– CAPÍTULO I –

Fui un lobo, pero un lobo que se convirtió en perro callejero, a partir de aquel miércoles 25 de Marzo de 2010, comencé a recorrer todas las cafeterías del barrio de Chamberí tratando de encontrar de nuevo esa silueta de espaldas, traté de adivinar cada puntada de su bolígrafo sobre el papel y sentir lo que ella sentía.

Mi única tarea, como hombre de edad intermedia para nosotros y anciana para los jóvenes, mi único oficio se dedicaba a ella, en cuerpo y alma. Me levantaba cada mañana, después de cada noche de insomnio, a las 6:00 de la mañana. Trataba de aguantar un poco más en la cama, pero esos tiempos de sueños incorruptos se agotaron sin saber cómo ni cuándo, un día, hace mucho tiempo. Finalmente me podía la desesperación, abría el cajón de mi mesilla de noche y buscaba algún libro con el que entretenerme, siempre me detenía en el mismo desde hacía un mes, justo después de su aparición, “El rayo que no cesa” de Miguel Hernández, como por equivocación o por capricho del destino venía de nuevo a mis manos y cada letra, cada verso, eran ella recitándome al oído cómo de bello era el hecho de poder tener ese legado mágico para cada noche y cada día de desasosiego. Leía y releía, una y otra vez la misma poesía, “boca que arrastra mi boca… boca que me has arrastrado… boca que vienes de lejos… a iluminarme de rayos…” y terminaba por levantarme de la cama, calzarme unos zapatos, ponerme cualquier ropa que me resguardase del frío y lo lograba. Terminaba por salir de casa cada día con la misma esperanza, con una cita pendiente, volver a ver su silueta de espaldas, apasionada con su cuaderno, meditando cada palabra, sintiendo cada renglón.

Sentía que el tiempo pasaba muy deprisa, que Madrid era muy grande y muy pequeño a la vez. Que llegaría el día en el que la volvería a encontrar, entonces me planteaba si de verdad quería volver a verla, si al encontrarla sería capaz de entrar y tocar su hombro con mi mano, si ella después de todo me lo perdonaría y aceptaría por un par de minutos mi compañía. Aunque fuese sólo por cortesía. Por el respeto que te brindan los años que pasas con esas personas importantes. Por el cariño vivido, ese que yo le perdí un día en la ignorancia de mis años y de mis locuras consentidas. Ese que yo mismo olvidé al tratar de olvidarla y apartarla, destrozando lo que habíamos construido juntos, codo con codo, beso con beso, noche con noche.

El tiempo pasaba, cedía en mí algunos días más que otros y nunca encontraba el camino a casa lo suficientemente sobrio ni lo decentemente temprano como para llegar agradecido. El cuerpo de un anciano se dolía cada mañana, mientras el espíritu de un hombre joven padecía empujándome por seguir buscando lo que un día perdí.

Me engrandecía al pensar que algún día la encontraría, sentada con un gran café teniendo un montón de cosas por contarme, y sobre todo deseaba que su mirada no fuese la de alguien que no te guarda ni rencor ni odio ni amor, ni nada… la mirada de alguien que sólo puede guardarte indiferencia. Esa sensación hacía que me empequeñeciera, tras la subida de autoestima más tarde me hacía pequeño hasta tiritar de miedo pensando que todo lo que un día dije hoy se volvía en contra de mí. Veinte años después, el tiempo me estaba devolviendo lo que un día yo hice, el daño que causé y que generé.

Intenté ponerme en contacto con amigos que todavía pensaba que teníamos en común, pero todos me decían lo mismo. Llamé a Matías, él siempre decía que ella tenía una luz especial. Que era de esas personas que hay que conservar en la vida. Le llamé pero como los demás. No respondió al teléfono. Intenté localizarla a través de otros amigos, ninguno dio signo evidentes de querer ponerse en contacto conmigo. Supongo que ella era el lazo de unión entre todas esas personas y yo, todas esas personas a las que olvidé y de las que renegué enfurecido por las ansias de libertad.

Un día recibí la llamada de un número desconocido, me sorprendió ver que alguien llamaba a mi teléfono. Desde hacía algún tiempo parecía estar muerto o bloqueado por las ausencias. Había días en los que lo apagaba y lo encendía varias veces para cerciorarme de que realmente estaba encendido, tenía cobertura. En fin, todas esas cosas de los móviles de última generación.

–       ¿Si? – respondí un poco a tientas, sin saber lo que me iba a encontrar al otro lado del teléfono.

–       ¿Qué pasa compañero? ¡Cuánto tiempo sin saber de ti!…

La voz me era tan familiar, pero no terminaba de ponerle rostro, ni recuerdos… y al guardar silencio durante unos segundos opté por la vía directa y sencilla.

–       Perdona que te pregunte, pero es que me pillas un poco desubicado, no termino de saber quién eres…

–       ¿Cómo no puedes saber quién soy?… ¡Soy yo! Matías… parece mentira que se te olvide mi voz. ¿Qué tal todo Martín?…

–       Pero bueno Matías, que alegría me da escucharte, ¿Qué tal todo? Cuánto tiempo hace que no hablamos, dos o tres años… tal vez más?. – Entonces fue cuando mi amigo me recordó que hacía casi 10 años que no hablábamos, que me escribió varias veces para ver qué tal me iba la vida y yo no contesté, que él se mudo a un pueblecito del Sur de Chile y vive allí con su mujer y sus tres hijos, que me llamó para ir a la boda, y a los nacimientos, y a tantas cosas… Fue entonces cuando me di cuenta de que me había perdido, lo había hecho de forma insólita y comencé a caer en la cuenta de las muchas cosas que me habría perdido, momentos, abrazos… y me sentí solo.

Aquella conversación con Matías duró una hora o más. Me contó su aburrida, pero interesante vida de padre de familia. Enamorado de su mujer, la misma desde hacía más de veinte años y me recordó que ya no éramos jóvenes y atrevidos. Por un segundo me estableció en un punto de mi vida en el que yo nunca pensé que me vería. La soledad que él me mostró me hacía herida, una herida hueca que resoplaba eco al hablar y cuando tosía quebraba las costillas de un solo toque. Entonces en ese momento supe que debía preguntar…

–       Oye, tú recuerdas cuando vivíamos juntos y ya sabes, esa vida de estudiantes empedernidos…?

–       Sí, hombre, que buenos tiempos, ¡cómo no voy a recordarlos!¡Es imposible!.

–       Pues me preguntaba si todavía recuerdas a aquella chica con la que yo solía salir, que pasaba temporadas en casa…

–       ¿Quién? ¿Libertad? ¿Liber?… –y una risa picarona salió por el auricular del teléfono y me atravesó el tímpano-. ¡Claro que la recuerdo!… Como no voy a recordarla, sigue siendo mi amiga. Ella vino a mi boda, y al bautizo de dos de mis hijos. Todavía nos escribe cartas. Ya sabes que amaba el papel por encima de todo, no cree en las tecnologías, dice que aplastaran los sentidos y nos harán perder el olfato. Aunque hace mucho que no sé de ella, lo único que puedo asegurarte es que a pesar de que odiaba Madrid, sigue viviendo allí, trabaja como redactora en una revista no comercial y tiene un hostal en Brasil al que va una vez cada dos meses y pasa allí un mes para controlar un poco. Aunque a veces se queda temporadas largas… -De repente Matías hizo una pausa y preguntó-. Pero… ¿A qué viene tanto interés por ella ahora?… no…

–       No, no, no pienses cosas raras. Creo que la vi hace tiempo en un bar de espaldas y me preguntaba si sería ella. Supongo que era, nada más… -mi miedo a revelar la realidad volvió a asaltarme, y volví a hacer lo que hace veinte años hice con ella de nuevo…-

–       Ah, vale… pues sí, pero creo que lleva como tres meses en Brasil. Es que ya te digo, hace tiempo que no sé nada de ella. Pero si te interesa saber de ella, puedo escribirle y contarte.

–       Bueno, no… sólo era por saber, tampoco es algo… no sé. No le des más importancia.

Lo había hecho, aquella llamada con Matías terminó como terminan todas las cosas en mi vida, con cobardía y sin remedio. Cerré los ojos y golpeé mi cabeza contra la pared, no entendía porque estaba volviendo a hacer lo mismo que hacía veinte años, repitiendo los patrones de una vida pasada. Mi terapeuta me lo decía en cada sesión, tenía tantos miedos, tantos prejuicios que todo eso me impedía vivir mi vida como realmente quería y el único perjudicado era yo. Ese hombre débil que blandecía con los años, que se atropellaba a si mismo en el silencio de la noche. Cuantas veces le repetí a las personas que no se podía vivir en el pasado, ¿Cuántas?… Ni siquiera las recuerdo, y ahora, con el paso de los años me doy cuenta de que uno vive del pasado porque es lo que ha forjado tu presente y no hay cosa más grande que poder seguir manteniéndote vivo aunque sólo sea con migajas de lo que fuiste. Aunque ese pasado sólo te sirva para ver que los errores hay veces que no se pueden corregir.

Estaba claro, ella, había hecho su vida. Había logrado sus sueños, los había acoplado y mimetizado hasta llegar a una paz emocional que no le podía dar nadie. Porque nadie sabía lo mucho que ella esperaba de la vida, y lo poco que esperaba de las personas.

Terminé por agotarme aquel día dándole vueltas a mi cabeza y sentando mi cuerpo sobre un montón de libros que usaba como sofá para meditar mientras me atormentaban mis errores pasados. Mientras yo mismo me castigaba por ser un necio y haber perdido cosas importantes. Es cierto… yo no la amaba, la dejé de amar el día que ella me dijo que me pertenecía. Me dio miedo ser el dueño de alguien. Pero era joven e ingenuo y no supe entender esas palabras que hoy analizo desde fuera consiguiendo ver sin roce de erosión.

Después de cuatro horas comiendo y bebiendo en la misma postura, mis músculos comenzaban a perder el relax y se estaban entumeciendo. Esas cuatro horas me habían dado para mucho. De hecho conseguí sentir como las hormigas que subían por mi espalda adormecían mi cerebro y me dejaban aletargado sobre aquella montaña de libros que formaban un colchón perfecto.

Desperté tres horas más tarde, el día había pasado, la noche estaba a medias. Yo, seguía dándole vueltas a la conversación con Matías, a las palabras que Liber me repitió aquel día “yo soy tuya hasta que tú quieras que lo sea, y te querré hasta donde mi corazón me deje…”. Soñé con ella, la vi, me acerqué, la besé, la abracé y se desvaneció… al despertar estaba empapado en sudor. Pero los años y la añoranza me hicieron comprender esas palabras. Ella no se refería a que nos perteneciéramos en el sentido estricto de la palabra, se refería a que éramos conscientes de que cuando estábamos juntos nos fusionábamos, y no existía nadie más. Ahora creo que ella nunca quiso poseerme, sólo quiso quererme y yo me negué a ello, me negué porque quizás nunca sentí que fuese lo suficientemente bueno para ella como para que me diese su vida y todo lo que conllevaba. Me negué a quererla y a que me quisiera, y la aparté de mi vida dejando en ella el sentimiento peor del mundo, la indiferencia.

Por eso sólo espero, que ella no me devuelva la misma indiferencia con la que un día yo la golpeé.

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