La montaña

Parece sencillo, algo innato en el sentido vacuo de la vida, amar, amigo, es un complemento perfecto. Anexado a nosotros como la propia capacidad de respirar. Un suspiro, un amor perdido.

Es algo inexorable, a simple vista no reconocible. Cuesta sentir lo que se siente, identificar el punzor que te presiona con miedo.

Una montaña que se hace sombra a sí misma, sin ladera por la que deslizar el agua que nos recorre los rocosos acantilados. Eso somos nosotros, ansiadas montañas que no se alcanzan.

Y al final, el resto de los matorrales crecen salvajes sobre nosotros. Desplazando la sencilla manera en la que nos amamos, porque un día esto fue nuestro. Y tus raíces crecieron en mi montaña y de ellas emergen hoy los frutos de un cariño tenue que se apaga despacito.

Porque tú no lo sabes, pero las raíces permanecen en su orígen hasta que llega la tormenta y las arrasa. Y es entonces, cuando ni culpar al resto basta.

No hay culpables cuando se trata de respirar, sobrevives. Asumes tus riesgos y desciendes ascendiendo tantas veces como quieres por esa ladera que un día fue tuya y hoy, te pertenece.

Porque sólo somos montañas que no se encuentran.

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El hombre avaro

Abrir los brazos,
erguir el alma,
subir los pies,
acariciar el cielo,
y volar.

Volar por encima del subsuelo,
de un suburbio de palabras malvendidas,
de un estoico canal de vivos con vendas en los ojos,
de un pellizco irreal de cañones sin pólvora.
y al final la ventana más alta de la estructura,
desestructurada de quebrar sus vigas a la avaricia.

La vorágine de existir

Existe el ser sin saber de su existencia, amparado en la libiana sombra de la memoria, rezagada presa de una tormenta de multitudes turbulentas.

El ser de quien no sabe, ni piensa cual pensador su esencia. Sólo finge que vive y muta en el silencioso giro de un latido que asusta a quien lo nota.

Exhala el aire que no filtran sus resquicios, escombros de paredes que cayeron derrumbadas como muros de Berlín -separando dos verdades-, devorados por la vorágine de unas balas existenciales en un lugar imaginado. Ficticio al recuerdo de quién lo vivió.

Así son hoy,
papeles convertidos en cenizas, sobrevuelan la memoria,
sin ser parte de la historia,
esa que atrapa un instante y no vuelve nunca a existir.

Porque si existo no soy esencia de nada, y en muerte sobrevuelo la esencia de lo que seré.

-Aire-
Que cae lento, y firme, y suave aterciopelado.
Recogiendo en esencia lo que se oscurece en existencia.