– CAPÍTULO XII –

Mi vieja camiseta, mis manos subiendo hasta el cielo de su boca, ese olor a deseo de las cosas que añoramos, ese decir basta para no terminar nunca de satisfacer las ganas. Su piel desnuda al bies de mi cuerpo, sus ojos mirándome de reojo. Ese morir de plenitud cuando le hablo con mi dedo a su cuerpo, cuando entre nalga y nalga cabalgo desnudo.
Mi vieja camiseta en su cuerpo, sus hombros sobre mi frente y el terminar perpetuo de mis manos en su espalda, bajando al principio de su infinito mar inmenso.
Mis pies enredando sus pies, atrapando los segundos de unas horas que se fugaban saltando de tejado en tejado hasta la ventana más próxima. ¡No te vayas!.. –mi propia voz me despertó de un respingo.

Yo pensaba y soñaba que todo podía ser real, sin saber que la realidad estaba lejos de ser aquello que yo vivía cada noche al cerrar los ojos. ¡Maldita marihuana de Germán! Una calada y veinte fantasmas se pasean por mi cuarto cada noche. Me juré a mí mismo que no volvería a fumar con ellos.

Tomé un taxi hasta casa de Germán, me sentía agotado esa mañana y le había prometido que estaría pronto para salir a pasear o a sentarnos al banco más próximo simplemente a ver pasar a la gente e imaginar que tenían de peculiar cada cual. Llegué antes de lo esperado, pero el exceso de fraternidad entre amigos y de solidaridad con Germán, estaba acabando con las últimas neuronas que me quedaban vivas. Si seguía fumando todas las noches al ritmo de mi mosquetero terminaría por ver dragones en mis mazmorras en lugar de rubias macizas que jugaban en mi alcoba. Nada más entrar Germán vio mis ojeras, mi cara pálida y esa sensación de desplome que yo sentía pero pensaba que nadie era capaz de percibir.
– ¿Qué pasa Martinito?¿Una noche dura? –me preguntó sabiendo la respuesta.
– ¡Todas las noches son duras compañero… DESDE que me das de eso tuyo, no consigo tener una noche tranquila! –le dije dando a entender que esa sería la última noche que compartiría medicina con él.

Germán no me dijo nada más ese día, se le notaba apagado. Normalmente seguía bromeando un rato. Más tarde Ana me llamó para que desayunara con ella, entre café y café me comentó que Germán llevaba unas noches realmente mal, se aquejaba todo el tiempo de dolores y tenía pesadillas. Lloraba y le susurraba que por favor no le dejase, que le abrazase más fuerte hasta que le doliesen los huesos, PERO no de ese dolor que tenía, sino de ese dolor de Morena.
Me dio tanta pena todo lo que Ana me contaba, realmente Germán lo estaba pasando mal, lo intentaba sobrellevar como podía, pero el miedo y el pánico a la muerte le estaban llevando a hundirse estos días. Así que CUANDO llegó Roberto por la noche y nos sentamos en la terraza a conversar con un buen vino yo les propuse algo que creía que iba a darle a Germán y a todos en general un respiro de toda aquella atmósfera de miedo que se había creado alrededor de nosotros.
– Oye Mosqueteros, he pensado… -dije muy bajito.
– Miedo me das tú cuando piensas –respondió Roberto.
– Venga dispara –la impaciencia de Germán salió a flote.
– Que tal vez… podríamos hacer un viaje los tres juntos, podríamos llevarnos a Rodrigo si a ti te parece que no quieres que se pierda un viaje con su padre. O no.
– Pero… ¿Un viaje a dónde?… –dijo Roberto.
– Eso… explícate mejor –replicó Germán.
– Pues lo pensé muy por encima, pero tal vez podríamos alquilar una auto-caravana y recordar viejos tiempos viajando por el sur, de una punta a otra. No sería un viaje muy duro para Germán, estaríamos cerca de Madrid, por si nos quieren ir a ver Ana o Lucía, no sé… tampoco lo he pensado mucho más. Ya sabéis que yo no soy mucho de planear, todo sobre la marcha… -les dije dejándoles con la intriga.
– La verdad… -me dio miedo la respuesta de Roberto y Germán porque no los vi nada convencidos, pero al rato. Los dos al unísono respondieron.
– La verdad… ¡Nos parece una idea cojonuda Martinito! Y nos fundimos en un abrazo de mosqueteros que se están frotando las manos de ver la que se avecina.

Germán dijo que aunque le gustaría que Rodrigo viniese prefería hacer este viaje con nosotros, iban a ser tres semanas de ruta por Andalucía, los destinos elegidos eran: Madrid-Almería, Granada, Córdoba, Sevilla, Cádiz y para terminar Huelva, dónde nos encontraríamos con Ana y con Rodrigo para pasar los últimos días del viaje. Ana nos dio el visto bueno nada más contárselo, le pareció que Germán necesitaba salir de estas cuatro paredes y disfrutar de un poco de aire puro con sus amigos, desconectando de todo este caos de ciudad en la que se sentía atrapado en el corredor de la muerte. Eso le solía decir a Ana cada día. Y justo eso era lo que pretendíamos que cambiase en su visión de lo que le quedaba por vivir junto a nosotros. A veces el camino hacía la muerte no tiene porqué ser amargo, también puede ser el más dulce que has vivido.
Tardamos una semana en preparar todo, tampoco hubo mucho que hacer. Alquilar la caravana, en buenas condiciones, compramos un colchón cómodo para Germán. Ya que Roberto y yo dormiríamos en la tienda fuera de la caravana para dejarle comodidad al que más la necesitaba.
El 9 de Junio de 2013, los tres mosqueteros cenamos junto con Ana y Rodrigo, vino también Lucía y Amelia. Con camisetas incluidas para identificarnos, cortesía de nuestra gran morena del alma:
– Esta para Martín, mi chico de los pensamientos pasados y las grandes ideas.
– Esta para Roberto, mi chico de los silencios agudos y las verdades en el alma.
– Y esta última para el mejor de todos mis mosqueteros. Para mi otra piel, el corazón que late siempre con el mío. Te quiere: tu morena del alma.

Nos había mandado hacer camisetas para el viaje, dos por cabeza para que nos diese tiempo a lavarlas de vez en cuando. Nos conocía tan bien que hasta había tenido el detalle de grabarlas con frases identificativas. El nombre en la manga, y la frase en el pecho. Ana decía que las cosas sinceras siempre tienen que estar cerca del corazón, donde no se pierdan por el camino y donde nadie te las pueda robar. Porque lo que se piensa con el corazón, se siente con el alma y eso es lo que nadie te puede robar. Ana era sabia, era bajita, pero muy sabia.

Así que emprendimos el que sería el viaje póstumo de los mosqueteros aquel 10 de Junio del 2013. Hacía calor, pero el gran Roberto había conseguido un aire acondicionado portátil para que a nuestro bromista favorito no le faltase ni gloria bendita en la que sería su casa por casi tres semanas. E intentando no morir en el intento de volver a ser jóvenes comenzamos aquel viaje con una de Madness “Our house in the middle of the Street”, no podía ser más adecuada. Un inmenso sol que nos guiaba y la sensación de estar haciendo algo grande junto a mis mosqueteros. La música sonaba y la imagen de Germán en mi retina todavía sigue presente, su sonrisa, su felicidad, esa sensación de liberación. Roberto cantaba mientras expulsaba todo lo que había callado durante estos meses de silencio, se le notaba. Era feliz de nuevo. Y yo me sentía más pleno que nunca, tenía la receta perfecta para un gran viaje: buena música, buenos compañeros y muchas ganas de disfrutar.
Andalucía nos esperaba, sus playas, sus gentes y un sinfín de buenos momentos que recordaríamos para siempre. Este sería el viaje que marcaría la diferencia entre esperar a la muerte sentado en el sofá de casa, y hacer que la muerte se tuviese que mover un poco y nos persiguiera a nosotros con un millón de momentos dignos de recordar.

Así fue como empezó nuestro road trip. Así fue como yo guardé mi vieja camiseta junto a aquella última vez con Liber, esa vez en la que la hice mía para retenerla siempre en mi proyector de imágenes personal, como si fuese una pequeña diapositiva para mi retina.

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4 comentarios en “– CAPÍTULO XII –

  1. hola cristina quisiera pedirte un favor ,ya lo comente con tu padre hago las bodas de plata en diciembre y me gustaría dedicar unas palabras bonitas a mi mujer y me gustaría que tu me hicieras una poesía para poder dedicársela a mi Carmela y me gustaría que mi hija la leyera en la ceremonia ,si puedes para mi seria muy bonito no quiero que sea una molestia para ti gracias y un abrazo

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