– CAPÍTULO VII –

Malena nunca volvió, presuntuosamente intuyó que su sitio no estaba conmigo. Algunos amigos me comentaron que la veían pasear por el centro, de la mano de un hombre de su edad, y que parecía feliz. Y yo me preguntaba si algún día fue feliz conmigo, si en algún momento yo la hice sentirse grande y no minúscula como todo lo que toco.

Volví a sentir pena, porque le negué la entrada a mi vida por no mostrarle la salida a Liber. Pero que le voy a hacer yo, la testarudez es una de mis cualidades más sonadas, ya lo decía mi madre. Por no cerrar una puerta no dejé abrirse otra y las consecuencias eran claras. Al menos a simple vista, Malena era feliz y lo era sin mí. No tenía nada que objetar al respecto, ni alegaciones posibles para mi comportamiento de niño ridículo de nuevo. Los patrones de conducta se repetían en mí cada veinte años, lo tenía comprobado. La malicia estaba en que cada veinte años aparecía alguien que me atrapaba el sentido, pero era solo cuestión de tiempo, en cuanto pasaban los meses, ella resurgía de entre sus cenizas y me daba el tiro de gracia.

Malena se fue. Liber se quedó callada y entre medias Daniela me hacía sentir un poco padre y un poco amigo. Confesor de sus problemas y consejero de nada bueno. Mateo se instaló en casa conmigo, en la habitación que quedó libre, sus padres se mudaron fuera de Buenos Aires y él no quería irse. Así que ajustamos el salario y le descontaba un pequeño porcentaje por el alojamiento. Estaba llegando el final del verano y mi casa parecía más llena de gente que nunca. Estaba libre de Malena, libre de trastos, pero llena de Libertad. Siempre allí, instalada en la butaca blanca en la esquina del salón, justo donde se cerraban las ventanas a la terraza.

Después de que Mateo se instalase en casa, la mayoría de las noches cenaba entre copas de vino y charlas de literatos inexpertos que prometían ser grandes en un futuro no muy lejano.

Daniela venía a cenar a casa los martes y los jueves, y algún que otro sábado. Ella traía su sonrisa y sus grandes ojos miel. Mateo un poco de queso. Yo ponía el vino. Y entre los tres cada uno un libro, sobre el que comentábamos y dialogábamos durante horas. Siempre había hueco para resolver algún que otro problema y alguna que otra duda existencial. Consejos de padre y de hijos.

Sin darme cuenta me había hecho viejo, estaba fuera de la órbita en la que se movían mis dos pupilos. Y yo que nunca fui bueno como celestino, ni siquiera me daba cuenta de ello, había captado la esencia de aquellas cenas. Mis dos pupilos favoritos estaban en sintonía el uno con el otro. Esa chica de la que tanto hablaba Mateo no era otra que Daniela, era su profesora, por eso aquel tremendo miedo y respeto infundido en él. En un segundo lo entendí todo. Él no podía confesarle a su profesora, cinco años mayor que él, que estaba perdido en el marrón miel de sus ojos y que no se perdía ninguna clase porque a pesar de no saber lo que decía, la forma en la que movía sus labios le hacía sentir escalofríos y jugar con la posibilidad de besarlos algún día. Que estaba tan perdido que hasta creía que se había encontrado en ella.

Y ella, Daniela, vivía presa de las apariencias. Una profesora con un alumno casi seis años menor que ella, era una locura. La edad sería un problema y al final sólo serviría para hacerse daño y terminar por verse obligada a abandonar ese trabajo que tanto le gustaba. Pero la razón que la traía cada día a “Minúscula” no era otra que él. De hecho fue él mismo quién le dijo que existía un café diferente en el centro de Buenos Aires. Y ella, encontró la excusa perfecta para encontrarse en él cada día con cada sorbo de chocolate.

 Pero sí, a pesar de todos los pros y los contras, allí seguían en mi terraza. Disparándose miradas consentidas y atentos a que no les faltase de nada. Ni un sorbo de vino, ni un trozo de pastel.

Pobre Martín, andaba tan viejo que no me había dado cuenta de que yo no era el objeto de deseo en todo aquel juego, sino que mis dos literatos, se profesaban una fuerte admiración con tendencia a un deseo sexual. El cual pronto les haría saltar la verja que les separaba, esa entre alumno y profesora.

Entre tanto, yo miraba a Mateo, y me veía a mí. Pero con coraje, él era diferente. Intentaba observar a Daniela y simplemente al mirar su sombra veía la silueta de Liber veinte años atrás… la echaba tanto de menos que no podía creerme que los años se me estuvieran escapando en un Buenos Aires que me despistaba por momentos. Así que decidí esa misma noche que le daría tregua a mis dos enamorados y les dejaría la terraza para ellos. En la soledad de dos almas entregadas se encuentra el refugio de los pobres.

–       Bueno chicos, me encanta la cena, la compañía y todo, pero tengo que irme a la cama. Quiero ultimar algunos detalles de un proyecto que tengo pensado comenzar.

–       ¿Cómo? –respondió Daniela. ¿Proyecto?, no has dicho nada de eso hasta ahora. –era cierto, no lo había dicho porque ni siquiera sabía que tipo de proyecto pero estaba intentando buscar mi momento para pensarlo y decidirlo.

–       Pues… bueno –titubeé un poco. No es nada fijo, cuando lo tenga seguro os lo diré. De hecho voy a necesitar de vuestra ayuda.

–       Ah, ¿si? –Daniela nunca dejaba a Mateo preguntar, así que como iba adelantándose a los acontecimientos decidí terminar allí.

–       No seas impaciente Daniela, aprende un poco de Mateo. Él ni siquiera pregunta. –le lancé una puntilla para provocar un poco a Mateo.

–       Martín, ya sé que aunque pregunte, no me vas a contar nada. Sé de sobra que tú eliges el momento, no yo. Así que me he convertido en un ser paciente contigo… Es usted como las costumbres y las féminas, a todo se hace uno… -esbozó una sonrisa picarona que enmarcaba un aire de misterio poniendo en duda a Daniela y dejándole ver que él pisaba sobre un terreno que ella desconocía.

¡Ese era mi chico! Había aprendido a no decirlo todo y a salpicar el ambiente con un toque de misterio que de una forma o de otra harían que Daniela con su ceño fruncido se fuese a casa esa noche pensando en él.

–       Pues lo dicho chicos, que paséis buena noche. Le di dos besos a Daniela y una palmadita en la espalda a mi compañero de rutina, seguido de un guiño de complicidad sin que Daniela pudiese verme.

–       Hasta mañana Martín –se cruzaron las voces de ambos.

Mientras iba cruzando el salón, pude escuchar como Daniela le decía a Mateo:

–       Vosotros siempre tan misteriosos, sino supiera que no sois padre e hijo, lo dudaría. En fin Mateo, se me está haciendo un poco tarde así que me voy a retirar yo también… -ella sólo estaba tentando la suerte, esperando escuchar una respuesta por parte de Mateo.

–       Bueno, no es misterio Dani, es sólo formas de ser. En fin, una pena que te vayas y no nos terminemos la botella de vino que con tanto recelo Martín guardaba para ocasiones especiales… -y él lo hizo. Con la más sutil de las artimañas supo decirle tantas cosas que la propia Daniela se quedó enmudecida y continuó bebiendo de aquella copa sin levantarse y partir.

Entre tanto yo me cepillé los dientes, y me tumbé en la cama. Mientras intentaba pensar que hacer con mi vida, decidí que era momento de tomarme un descanso. Un mes de vacaciones, pero no quería volver a España, tal vez algún país exótico. No quería ir a visitar a nadie, sólo quería estar solo en otro país e intentar encontrar la clave para sentirme en paz. Me despejé, agarré la bola del mundo que colgaba con un elástico del techo y la giré dos o tres veces. Quería ir a algún sitio diferente. Perdido entre una multitud desconocida. Y lo supe al instante, la India, me iba a ir un mes a la India. Era un sitio barato, lo más caro era el billete, pero sobrevivir allí no era costoso. Así que una vez que había decidido que partiría en una semana, en cuanto consiguiese los billetes y se lo comunicase a Mateo para que se hiciera cargo de “Minúscula”, todo estaría listo.

Empecé a sentir un alivio nocturno, sentía como se filtraba el cansancio por mis parpados. Me mantuve peleando tal vez cinco segundos, al momento ya no supe nada más y perdí el sentido cuando noté mis pies adormecerse y a ella llegar a mí. Vino, pero no para quedarse, sólo para recordarme lo mucho que la echaba de menos, todavía, siempre.

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