Paraísos

“Fue cuando comprobé qué murallas se quiebran con suspiros y que hay puertas al mar que se abren con palabras” – Rafael Alberti

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p style=”padding-left:150px;”>En el edén no había “Evas” ni “Adanes”
más cabrones que holgazanes,
más sublimes prostitutas que hadas con batuta,
el pecado no era manzana, y la serpiente no mordía,

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p style=”padding-left:150px;”>Encima de tu piel el aire,
debajo de la mía el tiempo,
las ganas de romperte por dentro,
de morder hasta el monte más alto de tu cuerpo.
De probar el sabor del sudor que no huele a exceso,
que se sabe a manjar y se huele a éxtasis en tu boca.

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p style=”padding-left:150px;”>El botón que me abre paso al desquicie,
al saber sin pensar, al sentir sin respirar.

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p style=”padding-left:150px;”>En el edén del salón de tus padres se aceleran las tormentas,
no llueve porque diluvia, y los cuerdos se quedan fuera,
porque en el salón de tus padres mordernos es como empezar el abecedario por la “z”.

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Historia de un abrazo

“Cuando los pasos son de dos pares, los caminos siempre encuentran alternativas… porque correr no es una opción, o caminamos o saltamos en los charcos”

Esa mezcla de refugio y bienestar, el cariño que no se comparte hasta que estalla esa sensación de hogar. De saber que has vuelto a tu patria, de la que nunca debiste salir sin el traje de protección para el fuego. Al hogar del que no hay que alejarse, porque volver es saber que has vuelto a ganar.

Ese suspiro que enredado entre recuerdos va dibujando carcajadas por mitad de alguna calle, y Madrid se parte el pecho y nosotras le tratamos de rizar el pelo. Unos follan mientras nosotras nos mofamos de lo mal que ya lo hicimos, y los jóvenes parecen cansados mientras los viejos empiezan a ser adolescentes que se besan en los parques.

Ese lugar donde yo me encuentro, me hago pequeña y tú me mimas. Donde nadie me vendrá jamás a quemar, porque el único calor que me llega en esos brazos es el que se traspasa de tu epicentro al mío, bombeando juntos una melodía de bienvenida.

Ese momento donde las lágrimas son de a dos, tus brazos agarrándome mera prolongación de los míos. ¡Suerte qué todavía sigas aquí! Siempre esperando el momento de derrumbe para golpear suave tu zapato en el asfalto que me espera.

  • ¿Y el salvavidas? – te grito.
  • El salvavidas está debajo, pero no te preocupes, yo salto primero por si falla que no caigas al vacío y te agarro por el brazo. – me contestas.

Firme, manteniendo los pilares que algunos días se van haciendo vallas de salto en carrera de atletismo, eso es la vida para mí cuando termino de tomarme uno, dos, tres y los vinos que hagan falta a tu lado. Una continua carrera de velocidad sin miedo, sin prisas pero sin pausas.

  • ¡Vamos a darle caña a esto, Cris! – te digo.
  • No Cris, la caña ya se la dimos. Ahora vamos a pensar bien, y a pisar sobre seguro. – me respondes. (Menos mal que además del tiempo, también pasó la cordura por tu cuerpo).

 El abrazo. Los amigos. En fin, esas cosas que saben a jamón de pata negra en esta vida.

Tu abrazo, es ese lugar en el que yo me pierdo, dejando de ser lo que finjo para ser lo que siempre fui. Lo que ya estaba cuando tú llegaste, cuando te hiciste fuerte dentro del búnker que yo misma me compré como vestido de fin de carrera.

¡Qué sí!¡Qué existes! En mí y en todos, en cada soplo que uno da afincando la mirada en las punteras de sus zapatos. En ese momento, apareces para hacer que levantemos la vista y marcar el rumbo de lo que viene.

  • ¿Dónde está el siguiente paso? –te pregunto.
  • En el filo de tus labios, en la luz de aquel movimiento que te hizo hacer letras con los hilos de quien se acercó sólo para abrir heridas sin poner reparo.–me respondes.
  • ¿Y si se me acaban? –dudo.
  • ¿Las letras o las heridas?
  • Las dos
  • Te hago un libro y te compro las farmacias de Madrid para que no te falten tiritas, y el dolor se quede en ellas –y pones el punto y final.
  • ¿Y el karma?
  • El karma se te cura con un beso, mi niña.

Y así, sin quererlo, yo me pongo el talismán y se acaba el mal que entró por alguna ventana de Segovia y lo largas a patadas por la ventana que hoy en día nos deja asomarnos a mirar como camina Madrid, sus gentes y nosotras.

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El que seas grande en mí, es porque fuiste grande mucho antes de que yo llegara. Porque has crecido con los pasos despacito y has vivido los errores y el maltrato de lo agrio de la vida. Lo que aprieta y lo que asfixia, lo que nadie te contó que pasaría. Pero apúrate, que esta vida es sólo una, y yo no pienso vivirla sin que te quedes. Si te vas, llévame contigo.

A Cristela, que siempre supo cuando volver, que nunca terminó de irse. Para que sepa que no hay ojos más bonitos que los suyos con esas gafas de pasta, para que aprenda a ver más allá de sus cristales.