El querer que no se cuenta…

Quiero que me dejes respirar, saber como es el estar sin pensar, el pensar sin saber como será.

Quiero revolverme por dentro y no encontrar un pensamiento que no me afile el cuchillo, saber que quiero seguir queriendo, que lo que se apaga se aviva con el aire de tu boca, con el soplo de la llamada de auxilio.

Quiero que mi madre venga, que me arrope y suene a nana, que nadie meza mi cuna sin sus pechos descubiertos, ser de ella y no de otro. Que la oreja que me acune le pertenezca y me la alquile sin fianza.

Quiero no sentir cuando duele, saber que sin el miedo esto no muerde, que no hay pellizco si no llega. Que los golpes no duelen a expensas del que aprieta el puño y al cerrar los ojos esto no será un nudo, sino un barco velero que navega entre los miedos que son de otros y yo los pido, los regalo a quien se quiebre una pata por mi espanto, al que aullando mis males lama mis heridas sin saber su procedencia.

Quiero que no preguntes, que derroches y no seas fantoche, que no asustes con tus vaciles y acaricies mis heridas siendo solo cicatrices, que no escueza la baba que argumenta mis caricias y se temple el calor que odia mi odio por dentro, el que mata si lo dejan, el que aprieta si le dan rienda.

Quiero que sepas que no quiero morirme si te matas, que matarme contigo es un testamento que aún no he escrito, que le falta la firma y el subjuntivo, el apelativo de tu nombre y hasta el falso juramento. Que no se apagan los días por ser más invierno y las noches no se ahogan si son de chupitos de tequila, que la vida pasa a prisa y yo me pongo lenta, que no existe una novena sin el décimo para rematarla, que las vírgenes no son de hoy, tal vez de mañana. Y no digo que no exista, ni dios ni padrenuestro, yo le rezo a mis bostezos y me quejo de mis penas, por si al final del día termina por terminar el olvido y acaba matando la pena.

Que yo, quiero querer no quererme, maltratarme los lamentos y apagarme a fuego lento o cruzado con tus besos, pero irme sin nada, con la calma del que asume que le toca, callar por no hablar del tiempo.

Anuncios

Insomnio

IMG-20150319-WA0004

El insomnio que persiste en mis pupilas son las lunas que le roban verdades a mis sueños. Lo que oculto tras tu tercio de cerveza se convierte en pataleo.

Insomnio es que yo me empeñe en dormir cuando sólo quiero hacerlo contigo, cuando las noches son de nanas mecidas al viento de tu huida. Al costillar vacío del poco acierto con que me ciego al querer que quieras querer conmigo.

Insomnio son los duros que se venden por pesetas, las puntadas sin hilo que bordan los pliegues de una falda prestada y el pie torcido con que apunto mis pisadas, erróneas, equivocadas.

A derechas me confundes, pero a izquierdas yo me pierdo. No hacen falta las madejas, yo me hago telarañas con la lana de tus dedos y perdono lo que sea si se cose con la aguja de tus besos en el seno de mi sexo. De esas manos que derraman fuego en algún volcán de lo que es isla de un corazón que galopa, que relincha y destroza las palabras apuntando verborrea. Que vomita ganas sin terminar su tarea.

Insomnio es lanzar una moneda al aire con dos caras y perder la apuesta. Vaciar el colchón de temporada y dibujar un olor en la almohada que sostiene temblorosa las caricias que palpitan a tu espera. Al incondicional rugir de alguna fiera.

Es correr hacía el agua, saltar al vacío y que debajo, sólo haya agua. Y que después de todo, no haya otro lugar con más sentido que las mareas que me abrigan este frío.

Lugares comunes

En tus senos la vida parece correrse, da empujones al resto de días que se posan estáticos.

Los pulgares de mi infierno hacen huelga por quedarse entre tus nalgas, por ser del tiempo un etéreo movimiento.

En la dehesa que alberga tu ombligo cabalgan tornados de mariposas llamando a mis ojos, al deseo que se ahonda en mi memoria, el calor que me provocas cuando no dices nada.
 
En algún lunar de tu confín de tesoros encontré el “cáliz” del que no debía beber. Bebí y pequé sin el cuerpo de cristo. Grité su nombre en vano y juré por todos sus santos. Y dije tu nombre porque no existe otro dios que tu carne, no hay otro templo más sagrado que el que siento en las sábanas que no lavo.

En la saliva que se apaga en mi almohada cuando la aprieto mientras te aprieto a ti con ella.
 
En el oasis desierto de tus palabras corren las aguas más dulces de boca en boca y ahogan a golpes la sed que no tenían.
 
En ese lugar, el reloj no mide el tiempo y girar, gira. Pero al contrario. Y los lunares que te visten son aquellos que me descubren las Américas.

En el lugar, donde te encuentro,
el mundo está caótico y a mí me parece bello.