– CAPÍTULO VI –

Estaba tendido sobre la cama, tumbado en el éxtasis de una resaca que profundizaba su zarpazo en mi cabeza. Pequeñas punzadas de recuerdos me cegaban a través del sol que se recostaba conmigo en la almohada. De repente escuché unos pasos, sentí que había vivido eso antes. Un flashback de esos que parecen reales, pero no era algo ficticio. La estaba viendo, allí, delante de mí con una camiseta mía que cubría lo justo para dejarle el resto a la imaginación mientras ella mordisqueaba aquella manzana. Tal vez envenenada. Me miraba mientras sonreía señalándome con el dedo, y comenzó a dar pequeños pasos en círculos para terminar cogiendo carrerilla y lanzarse sobre mí. Su peso ni siquiera me aplastó, levitaba en mis caderas. Sentí alivio al tocarla y la abracé fuerte por si se intentaba escapar al momento, pero no oponía resistencia. Yo tampoco. Los años nos habían enseñado que las esperas son muy duras y había que aprovechar cada segundo de aquello que estábamos construyendo desde cero por algún motivo esa mañana. Yo la agarré fuerte y la giré, dejando mi peso sobre ella. En ese momento le retiré el pelo de la cara, y vi ese rubio casi plateado reflejarse en mis pupilas quemando mis recuerdos como se quemaban los rollos de super 8, con una sola chispa ardían enteros, sin tregua. Así estaba yo ardiendo con ella, y me encaramé a su cuerpo sin dejar lugar a nada. No quería que nada, excepto yo, la rozase. No podía permitir que aunque fuesen las sábanas de aquella cama me robasen su olor, ella había vuelto y estaba allí conmigo, en aquella cama.

Nos resguardamos de los años perdidos y cerramos las facturas pendientes, ya no existían cuentas que abonar en la pescadería. Cuando habían pasado las horas, las noches y los días, ella se levantó, apoyó sus piernas sobre el filo de la cama y apretándose las piernas me dijo:

–       Martín, me tengo que ir…

–       ¿Cómo que te tienes que ir…? –exclamé con un dolor agudo que me estaba robando el último aire de esa mañana.

–       Sí, me tengo que ir. Me están esperando en casa,…

–       ¿Casa?¿Qué casa? –pregunté en voz alta, la única casa que tenía yo era ella. Debía de ser igual para ella. Me sentía perdido, no entendía nada.

–       Me tengo que ir, mi tiempo aquí ya ha pasado… ahora tal vez no lo entiendas, pero cuando pase un rato lo comprenderás todo. Yo te dije un día, que te querría hasta que mi corazón me lo permitiera. Hace unas horas que mi corazón dejó de permitírmelo y es hora de marcharse, porque mi lugar no está aquí.

–       Pero… -una bocanada de aire fresco me trajo de un golpe feroz a la realidad.

Y desperté de aquel bendito sueño y a la vez maldito. Como si me hubiesen robado la mitad de mi alma, tendido sobre la cama, empapado en sudor y entre dos lágrimas de rabia.

Me odiaba a mí mismo, me odiaba tanto que no podía perdonarme nada de lo anterior. El rencor que me guardaba cada noche lo anestesiaba con un poco de vino. Pero había noches en las que ni siquiera el vino era capaz de apaciguar esa pena que frustraba mi existencia. Seguía vivo y a la vez más muerto que nunca. Me estaba secando por dentro y las raíces no eran capaces de nutrirse con el abono cotidiano de una vida con Malena.

El temor volvió aquel día, tal vez por miedo a que Malena no volviese o quizás porque yo era consciente de que encontrar a Liber entre las vivencias con Malena sería remotamente imposible. Había dos cuestiones claras, mi vida estaba en donde debía estar, pero yo era el único que se había bajado de ese barco hacía tiempo y se mantenía a la deriva intentando nadar sin piernas. Era capaz de ver como los tiburones me pasaban por debajo, se comían cada día un trocito de mi cuerpo, pero nunca me merendaban, ni me tomaban de postre, sólo un trocito. Y era peor que cualquier condena entre barrotes, porque esta celda, este mar sin rumbo, era fruto de mi cabezonería consentida. De mis idas y venidas de antaño.

Me incorporé y traté de llegar al baño, mi boca me hablaba de resaca absoluta y pedía agua, como aquellos condenados a muerte que piden piedad. De la misma forma yo fui clemente y le di piedad a un cuerpo castigado por el recuerdo de una mujer que se desvanecía con los años como el humo entre la noche, despacito y cabizbajo.

Decidí que era hora de avisar a Mateo y darme una ducha. Era hora de abrir “Minúscula”. Cuando había terminado de purgar mi conciencia con agua clara, entré en el salón dispuesto a invitar a Mateo a un buen café con leche, pero sólo conseguí avistar un trozo de papel escrito con lápiz de carpintero: “Martín, me tuve que ir a clase, se me hacía tarde. ¡Qué pase una buena mañana!. Gracias por los consejos de anoche, intentaré no toparme contra el muro, aunque usted ya sabe, uno nunca aprende a través de los errores ajenos… entre tanto intente usted vivir sin recordar. Un saludo. Fdo: Mateo”. Pensé, -Maldito chico, siempre llamándome de usted…

El día transcurrió como si no pasaran las horas, yo estaba allí, en aquella librería-cafetería, que sólo guardaba los recuerdos que se encriptan en el lugar más profundo de nuestro cuerpo, nuestra memoria. Me di cuenta de que todo lo que había hecho hasta ese momento era intentar remover el pasado, hacer las cosas que a ella le hubiesen gustado hacer conmigo. Quizás sin ni siquiera saberlo, todo aquello había sido hecho por mí con la única intención de conservarla en mi vida. De traerla de nuevo a mí. Físicamente. Para no dejarla ir nunca más.

Minúscula era una lugar grandioso, ese día el trasiego de personas era mayor que ningún otro. Y cuando estaba obnubilado pensando en imágenes capturadas por mi memoria. De repente, una chica entró por la puerta, no pidió ningún libro, pero si pidió un chocolate con doble de nata y pepitas de chocolate por lo alto. Me llamó la atención, como hay personas tan parecidas las unas a las otras. Sin ni siquiera conocerse guardan hasta los mismos gestos de expresión.

Pasaron los días, esa chica misteriosa, que llevaba su cabello rubio ceniza, celosamente escondido con una cinta roja y dos mechones enmarcando su rostro. Con una mirada miel de esas que eres capaz de saborear al toque de pestañas. Había vuelto todos los días desde hacía una semana. Siempre pedía lo mismo, un chocolate doble, y devoraba sus propios libros sentada en aquella mesa individual en el sofá que estaba frente a la cristalera que daba a la calle, donde unas letras grandes decían:

“MINÚSCULA”

– Cafés, tés, bebidas y libros mayúsculos –

Ella se veía tranquila, una persona llena de paz y armonía. Con ese toque de misterio interesante que les dan los veintitantos a esas chicas intelectuales. Con esa sensualidad que los cuerpos de veinte le tienen a la vida. La veía todos los días, la observaba y ella sólo me sonreía. Me daba miedo acercarme a preguntarle su nombre, o su edad, o simplemente si había disfrutado del chocolate… me daba miedo porque su forma, me recordaba a esa parte de Liber que un día yo le robé, su rincón y su vida. Atravesé la librería y le ofrecí algunos ejemplares nuevos para leer con la excusa de averiguar algo más sobre ella.

–       Hola, mi nombre es Martín. Soy el dueño del libre-café. -hice una breve introducción de mí mismo y soné tan aburrido y padre que tal vez la respuesta era demasiado obvia.

–       Hola, encantada Martín. Mi nombre es Daniela. Ya sabía que usted es Martín, se habla muy bien de su libre-café y de su exquisito gusto por la literatura no comercial. –ella respondió de una forma tan sobria que dudé si debía responder o sólo mostrar mi agradecimiento.

–       Ah, ¿si?… No sabía que era tan conocido…-repliqué con un tono sorpresivo.

–       Sí, se está haciendo usted buena fama entre las gentes de Buenos Aires.

Pasamos conversando un largo rato. El tiempo se pasó rápido con Daniela. En ese momento me di cuenta de que me estaba enganchando a ella -como se amarran los barcos a los puertos- a marras. Sentí un escalofrío, podría ser su padre. Ese pensamiento no era ético del todo.

Me condujo por los autores más desconocidos de la Argentina de entonces, me enseñó post-modernistas jóvenes de universidad que jugaban a ser poetas. Me confesó que a veces escribía mientras se terminaba el último trago de aquel chocolate delicioso. Ese que yo le preparaba con cariño cada día. También me confesó que venía por las tardes, dos horas antes del cierre, y esperaba hasta que Mateo cerraba para poner el punto final a su día literario. Que entre hora y hora, estudiaba o leía textos de la facultad.

Era profesora adjunta en la Universidad y quería llegar a formar parte de esa minoría de profesores que atraen a sus alumnos por el verdadero interés que ellos muestran por sus clases, porque de verdad cuentan y enseñan cosas interesantes. No sólo les hacen leer, sino que les hacen pensar y no repetir lo que leen, sino ser críticos y conseguir sacar una opinión personal valorada de todo lo que leían y comprendían. Me sonó un poco al monólogo que Federico Luppi les da a sus alumnos al comienzo de “Lugares comunes”. Al fin y al cabo los inteligentes no son los que leen más, ni a autores más desconocidos. Sino aquellos que a pesar de leer y leer son capaces además de transmitir con criterio propio una idea personal forjada a través del conocimiento de muchas ideas opuestas. Llevaba razón, la inteligencia recae en el intelecto personal de cada persona. No basta con absorber y propagar las cosas. Las hipótesis de otros son de esos, de otros y de nada sirven para hacer creer a los demás que son nuestras. Se trata de sacar conclusiones propias, definirnos a nosotros mismos de manera que nadie piense que eso que hemos dicho está escrito en algún sitio y nos diferenciemos del resto, brillando entre los miles de meteoritos de una galaxia podrida de cenizas de otros.

Esa chica me gustaba, veía en ella una mezcla de fraternidad y sensualidad. La observaba y pensaba que podría haber sido Liber, que en algún momento de nuestro camino nos cruzamos de esa manera. Me sentía atraído por ella, pero no como un deseo puramente sexual, sino como un deseo y una necesidad de protegerla. De hablar, nutrirme de ella y nutrirla de mí. De la poca experiencia que mi cabeza de viejo arrepentido me había proporcionado.

Así fue como comenzamos a entablar conversaciones de horas, día tras día. Así fue como de una forma o de otra Liber había vuelto de nuevo a mí, sin ni siquiera tocarme, sin ser Malena, sin ser otra persona. Se llamaba Daniela y había entrado en mi vida para recordarme todo lo que me había perdido. Haciéndome consciente de que sólo Liber y yo podríamos haber creado una belleza de ese porte y una mente de ese talante, con una capacidad emocional e intelectual que rozaba la perfección. Sí, lo reconozco a veces el ego no me deja pensar con claridad, me topo con mi modestia y le empujo para que se vaya. ¡Cosas de egocéntricos que piensan que son genios!

Y de esa manera, Liber volvió, a enseñarme que ella siempre estaría en cada nombre nuevo, en cada calle vieja y cada sonrisa misteriosa. Con o sin olor a ella, Minúscula estaba llena de libertad.

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