Postales…

 

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Ayer enviaron una postal. Un SOS transparente. Tenía un remitente anónimo. Un sello sin tinta. Una lágrima por firma.

Ayer me regalaron un beso. Llegó volando, supo a cariño lejano, se sentó en mi mejilla para mecer alguna lágrima. Y cuando tuvo suficiente, secó alguna humedad prominente y dijo adiós.

Ayer todas las postales de mi pared tenían el sello de tu huella dactilar. Imagino que todas vienen de ese lugar del mundo donde sólo tú sabes que estás. Otras quieren ser el lugar donde encontrarte, se dibujan las cosas que más te gustan por si decides volver, que todo sea como antes. Y todas las postales son tus lugares favoritos, todas huelen a cerveza y a pitis, a humo, todas, huelen a ti.

Las postales con las que voy a escribir que hoy te tuve cerca, rozaste mi mejilla pero al ir a abrazarte perdí el sentido de la anatomía y  dejé de ser forense en este cuarto, este en el que desde que no estás el frío pesa sobre la colcha cuando cae la noche y los sueños se transforman en pesadillas cuando abro los ojos. Hay un bisturí asfixiando mi pecho y perforan el costado algunas frases mediocres, dichas en lugares banales, queriendo ser hijas del pasado para no ser huérfanas del presente.

De día las postales son diferentes, de noche todas son el grito de Munch esperando ser rescatadas. Las canciones no hablan de ti, pero suenan a ti, hablan de la misma forma en la que tú me hablabas tratando de hacerme ver que siempre puede ser primavera, que el invierno es la época en la que todos queremos a alguien que nos abrace fuerte para que el calor nos llegue hasta los pies, aunque hagamos trampa y pongas la estufa debajo del nórdico para encender una hoguera sin fuego que llame a mis noches para unirse a las tuyas.

Y en las ventanas, el sol nunca deja de entrar, cuando en silencio veo tus dedos escribir un mensaje en el cristal, sin el eco de tu voz, sin el vaho de tu cuerpo.

He aprendido a soportar la presencia de otras postales en la pared, postales de desconocidos, con letras que no reconozco y mensajes en los que nunca naceré yo, mensajes sin carmín al final, mensajes sin melancolía y enfurecidos por no poder ser tú. He aprendido a meter postales en botellas, y ahora los náufragos cuando encuentran la botella, sólo descifran el lugar. He decido regalar imágenes al mar, a desconocidos para que todos puedan venir a nadar a otra orilla, a otro mar, donde las olas nos mezan juntos y tu recuerdo me cante una nana para dormir flotando  entre la sal de alguna otra playa, entre la espuma de la que fue nuestra mejor ola.

Las postales y el secreto de los mensajes encriptados entre lunares y pecas, esos que nos pertenecían antes de que fuesen incluso nuestros. No sé de dónde salieron las mías, creo que tú las hiciste aparecer con alguno de tus besos en mi espalda, en mi hombro no caben más salvavidas, los besos se ahogan sin pecas a las que abrazar y los niños buscan lunares que robar para regalar a sus madres. – Eso, y postales-.

 

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