– CAPÍTULO IX –

Mi llegada a Madrid fue el aterrizaje forzoso más precipitado que he hecho jamás. Esos acontecimientos vitales que marcan un antes y un después en tu vida. Importantes pero tristes, muy tristes. Tanto que se quedaban en el recuerdo para siempre porque era el lugar que les correspondía.

Nos subimos en el coche, mientras Roberto conducía por un Madrid caótico, yo iba observando todo. La Cibeles, la Castellana, la Puerta de Alcalá, Velázquez. Le pedí que antes de llegar hasta casa de Germán me diese una vuelta turística por Madrid, necesitaba tomar fuerzas para hacer frente a la batalla más difícil que sin duda yo iba a librar en aquellos días o meses. No se sabía con certeza. Cuando ya habíamos dado bastantes vueltas le dije que podríamos emprender camino hacía casa de Germán. Ahora sí estaba preparado para verlo y volver a bromear con él.

No tardamos más de diez minutos en llegar, a mí me parecieron segundos. Roberto se bajó del coche, antes de sacar mi maleta me dijo:

–       ¿Quieres dormir aquí o en mi casa?

–       No sé, me da igual. Donde menos moleste. Si tuviese la librería me iría allí a dormir, pero ya sabes que vendí el local. –me era totalmente indiferente donde vivir aquellos días, lo único que quería era vivirlos con ellos. Absolver cada segundo con mis amigos, mis mosqueteros, los escuderos de infancia.

–       Bueno, la dejo en el coche y luego decidimos. A ver que nos dice Germán.

–       ¡Vale, me parece buena idea!

Mientras caminábamos por las calles camino de casa de nuestro amigo, no encontraba sentido. Y una duda me sobrevoló la mente.

–       ¡Robe!… ¿Para qué me voy a quedar en tu casa con Amelia y la niña allí?… ¿Hay algo qué no me has contado? –él ya sabía por donde iba yo disparando.

–       Tú siempre igual, tan perspicaz. Ya sabes que hace tiempo que las cosas entre Amelia y yo no iban del todo bien. Entonces, hace unos meses decidimos que lo mejor sería separarnos y que Lu se fuese con ella a vivir. Yo voy a visitarlas mucho, así que en algo en lo que hemos estado de acuerdo, no voy a poner pegas algunas.

–       Pero… ¿Cómo no me has contado esto antes? ¿Estás bien? –le pregunté impresionado por la forma tan normal en la que me había contado la historia y su pronta solución.

–       Estaría mejor si no fuese porque al mes de mudarse Amelia, uno de los días que iba a ir a ver a la niña, vi como un chico de unos treinta y pocos, o muchos, no sé, ya sabes que las edades no se me han dado bien. El caso es que entraba en el portal y yo que me quedé petrificado, me senté en un banco. A los diez minutos Amelia salía con él y Lu iba gritándole: ¡Pedro! ¿Vamos a ir a tomarnos un helado hoy también?… Así que bueno, lo llevo bien. Me han puesto sustituto bastante rápido. Es lo que tiene colega, no haber hecho las cosas del todo bien. En fin.

–       Joder tío, me dejas de piedra. Me parece hasta mentira que no estéis juntos. –hablábamos como dos universitarios salidos de clase, nos solía pasar cuando nos veíamos o conversábamos por teléfono durante largo rato. Era ridículo en ocasiones, pero tan mítico.

–       En fin, vamos a subir, que Germán debe estar impaciente por verte. Me ha escrito un millón de whatsapp que no he leído.

–       ¡Qué fuerte!… Yo sigo resistiéndome a tener esa mierda. Me niego.

–       Al final caerás… ya verás… -su risa de “yo también pensaba así” lo hacía presagiar.

Subimos al piso, dónde nos estaba esperando Ana en la puerta. Ana era esa mujer especial. Era una mujer de bandera. Morena, con un pelo tan negro que tiznaba la luz, pero luego tenía unos ojos verdes albahaca que le quitaban el protagonismo al resto de su fisionomía, también espectacular a pesar de los años. La única que en realidad hubiese podido ser para Germán, juntos tuvieron a Rodrigo. Un niño estupendo que había heredado el humor de su padre y la belleza suave y sutil de su madre.

Cuando éramos jóvenes solíamos bromear con él, y siempre le gastábamos la misma broma. El pobre Germán siempre la aguantaba de forma estoica. Y le repetíamos una y otra vez: ¿Qué Germán? ¿Cómo la engañaste? ¿Cuántos chupitos te hicieron falta?… –el pobre nunca nos respondía, pasaba de nosotros. Se hacía el sordo, a pesar de que en el fondo se sentía gordo porque sabía que tenía una gran mujer a su lado. Fue consciente desde primera hora y supo salvar la situación conservándola a ella, a su Ana, su morena del alma.

A diferencia de Roberto, que tardó casi diez años en conseguir perpetuar su semilla con Amelia. Germán comenzó a salir con Ana y a los pocos meses nos llamaron para comunicarnos, felices y entusiasmados que estaban “embarazados”, sí, tal que así, “embarazados”. Y por la cara de mi amigo Germán, creo que él estaba más alucinado que Ana con la idea.

Nunca dimos un duro por ellos y mira la vida. Ahora, casi quince años después. Ana sigue llevando el ritmo del corazón de Germán, se adoran, se quieren y se ríen de las mismas tonterías que cuando eran unos treintañeros y bebían chupitos en la Latina. Sólo basta con verlos mirarse. Sólo hay que ver cómo ella me abrazó y me dijo:

–       Se me va, Martín, se me va, se nos va… y yo no sé seguir sin él. –ella era fuerte, no lo entendía. Siempre le quedaría Rodrigo para seguir luchando. Pero se notaba vacía sin él, antes incluso de que se fuese.

Yo no supe que decirle. La abracé más fuerte todavía y le dije:

–       ¡Qué guapa estás Ana!, como siempre… pero tus ojos no son verdes hoy. Se están estancando y sabes que eso no me gusta. Hay que seguir, no te olvides de tu hijo. Rodrigo te necesita y nos necesita. –ella sabía que todo lo que decía era cierto, pero su dolor no la dejaba ver más allá de Germán.

–       Lo sé. Créeme que lo sé. –me dijo con una voz rota y tranquila.

Su mirada no era como la recordaba. Estaba triste, sin verde. Su cabello está mate, no había brillo. Todo en ella era luto y ni siquiera había llegado el momento. De repente, una voz rompió el silencio de nuestras miradas cómplices de pena, y llegó.

–       ¿Qué pasa Martinito? Todavía no me he muerto y ya me estáis enterrando. ¡Joder! ¡Dejaos ya de penas! ¡Morena, no le des la tarde anda! Y ven a darme una alegría y a quitarme este dolor que me atosiga la piel. –era él, en estado puro. Germán al 100%, ni esa maldita enfermedad le había quitado las ganas de bromear, ni de su morena.

–       ¡Ya voy! –contesté. Germán siempre había sido un impaciente. ¡No olvides que tu señora todavía sigue estando más buena que tú! –y nos reímos cómplices entre aquel abrazo de rememoro.

Germán estaba estropeado, pero su aspecto no era el de alguien que estaba más al otro lado de la línea. Parecía sano, y eso era preocupante. Mientras me palmeaba la espalda después de nuestro abrazo de mosqueteros, me dijo:

–       Sienta que empieza el partido. No me lo quiero perder.

–       ¿Quién juega?

–       No sé quién juega Martín, a mí eso ya no me importa. Con ver fútbol me conformo. Rodrigo vendrá ahora, ha salido a dar una vuelta con los amigos, pero estará aquí para la segunda parte. Siempre llega, aunque últimamente está más distraído. Supongo que le cuesta verme así. –me dijo sabiendo que a él le dolía incluso más que lo tuviéramos que ver así.

Nos sentamos a ver el fútbol y descubrimos que ni siquiera era un partido real. En el fondo creo que era yo el único que no lo sabía. Me gustó sentarme con mis amigos a ver aquel partido, a pesar de que nadie le estaba haciendo caso. Pero no me agradó ver a Robe tan apagado, parecía diferente, como si los años le estuviesen haciendo mella en una soledad forzada por las circunstancias. Germán comenzó su juego de bromas con Robe y le dijo:

–       ¡Robertito!… ¡Qué estás muy serio! ¡Cualquiera diría que soy yo el que se muere, espabila macho! ¡Qué vas sin alegría!… –Robe lo miró y le sonrió casi sin fuerzas, se notaba que llevaba demasiados meses dándole vueltas a demasiadas cosas. Le quemaba todo por dentro: Amelia, Germán, Lucía… se estaba ahogando y yo lo sabía.

–       No estoy en mi mejor momento. Ya sabes… -respondió medio forzado.

–       ¡Ojito a los dos!… Que no voy a librar yo la batalla solo, ¿no?. No he venido a España para aguantar vuestras tonterías. –En realidad era a lo único que había venido, a estar con ellos diciendo tonterías. Pero me tenía que cuadrar para poner orden entre mis caballeros que se me desbocaban de vez en cuando.

Ana nos observaba desde la puerta del salón con una medio sonrisa de tranquilidad y felicidad obligada. Se notaba que sentía el empujón que habíamos venido a darle, no la íbamos a dejar sola.

Rodrigo llegó al rato, se unió a nuestras risas y comentarios estúpidos. A nuestras bromas sin sentido. Fue una tarde diferente, con un millón de cosas feas que no nos gustaban. Pero aún así, todos disfrutamos de ese reencuentro.

Al final de la noche llegué a encontrar a Germán más vivo, a Roberto más hombre, a Rodrigo menos niño y a Ana menos viuda. Creo que olvidamos por unas horas nuestros roles de vida forzada para jugar un juego sin partida. El juego de otra vida. Sin ellos. Sin ella. Sin nosotros.

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