El sapo

Cumplió el tiempo su rotundo “sí” en el espacio,
el hueco milimetrado entre ser polizón y marinero.
El nacimiento extenuado de una sonrisa o mi lágrima.
La falta de caricias entre los vectores de mi arruinada melancolía.

Ser madre y no tener leche para el lactante,
ser patria y no dar cobijo a quién necesita cama,
ser amor y no derramar cariño en los cauces de tu boca,
ser vida y no respirar profundo para llegar a una muerte dulce.

Sentencias de mordiscos que van caminando despacio por las sendas angostas de tus caderas a mis manos,
subidas eternas por laderas que se giran resbalando los esfuerzos que sostienen el amor con que te mimo.

Cumplió el que acaba el minutero su “no” estepario en el cubrir de unos soles sin lunares, sin tiempos de descanso y sonidos de caracolas enredadas en tus rizos. Y al caer la noche se acabó el día, se cerró el vino que timbreaba tu puerta para abrir mi ventana.

Si finjo que no existes en un giro de tuerca sin movimiento para acabar fingiendo que no finjo que tus ondas son los timbales de mi ritmo.

Que no existe un pensamiento que no ronde el estanque en el que mis peces se ahogan y una rana se convierta en la dueña de esa charca.

Y los sapos que no llegan serán los príncipes que me extirparon tus escamas. Escurridizos tiburones con tu nombre.

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