Noviembre

Si te paras en seco, fría como un tempano de hielo.
Dejando mi respirar fundiéndose con el soplo de una brisa de otoño.
Tus dedos puntilleando mi nuca, aterciopelada por la bruma caída sobre las tempranas sospechas.
Aquello que vino dado, sin esperar que se diese por ninguna circunstancia, predestinado a ser de hoy, sobre el último latido desbocado en una carne de raíces en tierra.

Yo me elevo, sin creencia en esto, fantasía torpe de un levitar sobre ese teatro de vida comediante.
Ni actores, ni pasantes, ni siquiera transitorio tu vacile dubitativo. Una tierna mentira socavada.
Dejaré continuar tu respiro simple, lento, sin vaho en los cristales.
Marcaré con mi dedo tu tumba, sin tu carne se enternecen esas ganas de perderme para dejar que te vueles entre primaveras deslumbradas por:
flores nuevas, olores duraderos, aromas exquisitos.

Al menos todo es más de lo que yo poseo, eternos manjares de este infierno.
Del que presa de una angustia, rugen mis tripas tu engaño, braman mis horas tu farsa.
Esa Minerva sin alas,
Esa Afrodita sin besos.

Vuela entre una niebla añeja,
terca en una oscuridad tintada con las gotas que se asfixian al tender mi ropa sobre tu alma, desnudar el trozo de mí que nunca vistió tu ropa, ni la suya, ni la de nadie.
Y en pleno invierno, congelarme en el balcón mientras fumo las olas de un recuerdo que se agota despegando cenizas de un tabaco del pasado.

Vino ella a darme caza del deseo que suplicaba.
Vino un silencio dormido en un bienestar aclamado.
Entró  paz,
Salió muerte.

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Apocalíptica

Lágrimas dulces circundando un rostro, el perfil rocoso de una nariz afincada entre dos valles de manantiales.

Raíces de sentimientos que se alimentan del conflicto entre polos opuestos. Sonrisas tercermundistas empeñadas en dar pan a quien no tiene agua. A quien muere de insolencia y descalza los bostezos de un dolor amedrentado.

Fuimos ángeles apocalípticos en el miedo furtivo de no volver a vernos. En las casas vacías de mandatos.

Dijeron que no habría nada más, que la hora había llegado, que era tiempo de olvidar, de no andar quemando rastrojos de un temor condicional.

Dijeron que no era el momento, de llegar y conquistar. Que las banderas estaban rasgadas, y las tierras conquistadas.

En el adiós no cabe el futuro, y en el presente sólo existe un muro.

Primus

Estaba sentada, masticando cada hilo del perfume de su boca. Pretendía no ser nostálgica, parecerlo tal vez. Sólo un poco. Hizo un recorrido por el mapa masculino que la convirtió en la mujer que hoy veía en el espejo. Un puntito, un lunar, un susurro en cada poro de su piel.

Unos llegaron invocando fantasmas pasados. Otros sólo fueron fantasmas desde el inicio. Hubo quien trepó y trepando se enredó entre las parras. Se perdió. Sólo fue un sueño. Alguno que otro se balanceó por aquellas piernas de sirena, se volvió loco y salió corriendo. Huyó. Al final todos huían. Entre una huida y otra, llegó quien supo traer sonrisas, el que no apostó nada que no hubiese perdido el primer día. Su sonrisa te hacía pecar, eso decían ellos. Ella nunca les creía. Asentía entre halagos y mordisqueaba su vergüenza sabiéndose ingenua. Sin encontrar sentido a las palabras que ellos dedicaban. Todos fueron pecadores con ella, pero todos buscaron la forma de no quemarse en el infierno. Ninguno quería arder en llamas y quedarse en ascuas.

Estaba tumbada, mordiendo el escozor de ese último trago de whisky. Fuerte casi avinagrado, pero suave enternecedor de sus sentidos. Olvidaba lo que fue para todos, olvidaba lo que era para ellos. Quiso recordar un momento feliz con cada uno de ellos. La brevedad de algunos era implacable con la memoria.

Estaba la sonrisa de aquel primer beso, la mirada de un perdón sin serlo, el susurro de una mala pisada, el mordisco de quién no lo sabía (que aquello era cielo con sabor a pecado). Había también un dedo suave que hacía surcos en un vientre plano, con un lunar a la izquierda. Le quemaba una brisa de besos en la nuca, entre noches de tormenta y ventanas golpeando cada espasmo de su cuerpo. Sintió un pellizco de malicia, una palmada canalla que le hizo despertar de aquel tiempo de pausa interior. Un despertar con sonrisa.

Agradecida, siguió esperando el turno de los que quedaban por llegar. Guardó su pluma en un bolsillo y dejó caer el resto. Quiso pensar quién fue el primero, quién le robó el primer beso, quién le hizo reír hasta que aquel vientre plano sintió dolor de felicidad. Cuanto amor y cuanto odio. Un sereno transparente que molía sus desvelos. Trataba de recordar cómo fue su primer “te quiero”, todas esas cosas importantes que se hacen en la vida. Esbozó una sonrisa, y de entre sus labios salió la primera, la más firme de sus palabras. Haciéndose dueña del resto de su cuerpo, le nombró y vino. Su primer hombre, su último destino.

  • ¡Papá! –