Bis

Esta semana pensé en enamorarme dos veces,
una de ese hombre que pasaba por la calle,
y otra de la muchacha que se me escapaba por la espalda.
Finalmente, ni me enamoré de ti, ni me quedé conmigo.

Esta semana he amado una vez con cada ojo,
abrí el derecho y te vi sentado, lo cerré,
abrí el izquierdo y te vi torcido, lo cerré,
abrí ambos y de repente te vi doble,
cerré los dos y me quedé dormida.

Esta semana he sido heroína y mantenida,
salté de un tercero y caí de pie, luego,
me tumbé en el suelo y dejé que me alimentara tu piel.
Al final, decidí ser diferente y disfrazarme de mí.

Esta semana comí sabiendo que me envenenaba,
mordí una manzana y luego escupí el resto.
Superé un ataque al corazón y una asfixia sin respeto.

Creo que esta semana he muerto dos veces,
una para no volver, otra para resucitar en esto.

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El hombre sin reflejo

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Recorría las ciudades buscando un lugar donde sentarse a almidonar su ser un rato olvidando las cicatrices que el tiempo le dejó. Siempre llevaba un mendrugo de pan en su pequeña bolsa de papel reciclado, junto con aquel cartón de vino barato. Pan para los estanques, para las palomas, para todos menos para él. Vino para no recordar porque estaba allí sentado sin pensar en nada, sin saber de nadie. Vagabundeaba las ciudades, las calles. Se prometía que algún día eso cambiaría y se haría de oro, subiría hasta lo más alto y no bajaría de allí ni por todo el dinero del mundo. Pero olvidaba una cosa, Mario, siempre olvidaba una cosa. Él ya estuvo allí, en lo más alto. En ese lugar donde los demás te miran desde abajo y profundizan sus envidias en tus carnes, para devorarte y desgarrarte las venas sin dejar ni una sola gota de tu sangre sin lamer. Sabuesos del deseo, deseosos de lo ajeno.

Mario dejó todo aquello porque durante años estuvo buscando consuelo en algo que le hiciera sentir más vivo, menos muerto y humano en ocasiones. Se dio cuenta de que estar arriba no le había servido para nada, pero el vino le hacía olvidarse a veces de quién fue, de aquel gigante que pisó a todos los que le agarraban del traje de chaqueta para bajarlo de su barco de papel. Hasta que un día él solo, sin nadie, decidió bajarse. Porque se miró en un espejo y no vio su reflejo. Se asomó a un estanque, y no se vio en el agua. Se había perdido.

Él era rico, era inmensamente rico. Tenía una nevera llena de víveres, una mujer fascinante y exuberante esperándole cada noche en su cama, o en la cama de cualquier hotel. Mujeres pelirrojas, rubias, jóvenes, de mediada edad, todas ellas diferentes, todas ellas carentes de algo que las hiciera especiales en profundidad. Su casa al final, siempre estaba vacía, sus ojos tristes y llorosos añoraban aquellas épocas de juventud en las que el tiempo vuela y uno surca mares de fiesta en fiesta, de barra en barra de bar, y las casas nunca están vacías. Siempre queda algún resto del naufragio de la noche anterior. Un día al llegar a casa, se dio cuenta de que no quería seguir viviendo así, quería empezar a vivir de verdad. Y se marchó…

Ni siquiera dijo adiós, dejó una nota que decía: “Me voy, no me esperes, no voy a volver”. Y fue cierto, aunque volvió muchas veces más a ese sitio, nunca volvió siendo el mismo, porque lo que siempre tuvo claro es que ese que veía en el reflejo de un suelo abrillantado y resplandeciente no era él, era la sombra de alguien que fingía ser él, un extraño que se había colado entre sus ropas, entre sus gestos y se había maquillado de un gigante al que odiaba.

Cada día, Mario, elegía el destino siguiente, el vino que bebería y los patos a los que alimentaría en otro parque. Pero no había diferencia entre el Mario gigante y el Mario que vagaba por las ciudades, mendigando un cartón de vino y algo de cariño. No había diferencia, porque los dos estaban solos. Tuvo dos oportunidades, dos visiones de sí mismo y ninguna de ellas le hacía ser querido, porque en ninguna de ellas olvidó dejar al egoísmo en el camino. Fue entonces cuando recordó cuántas veces su madre le había dicho:

  • Mario, la vida no es para los egoístas. El egoísmo no cabe dentro de un corazón dispuesto a querer, aunque sólo sea por cariño a aquellos que te rodean.
  • Seré como tú entonces, pondré la otra mejilla siempre. Esperaré a que me abofeteen y mis huesos choquen contra el suelo.
  • No, hijo. No es necesario que la gente te abofetee. Eso no es ser mejor, ni dejar de tener orgullo, ni siquiera es no ser egoísta. El egoísmo es una enfermedad, hay que saber curarse de ella y no enfermar de forma crónica. Puedes ser egoísta en ocasiones, siempre y cuando encuentres la cura para no serlo de por vida.
  • ¡Mamá!… No digas bobadas. –Su madre cerró los ojos y vio como Mario vería ambas vidas, sin gente a su alrededor. Compartiría el pan con los animales, pero le negaría las palabras a sus iguales. Compartiría el éxito con los que le aplaudían, pero le negaría las sonrisas y los buenos gestos a quiénes no le entendían.
  • Ya lo verás, hijo… ya lo verás.
  • Tú siempre tan positiva, siempre igual…

Y allí, en aquel parque, Mario entendió las palabras de su madre después de casi treinta años. Entendió que no era regalar dinero, o dar pan a los patos. Comprendió que lo importante era no negarse a uno mismo los momentos en los que no tienes nada pero compartes un mundo con el resto de personas que te rodean. Porque las sonrisas, son la cura del alma. Los abrazos, el equilibrio de las cargas que no se aguantan sobre dos pies y necesitan de cuatro. Y los amigos, la familia y los que vengan, son la vocación perdida de quién pierde un zapato pero encuentra un montón de calcetines impares para no ir descalzo.

Así fue como Mario comprendió todo, ni el vino le haría grande, ni el pan mejor persona. Se levantó de aquel banco, recogió las migajas de pan duro que ni las palomas comieron. Y caminó. Caminó durante mucho tiempo. Caminó hasta que al final del estanque encontró el reflejo de lo que siempre quiso ser. Él mismo. Se lavó el rostro, y comenzó de nuevo. Sin migajas, sin vino, sin pasado. Sólo con él mismo.

– CAPÍTULO XIII –

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No tardamos mucho en llegar a Almería, más horas de lo previsto pero llevábamos un pasajero que necesitaba mimos y descanso. Roberto había recopilado la discografía de Rosendo, un poco de Sabina y otros grandes para el viaje. Así que por música no fue. Íbamos entretenidos tratando de no pensar en cosas demasiado complicadas.

De Madrid a Almería fuimos bastante tranquilos, la conversación se redujo a ver como Germán dormitaba, Roberto seleccionaba música y cada hora y media parada para el gran mosquetero. Entre medias, yo había prometido no llevar a mis fantasmas al viaje, juré ser egoísta, tampoco me costaría mucho empeño. Era lo que mejor sabía hacer desde hacía casi veinte años, tal vez desde que nací. Pero creo que la vejez y el anhelo me estaban jugando una mala pasada. Me pasé esas casi ocho horas de viaje alargado, a conciencia con una sola imagen en mi retina. Ella y mi vieja camiseta, ella y su anciano cabello, ella y esas manos profundas que yo deseaba que añorasen un poco de esta carne desterrada, por cobarde y cobardía.

No recuerdo exactamente la hora a la que salimos de Madrid, tal vez sobre las nueve de la mañana, hicimos muchas paradas pero sobre las seis de la tarde estábamos entrando a un pueblecito de Almería llamado “San José”, era muy tranquilo. Se podía aparcar la caravana en cualquier sitio para esperar que llegase la noche y poder montar la tienda para Roberto y para mí. Caminamos por el paseo marítimo durante un rato, sobre todo para estirar las piernas que empezaban a sentirse dormidas y cuarteadas por el ritmo estático que se agarra al cuerpo cuando te toca ser el conductor. Cuando pasó un rato, el propio Germán nos pidió sentarnos a descansar. Lo hicimos, en el primer bar que vimos, sin mucha opción de elegir.

 – ¡Martín! –dijo Germán… -Cuando venga Roberto me gustaría contaros una cosa importante. –y dejó el suspense suspendido en mitad de aquel mar azulino que se crecía frente a nosotros.

– Vale, ahora lo hablamos tranquilamente. Espero que no me pidas una noche loca de sexo desenfrenado entre mosqueteros. Sería lo único a lo que no me podría negar… -bromeé para levantarle un poco ese ánimo a mi amigo, que cada vez parecía menos él.

– ¡Capullo! Podría pedirlo, pero… no sois mi tipo. Tú demasiado guaperas y Roberto demasiado rubio para mi gusto, ya sabes que a mi me pierden las morenas. –una carcajada rompió el silencio vociferante de aquel bar, y Germán empezó a brillar.

– ¡Ya la estáis liando! ¿No? –llegó el orden a nuestra mesa en forma humana, llamado Roberto.

– Sólo bromeábamos con uno de los últimos deseos de Germán. Dice que quiere tener una noche loca y desenfrenada de sexo con sus dos mosqueteros. Y yo le he dicho que no es mi tipo –Roberto empezó a mirarnos como siempre, sabíamos la frase que le recorría el coco maduro que poseía, “Estos dos no cambiarán nunca”.

– ¡No cambiaréis en la vida! –y llegó la frase seguida de un millón de carcajadas que bombeaban la sangre haciendo espirales por las mismas venas que nos habían visto crecer.

– ¡Oye! ¿Qué si me vais a escuchar? –replicó Germán.

– ¡Venga, dispara! –sonamos al unísono Roberto y yo.

– No me voy a tomar los medicamentos, sólo los que me recomendó Liber, esos que eran naturales. Quiero disfrutar de este viaje, sentirlo y hacerlo mío, nuestro. Así que os pido por favor que empiece ya, y que no me gruñáis porque no os estoy pidiendo permiso ni aprobación. ¿La primera caña, para hoy o para mañana? –sentenció firme.

– Pero… -Roberto intentó responder.

– ¡Pero nada! Si vas a hablar para tratar de convencerme olvídalo. No me moriré sin mi morena al lado, así que tranquilo. ¡Y pídeme ya esa puta cerveza que me está entrando la mala leche! –No hubo más palabras.

Después de todo aquello se hizo un silencio de esos que no son incómodos porque lo sean, sino porque en ese silencio había renuncia por parte de Germán y empeño por parte de Roberto. Yo simplemente estaba de acuerdo con Germán, quería vivir sus últimos meses al máximo y vivir este viaje acompañado de su artillería de pastillas no le resultaba nada grato.

Ese silencio duró lo que tardaron en llegar las cervezas y sus respectivas tapas. Después de eso todo volvió a ser un retroceso al pasado, a cuando teníamos veinte y nos reíamos del mundo. Se dio por inaugurado el viaje de los tres mosqueteros, con sus risas y tontadas de siempre.

Ellos dos andaban inmersos en una conversación sobre política, estado, derechos y deberes. Y yo. Yo ni siquiera les estaba escuchando. Mi silencio era un síntoma de que estaba con dos de las personas hacía las que más confianza sentía. De entre todo ese silencio sólo mío, de repente se filtró un olor a verano, a noches en pausa, a aire en los patios. Era el olor de unos melocotones que le habían traído a la chica del bar en una bolsa, imaginé que era una especie de trueque. Me sentí tan atraído por el olor que le pregunté si podía probar uno, y ella muy amable me trajo un cuenco con agua y un cuchillo. Lo pelé como si estuviese pelando mi propia piel, llegué a ver el reflejo de mí mismo en aquella piel suave de melocotón, tal vez no era a mí a quién veía, sino a ella. Quizá fuese su piel la que noté al tacto con aquel melocotón, y la vi. ¡Maldita sea!¡Vuelve!¡Siempre vuelve!. Pero es que tal vez no todo era un recuerdo bonito, puede que yo fuese quien la despellejó a ella de la misma manera que estaba quitándole la esencia a ese manjar. Y le arranqué su piel suave para terminar devorando todo su interior sin dejarle jugo alguno. De algo estaba seguro, no quedaba jugo para mí.

– ¡Martín! ¡Martín! ¡Martinito! –y me desperté de mi momento de obnubilación.

– ¿Qué?¡Joder! –contesté medio enfadado por haberme traído de vuelta al mundo. Odiaba que me rescatasen cuando me estaba haciendo trizas a mí mismo. En el fondo me gustaba fustigarme con el látigo, era una forma diferente de descargar la culpa.

– ¡Ostia!¿Qué si quieres otra cerveza?, y ya de paso no estaría mal que volvieses a este mundo. Por más que vueles no las vas a encontrar allí. –me respondió Germán con una de esas verdades que te dicen: “Sí, sí, a ti, va dedicada a ti…¡Espabila!”.

– A ver… sin malos rollos que se supone que hemos venido a disfrutar de nuestro momento juntos. –Roberto puso paz y orden, eso fue todo lo que tuvimos que objetar.

Los días en Almería fueron tranquilos. Días de adaptación al ritmo frenético de sorpresas que nos acontecían en los días venideros. Estuvimos cinco noches y seis días en Almería. Escalamos dolores, ahogamos penas en el mar y visitamos Calas preciosas, Calas donde el tiempo se paraba y nos echaba un pulso. Calas escondidas entre piedras milenarias que parecían que en algún momento te tragarían para hacerte desaparecer, exactamente igual que el tiempo que perdemos sin pensar.

Tengo un recuerdo especial porque pasamos todo el día allí, tumbados, sin hacer nada. Fumando con Germán, bebiendo litros de cerveza. Fue en esa Cala, en la “Cala El Cuervo” donde sentí como ella vino a picotear mi alma, mi carne muerta, el cadáver que quedaba de un Martín incompleto. Fue allí, donde sus susurros en forma de viento vinieron a clavarse entre mis huesos. Y descubrí en aquel momento que yo, el que a simple vista parecía más vivo, estaba incluso más muerto que Germán. Lo peor no fue eso, sino saber que lo mío ni siquiera tenía solución. Al fin y al cabo, cuando mueres no eres consciente, pero yo era totalmente consciente de mi muerte prematura. Esa Cala, esa muerte.

Había un Germán diferente, revivía por días, nos llevaba al trote. Había momentos en los que Roberto y yo necesitábamos un respiro, un descanso porque nos estaba agotando. Al final Liber, como siempre, y aunque me jodiese, llevaba razón. Ella y lo natural.

El dieciséis de Junio del 2013 nos despertamos sobre las ocho de la mañana. Había sido una noche dura, llena de pesadillas, no sólo para mí también para Germán. A mitad de la noche entré en la caravana y lo encontré allí, sentado, sudando como si cada gota fuese una lágrima por lo que dejaba.

– Ya no tengo ganas de llorar, Martín –me lo dijo transmitiéndome una paz, que supe de lo que me estaba hablando, sabía a lo que se refería.

– A veces uno no llora por fuera, sólo se hace trizas por dentro. Y se seca. –le expliqué con mis palabras, que las lágrimas no siempre salían al exterior en forma de gota de agua y que eso no significaba que estuvieses bien.

– Es que me siento derrotado, tío. He perdido la batalla, tuve mala suerte y me tocó una mala mano… y sólo puedo decir … ¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que debo hacer? Si ni siquiera tengo lágrimas para llorar. –se encogía de hombros mientras me preguntaba sus preguntas al aire.

– Ahora nada, ahora no puedes pensar. Ni siquiera aceptar. Nadie acepta lo que le pasa, sólo nos conformamos. ¿Qué te parece si nosotros seguimos dándole guerra a esta muerte? –le pregunté creyente profundamente en lo que le decía, en que la muerte nos podría ganar la batalla, pero al menos esta no iba a ser fácil. Para llevarse a Germán le costaría sudar la camiseta.

– ¡Me parece cojonudo!¡En unas horas Granada! Tengo ganas Martín. –y su deseo lo sentí casi rozando mi pecho.

– Pues ya está, trata de descansar estas horas y luego te despierto cuando sea la hora. –soné a padre preocupado por los monstruos de debajo de la cama que habitan en esas noches de desconsuelo de un hijo que sólo necesita que su padre le diga que todo está bien, y que no hay nada malo allí debajo.

Hablo de esa noche como una noche dura, porque yo me di cuenta de cómo empezaba a sentirme más padre de Germán que amigo. Sólo quería quitarle su peso y quedármelo. Unos pocos de kilos más no se notarían, total, yo seguía con lo mío. Me volví al saco de dormir, pero no conseguí conciliar el sueño, las noches de jovencito aventurero y mi espalda de abuelo empeñado en ser un quinceañero me estaban pasando factura.

Amaneció casi tan rápido que no lo esperábamos. Para la hora de comer ya estábamos en Granada, dispuestos a dejarnos enmudecer recorriendo sus calles y su Alhambra, sus miradores escondidos. Granada me traía tantos recuerdos que no sabía si era yo el que paseaba por sus calles o el Martín de hace ya años.

Íbamos paseando por Calle Elvira para subir hacía el mirador de San Nicolás, cuando de repente una pareja con dos niños parloteaban en italiano en la puerta de una tetería. Los Italianos son como los españoles, todo lo dicen a gritos. Fue entonces cuando al girarse aquella mujer, allí estaba ella: esa melena de guerrera, lacia y rubia hasta la cadera. Como si el tiempo no hubiese desgastado ni un destello de su pelo un poco amilanado con los años, el mismo rubio de hace casi treinta años, los mismos gestos. Una mirada llena de delfines saltando entre sus formas, y la exageración de sus ademanes. Me dije: ¡La conozco!… yo he vivido ese rostro y esos gestos. Y allí estaba, mirándome profundamente. Castigándome con sus sonrisa. Dedicándome la condena que era mía, un “te odio” pero ya estás perdonado aunque jamás sea olvidado.
Era Sofía, una antigua amiga de Liber, no sabía si actual, aunque por su mirada imaginé que sí. Ellas eran íntimas y cercanas, confesoras de sentimientos mutuos, conectadas por los hechos paralelos que vivieron. Sofía era una Jienense de nacimiento, aventurera de corazón, afincada en Italia hasta donde yo recuerdo. El que hoy era su pareja, Giovanni, le había dado dos hijas. Y justo hoy, en esa ciudad, Granada, el destino o la casualidad nos hizo reencontrarnos.

– ¡Sofía!¿Eres tú? –La miré perplejo. Ella dudó unos segundos, no creo que no me reconociera, supo quien era desde el primer momento. Pero dudó si seguir y saludarme o dejarme decapitado e ignorarme.

– ¡Hombre, Martín! ¡Cuánto tiempo! ¿Eras Martín, no? –me preguntó haciendo uso de un dubitativo perfecto pero hiriente, restando importancia a mi existencia, a mi paso por sus recuerdos.

– Sí, sí, Martín, el de… -Sofía me cortó la frase de una forma rotunda.

– Ya, ya, recuerdo quien eres. ¿Y qué tal todo?¿Cómo tú por aquí? –desvió el tema para que ni siquiera la “L” saliese por mi boca, vetó su nombre en mis labios de una forma sutil.

– Pues bien, aquí de visita turística por Andalucía, un viaje entre amigos. Vine hace unos días de Argentina, vivo allí. ¿Y tú qué tal? –le devolví el turno de réplica y cordialidad.

– ¡Ah, qué bien!¿Desconexión de la familia entonces, no? –y lo hizo de nuevo, metió el dedo en la yaga, lo hundió, dio tres vueltas sobre él y lo apretó con fuerza. Continuó sin dejarme contestar aquella pregunta envenenada. – Pues nada, nosotros aquí, Giovanni y yo queríamos que nuestras hijas conocieran bien a fondo mis raíces, así que llevamos dos meses de visita por España, desde el Norte hasta el Sur. Nos volvemos en dos semanas, yo sigo viviendo en Italia. Sólo que ahora vivimos en Roma, dejamos Milán cuando nació Martina y después llegó Carla… y poco más, aquí estamos, la verdad que muy bien. –en ese momento se giró y me presentó a Gio y a sus dos hijas.

– Gio, Martín, Martín, Gio… -y puntualizó: – Este es un viejo conocido. ¡Venid niñas! Os voy a presentar a un viejo conocido: Martín esta es Carla, la peque. Y ella es Martina, mi hija mayor. ¡Saludad niñas! –Al unísono y mirándome como un leproso me dijeron con voz suave: ¡Hola Martín!.

– ¡Hola! –respondí como un niño avergonzado.

Aquellos cuatro ojos se clavaban en mí de una forma desconfiada, como si supieran quien era yo y lo que sabían no les gustase demasiado. Esas dos niñas de ojos azules me hicieron sentir miedo, el miedo de quien es juzgado en medio de una plaza y no tiene opción a pedir piedad. Yo era un Braveheart en mitad de una batalla desconocida.

Todos íbamos al mismo sitio, así que decidimos caminar juntos hacía el mirador y por el camino conversamos largo y tendido. Sofía no me daba mucha tregua, tal vez era el motivo por el que estaba coartando mis ganas de preguntarle por Liber. Finalmente decidimos quedarnos en una terraza a almorzar juntos, no sé en que momento surgió la propuesta pero todos la aceptamos y el almuerzo fue muy agradable. Germán y Roberto decidieron pasear un rato mientras Sofía y yo decidimos tomar un café después de aquel almuerzo. Gio y Martina también se unieron al paseo, mientras que Carla, fan acérrima de su madre no se despegó de nosotros. Sofía me contó como había sido su vida hasta ese momento, cuánto le costó conseguir ser madre y cuántas veces pensó en tirar la toalla. Finalmente lo consiguió y el resultado de su empeño estaba allí presente, dos niñas preciosas llenas de cariño y amor por parte de dos padres que se profesaban verdadera admiración. En un momento, Sofía decidió ir al baño y me dejó con la pequeña Carla, pequeña pero no ingenua. Ella tenía esa astucia de su madre para sacar punta al lápiz y clavártelo cuando menos te lo esperas.

– ¿Y qué te gusta hacer a ti, Carla? –le pregunté por curiosidad.

– Yo pinto, me gusta dibujar. –respondió muy segura de lo que le había preguntado.

– Ah, sí?¿Qué pintas? –pregunté con verdadero interés.

– Pinto cosas bonitas, cuadros para enviar a los tíos y a los amigos de mamá, que siempre me dicen cuánto les gusta. –me respondió sabiendo que esa respuesta llevaría otra pregunta encadenada.

– ¿Y a mí me pintarías algo? –dejé caer la pregunta sutilmente.

– No, no puedo pintarte nada.

– ¿Por qué? Yo también soy un amigo de tu madre. –le repliqué.

– No, tú no eres un amigo, eres un conocido. Además a mi tia Liber no creo que le gustase que te pintase nada a ti, ¿Por qué tú eres el Martín del que tanto habla mamá, no? ¿El Martín de tita Liber? –y allí fue donde mi voz se quedó muda y no supe responder.

– Sí, supongo que soy ese mismo. No sé, dime tú que hablan y si me siento identificado te diré si soy yo o no. –jugué mis cartas de adulto.

– Bueno, verás, es que mamá no habla muy bien de ti, y tia Liber nunca es la que te nombra. Ella siempre dice que las cosas hay que saber dejarlas estar. –me odiaban, todos lo hacían. Se había creado un círculo de malestar a mi alrededor al que yo había contribuido con bastante fuerza.

– Bueno… espero que al menos hoy cambies esa visión de mí, y te caiga un poquito mejor. –afirmé enviando una pregunta.

– No sé, yo lo pienso y le digo a mamá que te lo escriba en una carta. –y así terminó una conversación entre un niño y una niña adulta.

De repente llegó Sofía, y fue curioso. Ni Carla dijo una palabra, ni yo insistí en que se supiera nada de lo que habíamos hablado. Y cuando nos estábamos levantando de la mesa, Carla inclinó su cuerpo sobre el mío y me susurró al oído:

– ¡Shhh!, es un secreto. Ella te quiere, mamá le regaña porque lo hace, pero siempre habla bien de ti y esconde secretos como el que yo te estoy contando ahora mismo.

Me quedé atónito, aquel reencuentro con el pasado fue la forma más veraz de sabiduría infantil. Y me devoró por dentro, esa suave voz y esos ojos azules contándome un secreto que llevaba demasiado tiempo queriendo escuchar. Fuimos al reencuentro de los demás, y una vez nos encontramos hicimos una despedida rápida pero de abrazos sinceros.

– Espero que todo te vaya genial Martín, me ha gustado mucho verte. –Sofía fue sincera y por primera vez guardó la hostilidad en una cajita para hablarme con el corazón en la mano. Fundiéndose en un abrazo cálido, de dos personas que comparten algo, fue como si estuviésemos compartiendo un dolor que no existía.

– Gracias Sofía, tienes una familia estupenda. Tienes mi teléfono y mi dirección, si necesitas algo o vais a Buenos Aires, ya sabes donde tienes tu casa. ¡Cuídate!

Nos dispersamos mientras yo padecía de mutismo, alguien se había comido todas las palabras que podía pronunciar en un día y me había dejado deshabitado al menos durante esa noche. No supe que decir, no supe que hacer y mis mosqueteros, que siempre sabían lo que rondaba mi mente, lo vieron. Astutos callaron y me dejaron masticar mis fantasmas sin herirme demasiado.

Parece que a veces las cosas más grandes, los secretos mejor guardados, salen de aquellos seres más minúsculos para hacerse grandes y fuertes en uno mismo. De esa manera, Liber, entró por Granada a través de los ojos de Carla para hacerse escuchar sin que nadie la juzgase. Ella nunca me dejó de querer, pero yo hice que se enamorara de otro olvidando que el amor se transforma de más a menos y de menos a más, y que aunque nunca dejen de quererte, nunca volverán a hacerlo de la misma manera cuando la herida ya se ha cerrado. Las cicatrices incomodan, escuecen a veces, pican durante los cambios de tiempo, pero no sangran. Nunca vuelven a sangrar.