La montaña

Parece sencillo, algo innato en el sentido vacuo de la vida, amar, amigo, es un complemento perfecto. Anexado a nosotros como la propia capacidad de respirar. Un suspiro, un amor perdido.

Es algo inexorable, a simple vista no reconocible. Cuesta sentir lo que se siente, identificar el punzor que te presiona con miedo.

Una montaña que se hace sombra a sí misma, sin ladera por la que deslizar el agua que nos recorre los rocosos acantilados. Eso somos nosotros, ansiadas montañas que no se alcanzan.

Y al final, el resto de los matorrales crecen salvajes sobre nosotros. Desplazando la sencilla manera en la que nos amamos, porque un día esto fue nuestro. Y tus raíces crecieron en mi montaña y de ellas emergen hoy los frutos de un cariño tenue que se apaga despacito.

Porque tú no lo sabes, pero las raíces permanecen en su orígen hasta que llega la tormenta y las arrasa. Y es entonces, cuando ni culpar al resto basta.

No hay culpables cuando se trata de respirar, sobrevives. Asumes tus riesgos y desciendes ascendiendo tantas veces como quieres por esa ladera que un día fue tuya y hoy, te pertenece.

Porque sólo somos montañas que no se encuentran.

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