentí dueño de ella, siempre. Tardé en ver la realidad de los años pero finalmente llegué a ella y el hielo me atravesó el cráneo con un punzar agudo. Justo cuando más mía la pensé, fue cuando menos me perteneció. Y así se escribe la historia, a través de hechos confusos de gente soberbia y calles a oscuras con ladrones de barrio que sin saber cómo ni porqué se topan con uno mismo y te apuñalan frente al espejo más claro del tiempo, la conciencia.

No existe mayor búsqueda que la que yo realicé después de aquellos días sin nada en la cabeza. Intentaba buscar algo en lo que pensar, alguien con quién distraerme y siempre la veía a ella. La veía como se ve el polvo en los cristales de las estaciones de trenes antiguas, la veía de una forma diferente porque miraba al pasado y sentía pena. Se dolía algo dentro de mí. Quizás fuese la mirada nostálgica de un niño que había crecido de repente sin querer, asumiendo que no todo sale como uno quiere. Y no siempre las cosas se hacen tan bien como pensamos en el momento en que las hicimos.

La búsqueda que atravesaban aquellos días en mí, porque ni siquiera yo me perdía en los días, sino que ellos se perdían en mí, hacía que todo fuese más turbio e inquietante.

Existía un ciego olor a podredumbre en todos los rincones de mi casa, a museo de reliquias encontradas en algún hueco de la memoria. ¡Qué sensación tan horrible! No había nada que me dejase luchar contra ese abandono, y yo, que tantas veces juré que nada sería más importante de lo que yo quisiera que fuera, me estaba sintiendo sobrepasado por ella. En realidad, no era ni siquiera ella la que me sobrepasaba, era yo mismo el que me estaba dejando sobrepasar por Liber o por su recuerdo. Y en cierta manera hasta podía ver sus ojos llenos de lágrimas derramarse en mí, con cada lágrima se abría una herida en mi piel. Heridas de esas que tal vez a estas alturas no consiguiese cerrar tan fácilmente como las que sentí hace veinte años cuando yo mismo la obligué a marcharse forzado por las circunstancias. Hecho que no justifica para nada ni mi actitud ni mi cobardía. En su momento mis circunstancias me guiaron de una forma mejor o peor hacía donde hoy estoy, y como dijo Ortega y Gasset: yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo. Eso fue exactamente lo que sucedió, quise salvar mis circunstancias y me acabé ahogando en ellas. Me dieron muerte dejándome inútil para siempre, inconcluso en el amor y terco en la vida. Perdido y obtuso en una marea vital que la mayor parte de los días era exactamente lo que yo había querido que fuese, en el intento de autoconvencerme a mi mismo de que era esa, y no otra la vida que yo quería.

Sin embargo, los días que con certeza veía que esa vida no me pertenecía, eran los días que más vivo me sentía. Y terminé por sentarme en un banco, en una placita del centro de Madrid, dejando caer sólo una lágrima, una solamente. Esa fue la que me dijo que había preferido vivir por nada, antes que morir por todo.

La lágrima que me reveló el secreto, fue la misma que me demostró que había que seguir peleando por lo que uno quería. Asumiendo por supuesto que cabía la posibilidad de salir de esta batalla más dañado que beneficiado. De nuevo, no todo sucede como lo pensamos y aunque mis artes ilusorias e imaginativas eran bastante buenas, también eran bastantes surrealistas y casi siempre me solían llevar a la confusión. Haciendo que me decantase por el camino más oscuro y lleno de sombras que había en el bosque de lo tercermundista. Pero, como siempre decía mi madre, no todo es malo cuando se escoge el camino más difícil, sólo hay que saber colorearlo. Plantando los árboles adecuados para que el fruto sea el correcto haciéndose esperar lo necesario. Porque con paciencia el tiempo nunca es demás, y todo llega en el momento necesario. Como la primavera, como los días de sol, como las curas de sueño, como la carcajada… como todo.

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