Noviembre

Si te paras en seco, fría como un tempano de hielo.
Dejando mi respirar fundiéndose con el soplo de una brisa de otoño.
Tus dedos puntilleando mi nuca, aterciopelada por la bruma caída sobre las tempranas sospechas.
Aquello que vino dado, sin esperar que se diese por ninguna circunstancia, predestinado a ser de hoy, sobre el último latido desbocado en una carne de raíces en tierra.

Yo me elevo, sin creencia en esto, fantasía torpe de un levitar sobre ese teatro de vida comediante.
Ni actores, ni pasantes, ni siquiera transitorio tu vacile dubitativo. Una tierna mentira socavada.
Dejaré continuar tu respiro simple, lento, sin vaho en los cristales.
Marcaré con mi dedo tu tumba, sin tu carne se enternecen esas ganas de perderme para dejar que te vueles entre primaveras deslumbradas por:
flores nuevas, olores duraderos, aromas exquisitos.

Al menos todo es más de lo que yo poseo, eternos manjares de este infierno.
Del que presa de una angustia, rugen mis tripas tu engaño, braman mis horas tu farsa.
Esa Minerva sin alas,
Esa Afrodita sin besos.

Vuela entre una niebla añeja,
terca en una oscuridad tintada con las gotas que se asfixian al tender mi ropa sobre tu alma, desnudar el trozo de mí que nunca vistió tu ropa, ni la suya, ni la de nadie.
Y en pleno invierno, congelarme en el balcón mientras fumo las olas de un recuerdo que se agota despegando cenizas de un tabaco del pasado.

Vino ella a darme caza del deseo que suplicaba.
Vino un silencio dormido en un bienestar aclamado.
Entró  paz,
Salió muerte.

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