Cuando las arrugas nos quemen, arderemos.

Cuando dos cuerpos erosionados por las gotas de saliva compartidas, despedacen las muescas que agrietan sus pieles deshilachadas y vueltas a coser con los dedos del que sostiene al otro.

Cuando yo vuelva a ser niño y tú adolescente a mis ojos, me pierda en tus pupilas cortando un trozo de tu carne entre el alboroto que siguen sintiendo mis venas al saber desconocido de tu presencia, el ardor de mis pulmones al respirar el aire con que tú me vuelves a quemar.

Daré volteretas entre la esquina que va de tu colchón al mío, pero no caeré al vacío porque en el final del río, el agua que limpia mi cuerpo cae del sudor dormido de tus pechos, del calor ausente de tu sonrisa perdida, del maltrato con amor que le seguimos dando a lo que hoy queda de nosotros en este mundo, al roce de tus huesos exclamando que no le roce la muerte antes de llegar al misionero con menos paz que hayamos hecho.

Cuando yo sea el resto de lo que sobra en tu plato, el trozo de papel sin tinta, la tumba que no existe en tus penitencias. Cuando todo eso no exista, ni llegue, yo seguiré contando tus lunares, bebiendo de tu risa y doblando cada pliegue que amuralla los años de todas las batallas que jugamos siendo amigos y enemigos.

Cuando yo sea ceniza, tú serás polvo colgando de algún abstemio que te llore. Y yo seré de ti, lo que tú serás de mí, silencio.

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