Lugares comunes

En tus senos la vida parece correrse, da empujones al resto de días que se posan estáticos.

Los pulgares de mi infierno hacen huelga por quedarse entre tus nalgas, por ser del tiempo un etéreo movimiento.

En la dehesa que alberga tu ombligo cabalgan tornados de mariposas llamando a mis ojos, al deseo que se ahonda en mi memoria, el calor que me provocas cuando no dices nada.
 
En algún lunar de tu confín de tesoros encontré el “cáliz” del que no debía beber. Bebí y pequé sin el cuerpo de cristo. Grité su nombre en vano y juré por todos sus santos. Y dije tu nombre porque no existe otro dios que tu carne, no hay otro templo más sagrado que el que siento en las sábanas que no lavo.

En la saliva que se apaga en mi almohada cuando la aprieto mientras te aprieto a ti con ella.
 
En el oasis desierto de tus palabras corren las aguas más dulces de boca en boca y ahogan a golpes la sed que no tenían.
 
En ese lugar, el reloj no mide el tiempo y girar, gira. Pero al contrario. Y los lunares que te visten son aquellos que me descubren las Américas.

En el lugar, donde te encuentro,
el mundo está caótico y a mí me parece bello.

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