El péndulo de Dan

Ando coja de una letra,

hablo muda de sonido,

y el palo no lo llevo.

 

Carente de mis atributos, tengo palabras sobrantes, no olvido el abecedario.

Alguna letra me como, alguna palabra la evoco.

Mientras sigo poco a poco improvisando los papeles.

Hoy son mis dedos las plumas de tinta mojada,

los ojos la escarcha en el alma y el empeño las balas de plata.

Y sigue siendo dorado el hilo que mi rabia mueve,

entre mis tripas y mis entrañas, es el del medio el que se conmueve.

 

Que entre ovillo, aguja y pillo,

anda el rescoldo de mis oídos,

antes vacuos y obligados,

ahora vociferantes y apestados.

No saben si multitud, o soledad andante,

andan atando lo mío a la vida,

andan cosiendo lo tuyo a la muerte.

 

Y sin palabras parece,

que el blanco anda sin tinte,

la pluma anda sin dueño,

y el mundo sin gobierno.

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Casprico

A ti, que has cortado las hemorragias de mis agujeros de bala, cosiendo las heridas que el malo le hizo a mi pecho.

A ti, que no has sabido ser mujer y has dejado de ser madre, siendo eterna en cosas pequeñas.

A ti, que a las alas que yo me ponía le cosiste un buen soporte para que el viento no las quebrase. Y luego vino el lobo y las mordió. Y tú, que nunca fuiste madre, sino premisa de algo más grande. Mataste al lobo y me cosiste una capa del mismo rojo que tu sangre.

A ti, que te secas los suspiros en silencio y gritas cada lágrima en forma de plegaria por si algún noble te escucha y soborna al juez de paz a medianoche.

A ti, que sin elegirte me tocaste,

A mí, que sin decidirlo fui tuya.

A nosotras, que sin acuerdos, sin pretextos y maravillas, nos hiciste gigantes en la inmensidad del dolor y crecemos con tus abrazos.

A mi madre, que no es madre, y es mejor que todo eso.

A mi madre, que es la mia, la nuestra y la mejor.

 

A ti, que nunca careces de adjetivos y te sobran los defectos que adoramos.

Cuéntame la verdad…

Cuéntame cómo fue que te cortaste ese dedo, abriendo en dos un cañón del colorado, sin cañones pero fusilando la mitad de tu sonrisa. Al contrario de la vida, anda coja de una pata y va sentada de puntillas.

Cuéntame qué abrió la herida, presa del preso más inepto, del terco mulo que siguió al resto, cerrando bares a base de besos y abriendo canales sin tener puertos. Al sentido estricto de los pasos que pasean sin descanso avenidas sin camino, aeropuertos sin destino.

Cuéntame quién fue el cabrón, que cerró la puerta para escavar un túnel en tu mirada y sentarse a ver como se hundía sin dejarte salir afuera, sin la triste recompensa de mis besos al final de aquel vagón que sin oro se volcó. Al unísono de las cosas que no pasan sin pasar y pasean sin sedal de caña en caña, sin pescar ni un ayer, ni un mañana.

Cuéntame dónde te dieron, el disparo de gracia que se le da a los muertos por crímenes de guerra, asépticos del miedo, enturbiando ojos de peces que a poco no ven de frente y se topan con el cristal más grueso. Tu pecera mi pecera, nada conmigo y no choques, yo te enseño el camino… y si quieres salgo contigo.

Cuéntame cuando los suicidas se disparan solos si la horca no les llega bien al cuello, y respiro tus bostezos amargados por el peso de los rezos de tu esquivo, que maldito me maldice por no ser yo el carcelero de tus días venideros. Si al sentir tus ojos rotos, no pido perdón y prosigo con un beso.

Cuéntame.

Ego

Es orgulloso y tremendo,

más varonil que casi hombre,

se mueve por impulsos

y no me escucha jamás.

 

Cuando no está hace frío,

cuando está demasiado calor,

y yo, no sé si me resfrío,

o la simple gripe está matando

aquello que me estructura.

 

Calla cuando debería hablar,

y nunca te dice lo que quieres escuchar,

-¿será el viento?-

Igual sólo trata de ser él.