Liber

Yo era viejo y transparente, ella anciana y opaca. Se había forjado durante el silencio de los años que pasaron por su piel, y abarcaron su rostro. Había aprendido a hablar callando y no decir todo lo que sentía, supongo que llegó el día en que su mente comenzó a bloquear todo lo que en un pasado le hirió el alma hasta perderla y perderse con ella.
Pienso que la mutilaron cuando todavía era muy joven, en ese tiempo en el que las personas no fijan las consecuencias de sus actos, ni miden la altura y el éxito o fracaso de sus palabras. Y a veces siento que esa anciana de pelo largo y blanco puro todavía guarda dentro restos del naufragio. Tal vez sea por eso que al pensar en ella consigo verla y la imagino anciana, pero sólo por fuera.
Creo en lo que vi, en todo lo que toqué y recibí de ella. Y quiero pensar que todavía habita en ese interior opaco algo de eso que yo percibí en un pasado reciente a mi memoria.

En parte todo comenzó de nuevo aquel año de 2010, durante el mes de Marzo, es curioso como las cosas empiezan siempre como deben hacerlo, por el final o por el principio. Tal vez nuestro principio es ahora nuestro final y por eso para contar esta historia debo empezar por el final para retornar al principio que nos quedaba por vivir.

Recuerdo como al pasear por el antiguo barrio de Chamberí, me detuve en el cristal de una cafetería, con aire triste y casi misterioso, tanto como la dama que andaba escribiendo sin levantar la vista de aquel cuaderno. Y fue entonces cuando pude verla a través de sus manos, que con un ritmo pausado y tranquilo marcaban el compás en las hojas de aquel cuaderno, viejas y amarillentas, con restos de cafés y lágrimas que las emborronaban, restos de vidas pasadas. De repente, casi sin quererlo, sentí un pellizco en el estómago, pude adivinar lo que mi mente estaba susurrándome al oído: ella sólo escribía en ese cuaderno cuando había algo realmente importante como para que fuese recordado, sin que el peso de aquello la ahogase, como si de un baúl secreto se tratase, lo escribía desatando su peso de ella para poder seguir caminando. Contárselo a alguien no era una opción, sería una traición a sus pensamientos, ella era así. Escribir, pero sólo para ella.
Me sumergí 20 años atrás en una conversación. Llegando a ver con mis ojos sus labios rojos, suaves y cálidos, su cuerpo semidesnudo en una cama del Barrio de Salford, en un Manchester postmodernista inundado por las fábricas convertidas en hogares que en un pasado habían castigado el cielo con un humo blanco y grisáceo, la pude ver relatándome que ella sabía escribir, siempre decía que no recordaba cuando comenzó a hacerlo pero que sabía que había nacido para eso, para escribir…
Aquellos días fueron importantes, creo que ambos quedamos marcados por lo acontecido en aquellas semanas en ese ático de un país triste que nos regalaba un sol mudo por momentos.
Al mismo tiempo que recordaba eso, un escalofrío me recorrió el cuerpo y retorció mi conciencia. Me sentí atrapado en la pesadilla que después de nuestros sueños sobrevino a nuestra vida, y supe sin querer saberlo las razones por las que ella dejó de escribir aquel cuaderno, supongo que fue el tiempo durante el que yo le robé su esencia, todo lo que era de ella. Queriendo hacerlo mío para más tarde atribuirle el robo a ella, haciéndola culpable del crimen que sólo yo cometí.
A veces hacemos las cosas sin saber porqué pero todo tiene un sentido y el miedo nos hace defendernos con el escudo del que más amamos. Quizás dejé de amarla, para amarme a mí mismo y no amar a nadie más, tal vez no la quise nunca, incluso puede que la quisiera más que a nadie pero puede que hasta ese día en que la vi de espaldas no me diese cuenta de cuanto la amaba y la sigo amando. O quizás la realidad sea más dura y sea cierto eso que ella pensó un día y tantas veces me afirmó. Que no la quise, ni la amé, ni la entendí y me dediqué sólo a mí, mientras saboreaba alguna que otra alma con otras esencias que nunca tuvieron su mismo olor, ni su misma voz, ni la riqueza que ella me aportó cuando sólo se dedicaba a hacerme sentir humano.
Fui un lobo, la devoré, y ahora el tiempo me devora a mí. Son cosas del karma dice un amigo mío, bueno también lo dice Jorge Drexler y no es amigo mío, pero lleva razón: cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da… Este Jorge también creerá en el karma, por eso que coinciden.

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LIBER – “Introducción al caos”

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