El hombre sin reflejo

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Recorría las ciudades buscando un lugar donde sentarse a almidonar su ser un rato olvidando las cicatrices que el tiempo le dejó. Siempre llevaba un mendrugo de pan en su pequeña bolsa de papel reciclado, junto con aquel cartón de vino barato. Pan para los estanques, para las palomas, para todos menos para él. Vino para no recordar porque estaba allí sentado sin pensar en nada, sin saber de nadie. Vagabundeaba las ciudades, las calles. Se prometía que algún día eso cambiaría y se haría de oro, subiría hasta lo más alto y no bajaría de allí ni por todo el dinero del mundo. Pero olvidaba una cosa, Mario, siempre olvidaba una cosa. Él ya estuvo allí, en lo más alto. En ese lugar donde los demás te miran desde abajo y profundizan sus envidias en tus carnes, para devorarte y desgarrarte las venas sin dejar ni una sola gota de tu sangre sin lamer. Sabuesos del deseo, deseosos de lo ajeno.

Mario dejó todo aquello porque durante años estuvo buscando consuelo en algo que le hiciera sentir más vivo, menos muerto y humano en ocasiones. Se dio cuenta de que estar arriba no le había servido para nada, pero el vino le hacía olvidarse a veces de quién fue, de aquel gigante que pisó a todos los que le agarraban del traje de chaqueta para bajarlo de su barco de papel. Hasta que un día él solo, sin nadie, decidió bajarse. Porque se miró en un espejo y no vio su reflejo. Se asomó a un estanque, y no se vio en el agua. Se había perdido.

Él era rico, era inmensamente rico. Tenía una nevera llena de víveres, una mujer fascinante y exuberante esperándole cada noche en su cama, o en la cama de cualquier hotel. Mujeres pelirrojas, rubias, jóvenes, de mediada edad, todas ellas diferentes, todas ellas carentes de algo que las hiciera especiales en profundidad. Su casa al final, siempre estaba vacía, sus ojos tristes y llorosos añoraban aquellas épocas de juventud en las que el tiempo vuela y uno surca mares de fiesta en fiesta, de barra en barra de bar, y las casas nunca están vacías. Siempre queda algún resto del naufragio de la noche anterior. Un día al llegar a casa, se dio cuenta de que no quería seguir viviendo así, quería empezar a vivir de verdad. Y se marchó…

Ni siquiera dijo adiós, dejó una nota que decía: “Me voy, no me esperes, no voy a volver”. Y fue cierto, aunque volvió muchas veces más a ese sitio, nunca volvió siendo el mismo, porque lo que siempre tuvo claro es que ese que veía en el reflejo de un suelo abrillantado y resplandeciente no era él, era la sombra de alguien que fingía ser él, un extraño que se había colado entre sus ropas, entre sus gestos y se había maquillado de un gigante al que odiaba.

Cada día, Mario, elegía el destino siguiente, el vino que bebería y los patos a los que alimentaría en otro parque. Pero no había diferencia entre el Mario gigante y el Mario que vagaba por las ciudades, mendigando un cartón de vino y algo de cariño. No había diferencia, porque los dos estaban solos. Tuvo dos oportunidades, dos visiones de sí mismo y ninguna de ellas le hacía ser querido, porque en ninguna de ellas olvidó dejar al egoísmo en el camino. Fue entonces cuando recordó cuántas veces su madre le había dicho:

  • Mario, la vida no es para los egoístas. El egoísmo no cabe dentro de un corazón dispuesto a querer, aunque sólo sea por cariño a aquellos que te rodean.
  • Seré como tú entonces, pondré la otra mejilla siempre. Esperaré a que me abofeteen y mis huesos choquen contra el suelo.
  • No, hijo. No es necesario que la gente te abofetee. Eso no es ser mejor, ni dejar de tener orgullo, ni siquiera es no ser egoísta. El egoísmo es una enfermedad, hay que saber curarse de ella y no enfermar de forma crónica. Puedes ser egoísta en ocasiones, siempre y cuando encuentres la cura para no serlo de por vida.
  • ¡Mamá!… No digas bobadas. –Su madre cerró los ojos y vio como Mario vería ambas vidas, sin gente a su alrededor. Compartiría el pan con los animales, pero le negaría las palabras a sus iguales. Compartiría el éxito con los que le aplaudían, pero le negaría las sonrisas y los buenos gestos a quiénes no le entendían.
  • Ya lo verás, hijo… ya lo verás.
  • Tú siempre tan positiva, siempre igual…

Y allí, en aquel parque, Mario entendió las palabras de su madre después de casi treinta años. Entendió que no era regalar dinero, o dar pan a los patos. Comprendió que lo importante era no negarse a uno mismo los momentos en los que no tienes nada pero compartes un mundo con el resto de personas que te rodean. Porque las sonrisas, son la cura del alma. Los abrazos, el equilibrio de las cargas que no se aguantan sobre dos pies y necesitan de cuatro. Y los amigos, la familia y los que vengan, son la vocación perdida de quién pierde un zapato pero encuentra un montón de calcetines impares para no ir descalzo.

Así fue como Mario comprendió todo, ni el vino le haría grande, ni el pan mejor persona. Se levantó de aquel banco, recogió las migajas de pan duro que ni las palomas comieron. Y caminó. Caminó durante mucho tiempo. Caminó hasta que al final del estanque encontró el reflejo de lo que siempre quiso ser. Él mismo. Se lavó el rostro, y comenzó de nuevo. Sin migajas, sin vino, sin pasado. Sólo con él mismo.

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